Adviento IV

Hoy es un domingo raro.  Confluyen el final del adviento y el inicio de la Navidad.  Hoy por la mañana es el cuarto domingo del adviento y esta misma noche es el inicio de la Navidad.  La promesa se vuelve cumplimiento; la espera se vuelve realidad.

Hemos escuchado el evangelio de la anunciación a María según san Lucas.  El acontecimiento que este evangelio narra tuvo su celebración el 25 de marzo.  El nacimiento el ángel anuncia los celebraremos a partir de esta noche.  Un enviado del cielo, el ángel Gabriel, baja a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, y llega a donde una mujer virgen pero ya desposada o prometida a un varón de la estirpe de David llamado José.  De la estirpe de David se esperaba que surgiera un salvador según la promesa de Dios.  En tiempos del rey David, cuando él quiso construir un templo para el Señor, Dios mismo le prometió una dinastía.  No es David quién para construirle una casa a Dios, que tampoco la necesita, pues suya es toda la tierra.  Pero Dios sí le puede construir una casa dinástica a David.  Por eso le prometió:  Cuando tus días se hayan cumplido y descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino.  Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo.  Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente. 

Esas palabras escondían un secreto; esas palabras iban más allá de la realidad histórica.  El hijo de David, Salomón, había muerto.  La descendencia de David, su hijo, nieto, bisnieto y tataranieto reinaron en Jerusalén por cuatrocientos años.  Pero con el exilio babilónico el trono de David sucumbió y ningún hijo suyo reinó ya más.  ¿Qué significaba entonces aquella promesa de Dios: tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí y tu trono será estable eternamente?  Esa promesa de Dios abrió futuro; esa promesa de Dios creó esperanza.  Ante los hombres quizá el trono de David había colapsado; ante los hombres el reino de David había terminado, pero no ante Dios.  Permanecerán para siempre ante mí.  Y es en la esperanza creada por esas palabras que se inserta el cumplimiento anunciado por el ángel a María:  Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.  Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin.  Dios promete y cumple.  Dios no indica plazos, promete, pero no pone fechas.  Por eso la esperanza cristiana es apertura confiada a los designios de Dios.

María expresa su perplejidad.  Yo permanezco virgen.  La frase significa dos cosas.  En primer lugar, expresa la perplejidad de María de que va a concebir un hijo cuando todavía no está casada con José, sino solo prometida.  La perplejidad de que su hijo pueda ser llamado Hijo del Altísimo y que vaya a reinar para siempre en el trono de David.  La perplejidad ante el propósito de consagrarse toda entera a Dios y conservarse para él, aunque estuviera prometida con José.  La perplejidad de María da ocasión al ángel de explicar el gran misterio de la concepción virginal de Jesús:  El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.  Por eso, el Santo que va a nacer de ti será llamado Hijo de Dios.  María va a ser madre, pero no concebirá a su Hijo de la semilla del varón, de José, sino que concebirá por el poder creador de Dios en ella.  Porque quien nacerá de ella no es solo un hombre, no es solo el hijo de David, es también el Hijo de Dios.  En la concepción virginal de Jesús se manifiesta su identidad de ser verdadero hombre y verdadero Dios.  Verdadero hombre porque fue concebido por su madre María; verdadero Dios porque su origen se remonta a Dios y su existencia humana es obra del Espíritu Santo.  Por eso el niño concebido es Santo, pertenece a Dios desde su concepción.  Y se llamará Hijo de Dios porque es Dios en existencia humana, es Dios hecho creatura, es Dios con nosotros.

María accede al anuncio del ángel:  Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho.  La anuencia es confesión de su fe; de su consagración a Dios.  Soy la esclava del Señor.  El ángel no le pidió expresamente su consentimiento, sino que le anunció lo que Dios iba a hacer en ella.  Pero ella expresó su asentimiento como apertura a las disposiciones de Dios.  En la obediencia de María se refleja la obediencia del mismo Hijo de Dios que fue, él primero, obediente al designio amoroso del Padre de entregarlo a este mundo para que todo el que creyera en él alcanzara la vida eterna (cf. Jn 3,16).

Este es el gran misterio oculto desde siglos, del que nos habla san Pablo.  Dios dispuso llamar a todas las naciones a la fe y la salvación por medio de su Hijo único, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que todos llegáramos a ser hijos de Dios por obra del Espíritu Santo y herederos de la vida eterna (cf. Gal 4, 4-6).  Celebremos, pues, con alegría y agradecimiento el nacimiento de nuestro Salvador, pues ese es el origen y comienzo de nuestra salvación y la del mundo entero.

 

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

 

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