Domingo IV

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar es especial.  Es el modo como el evangelista san Marcos nos presenta a Jesús y su misión.  En la primera etapa de su ministerio, Jesús se estableció en la ciudad de Cafarnaúm y de allí salía en las giras de evangelización.  Los sábados, como hacía todo judío piadoso, asistía al culto en la sinagoga.  Pero no asistía como oyente, sino como maestro.  El sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar.  Es muy sorprendente esa observación, pues, hasta donde sabemos, Jesús no había asistido a ninguna escuela de entrenamiento para rabinos.  Su capacidad de enseñar no le venía de alguna instrucción que hubiera recibido, sino de la sabiduría divina que llenaba su mente y su corazón, su inteligencia y su voluntad.  Jesús enseña no solo a la orilla del mar o en un monte, sino también en los lugares sagrados: el templo, la sinagoga, pues él será ahora la presencia de Dios que los judíos buscaban en esos lugares.

Luego el evangelista hace una observación importante:  Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.  Los escribas enseñaban lo que leían en las Escrituras; los escribas explicaban la Palabra de Dios escrita; un poco como lo hacemos los sacerdotes cuando explicamos la Palabra de Dios.  Pero Jesús enseña como quien tiene la autoridad de Dios en sí mismo.  No es que Jesús hiciera de lado las Escrituras; sus enseñanzas están colmadas de citas y alusiones a la Palabra de Dios escrita.  ¿Qué quiere decir el evangelista cuando dice que Jesús enseñaba como quien tiene autoridad?  Lo que viene a continuación lo explica. 

El ejemplo que nos pone de la enseñanza de Jesús es del todo inesperado y sorprendente.  La enseñanza de Jesús no es, en esta ocasión, un discurso que se oye y se guarda en la mente para ponerlo en práctica después.  La enseñanza de Jesús es una acción poderosa para librar a un hombre del poder del demonio.  Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?  ¿Has venido a acabar con nosotros?  Ya sé quién eres: el Santo de Dios”.  Jesús le ordenó: “¡Cállate! ¡Sal de él!”  El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él.  La enseñanza de Jesús en la sinagoga no consiste, en esta ocasión, en palabras que instruyen la mente sino en palabras que desencadenan una acción poderosa para librar a una persona del poder del demonio y devolverle su libertad, su cordura, su integridad.

Pero lo que sorprende de este episodio es que el espíritu inmundo que tiene poseído al hombre también enseña.  Los que están en la sinagoga aprenden a conocer a Jesús por las palabras que profiere el espíritu inmundo.  Primero reconoce a quién tiene por delante.  Lo llama por su nombre:  Jesús de Nazaret.  Luego dice claramente que se siente amenazado: ¿qué quieres tú con nosotros?  Aunque es un solo espíritu habla en plural, porque no solo él, sino toda una legión de sus compañeros mantiene a la humanidad sujeta al pecado, a la desesperanza, a la ignorancia de Dios.  El espíritu inmundo reconoce que Jesús ha venido a acabar con el poder del diablo: ¿Has venido a acabar con nosotros?  Al reconocer quién es Jesús y para qué ha venido a este mundo el espíritu inmundo no solo nos instruye acerca de la persona de Jesús, sino que reconoce su soberanía y dominio.  El espíritu con sus voces y declaraciones nos enseña quién es Jesús y acata su autoridad y reconoce el fin de su propio poder.  Ya sé quién eres: el Santo de Dios.  Jesús es el enviado de Dios para liberar al hombre del pecado y de la muerte, de la tristeza de la desesperanza y de la esclavitud de los vicios; Jesús es el Santo de Dios enviado para sacarnos del dominio de las tinieblas y trasladarnos al reino de su Padre.  ¿Qué más queremos saber? ¿Qué más podemos saber?  El espíritu inmundo sabe que, con la llegada de Jesús a este mundo, su poder ha sido quebrantado.  Jesús le ordenó: “¡Cállate! ¡Sal de él!” El espíritu inmundo sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él para nunca más volver.

En los evangelios, sobre todo en este de san Marcos, Jesús es el enviado de Dios para liberar al hombre de los demonios que han tomado posesión de él.  ¿Por qué hoy no vemos ni sabemos que haya tanta gente poseída como en tiempos de Jesús?  Pienso que eso se debe a que Jesús verdaderamente ha derrotado al demonio y lo ha arrinconado.  Pero el demonio mantiene otra forma de posesión.  Vivir sin Dios o como si no hubiera Dios es la seducción diabólica más grave que existe.  Vivir sin libertad porque uno es esclavo de mentiras, de violencias, de maldad es una influencia diabólica muy común.  Vivir sin la alegría que da la esperanza, vivir sumido en las tinieblas de la muerte es el engaño diabólico más triste.  Pero en la medida en que nos descristianizamos y recurrimos a espíritus ocultos y fetiches supuestamente poderosos le damos rienda suelta al demonio en nuestras vidas.  No entiendo cómo queremos encontrar la salud donde está la enfermedad; queremos encontrar la libertad donde está la esclavitud; queremos encontrar la luz donde reina la mentira y la oscuridad.  No busquen a los demonios y a los supuestos poderes ocultos para que les resuelvan sus problemas; busquen a Dios y a Jesús.

Solo Jesús es capaz de liberarnos del demonio o de las formas sutiles en que el demonio nos posee y nos quita la libertad.  El primer paso para librarse del demonio es el arrepentimiento, la conversión de los vicios, pecados y del culto a los falsos dioses que son demonios encubiertos.  El segundo paso es la instrucción en la verdad de la fe, la catequesis; debemos leer y releer el Catecismo para conocer bien la verdad sobre Dios, lo que hizo y lo que Él pide de nosotros.  El tercer paso es el bautismo o la confesión si ya fuiste bautizado; también hay que recibir el Cuerpo de Cristo.  El cuarto paso es una vida de obediencia a Dios en la caridad.  El demonio no puede habitar en la persona que recibe el Cuerpo de Cristo con pureza de corazón, con arrepentimiento de sus pecados, con la voluntad de dejarse iluminar por su Palabra.  Aquel día en la sinagoga, todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta?  Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.  Que nosotros también tengamos hoy el asombro de la fe para poner nuestra confianza solo en Jesucristo.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

 

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