Domingo V

El pasaje evangélico que he leído y ustedes han escuchado hoy suele conocerse como “un día en la vida de Jesús”.  En la mañana del sábado, Jesús ha enseñado con poder en la sinagoga.  Esa fue la lectura del domingo pasado.  Al regresar a casa, se entera de que la suegra de Pedro, en cuya casa se hospeda, está con fiebre y en cama.  Jesús se acerca, la toma de la mano, la fiebre desaparece y ella se pone a servirles el almuerzo.  En la tarde, cuando el sol comienza a declinar, una multitud de enfermos y poseídos por el demonio se apiña a la puerta de la casa donde está Jesús.  Jesús cura enfermos y expulsa demonios.  Entrada la noche, todo mundo se acuesta, pero de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.  Cuando los compañeros de Jesús se despiertan y no lo ven, salen a buscarlo y le expresan la preocupación de todos, porque no estaba en casa.  Pero Jesús, emprende un recorrido por los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido.  Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

Jesús hace una declaración a la que haremos bien en prestarle atención, tanto nosotros los obispos y sacerdotes como ustedes los laicos que nos escuchan.  Para eso he venido.  ¿Para qué ha venido Jesús?  Según su declaración, ha venido para predicar el Evangelio.  Y en el recorrido por Galilea predicó en las sinagogas y expulsó demonios.  En este punto debemos aclararnos, pues la misión de la Iglesia es continuar la de Jesús.  En este punto hay más confusión y desorientación de lo que sería deseable.

La principal equivocación se da, cuando se destaca en Jesús su condición de maestro y se pone de relieve su enseñanza acerca de que los hombres somos hermanos, y debemos amarnos unos a otros.  Uno puede encontrar en el Nuevo Testamento decenas de frases, en las que Jesús nos enseña, exhorta y motiva a amarnos unos a otros.  Es una enseñanza que recorre todos los escritos del Nuevo Testamento con mayor o menor intensidad.  Cuando le preguntaron a Jesús cuál es el principal mandamiento, no pudo contestar.  No pudo mencionar solo un mandamiento, pues además de amar a Dios sobre todas las cosas dijo que había otro igual en rango e importancia:  amarás a tu prójimo como a ti mismo.  Jesús exhortó a perdonarnos unos a otros y a perdonar incluso a los enemigos.  El apóstol san Juan incluso llega a afirmar que quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve (1Jn 4,20).  Y en la grandiosa escena del juicio final en el evangelio según san Mateo (25,31-46), la salvación y condenación de cada persona depende de si fue caritativo o no con su prójimo necesitado.  Según esta evidencia, la Iglesia debería dedicarse principalmente a la promoción humana y a las obras de caridad y justicia.

Pero ¿hacía falta que el Hijo de Dios se hiciera hombre para enseñarnos algo que en principio ya estaba escrito en el Antiguo Testamento?  ¿Debía Jesús morir en la cruz y resucitar de entre los muertos para corroborar esa enseñanza?  ¿Fue ese el propósito de la muerte y de la resurrección de Jesús?  Evidentemente no, pero los creyentes de hoy sufrimos las consecuencias de las enseñanzas de algunos pensadores de hace décadas que consideran que eso de que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre que resucitó de entre los muertos no es racionalmente admisible.  Si a Jesús lo despojamos de su condición divina, no le queda sino su condición de maestro del amor.  Y a eso lo han reducido gente sin fe que influyen en el pensamiento y en la acción de no pocos en la Iglesia hoy.

Aunque el mandamiento del amor a Dios y al prójimo es una enseñanza innegable de Jesús, es una doctrina subordinada al propósito principal de su venida a este mundo.  Jesús no solo enseñaba, sino que también expulsaba espíritus impuros.  Veamos qué significa esta parte de su misión.  Según el evangelio de san Marcos, Jesús ha venido para librar al hombre de los demonios que lo tienen prisionero y lo degradan.  Jesús ha venido a hacerle la guerra al diablo.  Pero si nos fijamos en el evangelio de san Juan, ni una sola vez Jesús expulsa demonios, porque nunca encuentra a ningún poseído; sino gente obstinada en rechazar la verdad y la luz de Jesús y emparentada por eso con el mundo de las tinieblas.  Si en el evangelio según san Marcos Jesús encuentre endemoniados por todas partes y los cura y en el evangelio según san Juan ni siquiera uno, eso significa que hay varios modos de expresar la única misión de Jesús.  Para Juan, la misión de Jesús fue revelar al Padre y su amor por nosotros; su propósito fue suscitar la fe en Él mismo como fuente de luz, de verdad y de vida.  Encontró gente que se resistía a esa predicación y en alguna ocasión insinúa que esa resistencia viene del demonio.  Pero no hay poseídos.  San Pablo enseñó que Jesús vino a librarnos del pecado y de la muerte. 

Entonces, ¿los endemoniados en el evangelio son una ficción?  De ninguna manera, los demonios que Jesús expulsa personifican de la dimensión tenebrosa de la realidad.  Los vicios que nos degradan, la violencia que nos deshumaniza, la seducción del pecado que nos cautiva y el poder de la muerte que nos atemoriza surgen de ese fondo tenebroso.  Dios a través de Jesús nos libera de esos males y nos devuelve la libertad y la dignidad y nos llama a la vida para siempre.  Si Job se queja de que su vida transcurre entre infortunio y dolor, Jesús ha venido para anunciarnos que él es nuestro liberador.  Ni la muerte ni nuestras equivocaciones y maldades son irremediables.  Hay perdón por su muerte en la cruz y hay vida eterna por su resurrección.  Jesús vino para librarnos de esos dos grandes males que afligen a la humanidad:  la muerte, que adelanta su poder en nuestras vidas a través de la enfermedad y el pecado y el mal uso de la libertad, pues través de decisiones y acciones irresponsables, negligentes e inmorales arruinamos nuestras vidas y las de nuestro prójimo.  Jesús vino para sanar nuestra libertad a través del perdón de los pecados; Jesús vino para darnos su Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios; Jesús vino a fortalecer nuestra libertad para que podamos amar a Dios y al prójimo y a través de acciones moralmente rectas podamos construirnos en libertad y santidad.  En Cristo y con Cristo, Dios nos llama a la vida, no a la muerte; nos convoca a su plenitud y gozo más allá de la muerte.  Su enseñanza moral está al servicio de esta vocación:  la vida recta es camino de resurrección.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán