Domingo VI

Jesús vivió hace veinte siglos, en un país geográficamente distante del nuestro y sobre todo en una cultura, con usos y costumbres diferentes de los nuestros.  Así que no debe extrañarnos que a veces encontremos relatos y episodios que nos resultan extraños y chocantes, ajenos a nuestras experiencias cotidianas.  Una de esas situaciones extrañas son sus encuentros con personas poseídas por espíritus; otra lo forman las personas afectadas de lepra, como el pasaje de hoy.

El libro del Levítico da amplias explicaciones acerca de la lepra y sus consecuencias.  Nuestra primera lectura de hoy recoge un fragmento de esas explicaciones.  Por las descripciones que se hacen, al lector de hoy le parece que lo que la Biblia llama “lepra” son afecciones cutáneas: brotes, ronchas, eczemas, manchas, supuraciones.  Pero para los israelitas esas enfermedades de la piel tenían un significado más profundo.  Eran la manifestación corporal de una impureza más profunda.  Nos puede parecer exagerado, pero no deja de tener su verdad, pues esa interpretación ayudaba a tomar conciencia de algo que nosotros hemos olvidado: ante Dios somos todos impuros y pecadores necesitados de perdón y salvación desde que nacemos.  Por ese motivo, el diagnóstico y la curación de la lepra en Israel no era asunto de médicos, sino de sacerdotes.  Según nuestro modo de pensar, se equivocaron de plano; pero su interpretación les abrió la conciencia a una dimensión de la existencia que nosotros hemos arrinconado y olvidado.  Estamos necesitados del perdón y la purificación de Dios incluso antes de hacer nada malo.  Para facilitarnos esa comprensión la Iglesia nos propone como respuesta a la lectura primera esta oración:  Perdona, Señor, nuestros pecados.  En este domingo previo al inicio de la cuaresma, estas lecturas de hoy son una excelente preparación para iniciarla con disposiciones adecuadas.

El libro del Levítico es anterior a Jesús por varios siglos; se presenta como instrucción de Dios a Moisés.  Todavía en tiempos de Jesús se seguían las prácticas dispuestas en el libro del Levítico.  Por eso, un leproso se acerca a Jesús con la súplica:  Si tú quieres, puedes curarme.  Ese leproso veía en Jesús la fuente de la salud, no solo de su cuerpo, sino también y sobre todo de su alma.  Cuando Jesús ordenó que sanara, inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio en su piel y en su conciencia.  De manera que, aunque Jesús le ordenó que cumpliera las prescripciones de presentarse al sacerdote judío para que lo declarara puro, el hombre curado se dedicó a proclamar que Jesús era el origen de la salud.

Los invito a meditar un poco más profundamente en la noción de pecado y así aprendamos a reconocernos pecadores y a recurrir a Jesús para que nos limpie y purifique.  Hoy la tendencia muy extendida es la de justificarnos, decir que no tenemos pecado.  Sobre todo, sentimos como una falta de respeto pedir que Dios perdone los pecados de los difuntos cuando celebramos funerales.  Sin darnos cuenta de que el sentido propio de las exequias es suplicar a Dios su perdón para que el difunto alcance la meta de la resurrección.

Hemos recibido la vida.  Nadie pidió nacer.  Unas personas nacen en condiciones muy adversas; otras nacen en condiciones favorables.  Unas personas nacen con oportunidades limitadas, otras con muchas opciones de crecimiento y desarrollo.  Pero todas las personas nacemos con la vida por hacer.  A diferencia de los actores de una película, que simplemente tienen que dar vida a un personaje que el autor del guion ya ha inventado con sus acciones y palabras, nosotros somos autores del guion de nuestra vida.  Nacemos como un cuaderno en blanco y cada propósito, cada decisión, cada acción que realizamos en nuestra vida va redactando nuestra historia.  En el proceso a veces acertamos, a veces nos equivocamos; a veces actuamos con responsabilidad y a veces somos irresponsables; a veces actuamos de forma constructiva y con frecuencia también realizamos acciones que nos destruyen y afectan de manera más o menos grave al prójimo y a la sociedad.  Hay momentos en que reflexionamos sobre la vida que vamos construyendo.  Descubrimos que hay partes que nos gustan y otras de las que sentimos vergüenza, fracaso, desaprobación.  No hemos empleado nuestra libertad de manera responsable y podemos acabar nuestra vida en fracaso.  Esa podría ser una descripción secular, sin referencia a Dios, de la experiencia del pecado en nuestras vidas.  Esas acciones y omisiones, sobre todo cuando afectan gravemente el sentido y valor que nos damos a nosotros mismos o el modo como otros nos valoran, crean el deseo de limpieza, de purificación.  Nos descubrimos leprosos.  ¡Quién nos diera la oportunidad de un “borrón y cuenta nueva”!  ¿Quién tendrá el poder de permitirnos construir lo que nos queda de futuro sin que el peso de nuestro pasado lo hipoteque? 

En esa coyuntura de ánimo, Jesús aparece como salvador que limpia a los leprosos.  Él nos explica, en primer lugar, que hemos venido a la vida, porque hay un Dios que nos ama y nos llama a la plenitud en él.  Jesús nos enseña que, si el mal uso de nuestra libertad nos ha llevado a la ruina, Dios nos ha dado unos mandamientos que nos guían para saber elegir bien y actuar siempre con responsabilidad y de modo constructivo.  Jesús nos dice además que nos ama y ha dado su vida por nosotros en la cruz, pues el daño que hemos hecho no lo podemos reparar nosotros, sino que él lo asume y nos otorga el perdón que nos limpia por dentro para que podamos comenzar de nuevo.  Hay que creer en él, hay que recibir el bautismo que purifica y renovar su fuerza purificadora en la confesión.  Y es entonces que descubrimos que en realidad somos responsables ante Dios de lo que hacemos con nuestra libertad, pues Dios nos creó para la vida, no para la muerte, y con nuestras acciones destructivas e irresponsables lo ofendimos y le debemos perdón.  Hemos pecado.  Es más, desde que nacimos estamos en deuda con Dios y por eso desde que nacemos necesitamos su perdón.  No ganamos nada con creernos santos y perfectos; ganamos todo si nos reconocemos pecadores e indigentes del perdón y de la gracia de Dios.  Para eso vino Cristo al mundo; para darnos la mano desde lo hondo de nuestra indigencia para llevarnos a Dios.  Reconocernos pecadores no es ninguna ofensa; pedir por el perdón de los pecados de vivos y difuntos es reconocer la fragilidad de nuestra libertad y la necesidad que tenemos del auxilio y de la gracia de Dios.  Iniciemos esta cuaresma con un examen de nuestra vida para reconocer nuestros pecados y acerquémonos a Jesucristo para que nos limpie.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán