EPIFANÍA DEL SEÑOR

Las fiestas de Navidad pueden ser un peligro para la fe, en la medida en que los relatos de la infancia de Jesús se nos vuelvan relatos infantiles.  Me explico.  Los diversos episodios que los evangelios nos narran en torno al nacimiento de Jesús fácilmente pueden convertirse en relatos llenos de asombro y emoción, como un cuento para niños, y carentes de razonamiento y teología, como es su propósito verdadero.  Esta fiesta de hoy, la Epifanía del Señor, no es la excepción.  El exotismo de los magos orientales; la aparición de una estrella singular que anuncia el nacimiento del rey de los judíos; el aspaviento que la llegado de los magos causa en Jerusalén cuando informan que vienen a adorar a un niño que ha nacido ya como rey de los judíos; el estupor de Herodes que no tiene ni idea de que ya tiene un rival desconocido; el toque divino que añade la erudición de los sacerdotes y escribas que citan con autoridad la Escritura que señala que el Niño que los magos buscan no está en Jerusalén sino en Belén; el cinismo de Herodes que finge querer adorar el también al recién nacido rey; la reaparición de la estrella que guía a los magos hasta la casa en Belén; la alegría complacida cuando los magos finalmente se postran ante el Niño en el regazo de su madre y lo adoran y le ofrecen sus dones; la providencia superior de Dios que en sueños instruye a los magos para que eviten a Herodes en su viaje de regreso… todos estos rasgos son elementos de un cuento de niños entretenido y subyugante.  Y como catequesis de niños está bien.  Y de esa historia los niños captan la importancia del Niño Jesús al que vienen a adorar personajes exóticos de países lejanos y suscita tantos celos en un rey demasiado cercano.  Y los niños captan la idea de que, si aquellos personajes exóticos llegaron para adorar al Niño, quizá ellos también deban hacer lo mismo.  Y los niños captan en la historia que Dios mismo cuida del Niño Jesús y lo protege de la perversidad y la maldad humanas.  Pero eso que vale para niños es insuficiente para adultos.

Nosotros debemos ir más a fondo en esta historia.  Los magos son sabios orientales que estudian el curso de los astros.  Estos magos no son astrólogos.  Los astrólogos tratan de predecir el futuro de las personas y el destino de los pueblos en las conjunciones de los astros.  Los magos saben que las estrellas no determinan la libertad humana ni el futuro de la historia.  Pero el cielo está lleno de maravillas y un buen día ven una estrella que interpretan como signo del nacimiento del rey de los judíos, que es Dios encarnado.  Por eso dirigen sus pasos a Jerusalén, capital de los judíos, donde debe haber nacido tal rey.  Ellos ven la estrella en su país, interpretan su significado y se dirigen al lugar donde nacen los reyes de los judíos:  Jerusalén.  En ese trayecto ninguna estrella los guía; por eso llegan al lugar equivocado.  Pero al llegar, causan un desconcierto monumental, pues en palacio no ha nacido ningún rey y el que está reinando no tolera rivales.  El rey convoca a los teólogos, que conocen la Sagrada Escritura y ellos explican que el Mesías, el hijo de David esperado deberá nacer en Belén, no en Jerusalén.  Las Escrituras nos enseñan siempre la verdad sobre Jesús y nos guían a Jesús.  Los magos se encaminan a Belén, y para gozo propio, la estrella que habían visto al inicio vuelve a aparecerse en este trayecto de Jerusalén a Belén con el fin de indicarles en cuál de todas las casas del lugar se encuentra el Niño Rey.

Los magos tienen claro su propósito.  En Jerusalén explican que han venido a adorarlo.  También, cuando llegan a la casa donde está el Niño con su madre, postrándose, lo adoraron.  Para los magos el Niño es algo más que el rey de los judíos: es Dios mismo que merece adoración y que se le ofrezcan dones.  Mientras el rey de los judíos reinante, es decir, Herodes, concibe planes malévolos, los magos extranjeros reconocen en el Niño a su Dios y a su Salvador.  Años después, otro Herodes, hijo de este, colaborará con la muerte de Jesús; y muchos extranjeros, a imitación de los magos, pondrán su fe en el evangelio anunciado por los apóstoles.  Eso lo explica san Pablo en la segunda lectura de hoy:  Por revelación se me dio a conocer este misterio: que, por el evangelio, también los gentiles son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.  Los magos, al ver la estrella, comprendieron que llegaba el cumplimiento del deseo más profundo del corazón humano; que había nacido Dios hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte.  Este designio y disposición de Dios no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos.  Pero ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.  La estrella representa esa revelación que el Espíritu comunicó primero a los profetas y a los apóstoles después:  el evangelio de Jesucristo es oferta de salvación para toda la humanidad y no solo para los judíos.  Porque el pecado y la muerte de los que Cristo nos salva no son problemas solo de los judíos, son un yugo que oprime a toda la humanidad.  Cristo es salvador universal.  En esta fiesta Cristo se manifiesta y es reconocido como Salvador por los pueblos no judíos.  Por eso lleva el nombre griego de epifanía, es decir “manifestación”. 

El profeta Isaías ya anunció a Jerusalén:  Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti.  Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora.  Tus hijos llegan de lejos.  Entre esos hijos de la Jerusalén celestial que llegamos de lejos estamos nosotros, que, no siendo judíos, hemos venido a reconocer al Hijo de María como nuestro salvador.  Por eso también hemos respondido en el salmo responsorial:  Que te adoren, Señor, todos los pueblos. 

La historia de los magos y su estrella es el anticipo de la historia de la evangelización de la Iglesia.  En el relato, los magos llegan hasta donde está Jesús; en la historia de la evangelización, los misioneros han llevado a Cristo a todos los rincones donde todavía no lo conocen para que la luz de su Palabra, el fulgor de su ejemplo y el misterio de su muerte y resurrección comuniquen el perdón de los pecados y la esperanza de la futura resurrección.  A lo largo de la historia del cristianismo, los misioneros y los creyentes en el Evangelio han sufrido rechazo y persecución de parte de los poderosos que como Herodes se sienten amenazados por un rey que ha venido a salvar.  Demos hoy gracias por nuestra fe, adoremos a nuestro Salvador y mostremos en nuestra conducta el testimonio de la salvación que ya hemos recibido por la fe y los sacramentos.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán