Cuaresma I

Hemos comenzado el tiempo de cuaresma.  Este año, en fecha muy temprana, pues la semana santa tendrá lugar la última semana de marzo.  Los ciclos del sol y de la luna determinan la fecha de pascua cada año.  El año civil se ajusta al ciclo solar.  Por eso entre el 20 y 21 de marzo todos los años, el sol cruza la línea ecuatorial en lo que conocemos como el equinoccio de primavera.  Este año, la primera luna llena después del equinoccio solar será el lunes 25 de marzo.  Nosotros celebramos la pascua el domingo siguiente a esa luna llena; este año el 31 de marzo.  Los dos astros con los que medimos el tiempo conjugan sus ciclos para determinar la fecha en que conmemoramos la nueva creación, la resurrección de Cristo, señor de la historia.  Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha santificado toda la creación y ha inaugurado los tiempos nuevos de la salvación en los que vivimos, mientras aguardamos su venida en la que todo cuanto existe alcanzará en Él su plenitud.

La cuaresma es tiempo en que la misericordia de Dios se hace más explícita, más vehemente, más apremiante.  El miércoles de ceniza, al inicio de este tiempo santo, escuchábamos a san Pablo que nos decía:  Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, pues Cristo murió en la cruz cargando sobre sí el pecado del mundo, para que unidos a él por la fe, por el bautismo, por la eucaristía, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos.  Como colaboradores que somos de Dios, los exhortamos a no echar su gracia, la de Dios, en costal roto.  Pues ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.  Este es el tiempo en que Dios, a través de Cristo, nos tiende la mano y nos ofrece su perdón y nos urge para que nos arrepintamos para que ese perdón de Dios nos sane.  No somos nosotros los que rogamos a Dios que nos perdone; es Dios quien nos ruega que nos arrepintamos.  No somos nosotros los que tenemos que ganarnos el perdón de Dios; no, Él nos lo ofrece en Cristo.  Es Dios el que se esfuerza en convencernos de que nos arrepintamos, de que abramos el corazón, para que su perdón ofrecido pueda operar su obra de purificación interior.  Pues el perdón de Dios no puede limpiar un corazón obstinado; no puede renovar una conciencia recalcitrante.  El perdón de Dios actúa en el corazón arrepentido para renovarlo y en la conciencia obediente para regenerarla.

La Iglesia nos ofrece para nuestra reflexión en este primer domingo de cuaresma tres lecturas que nos enseñan a comprender de qué manera vivimos nuestra existencia bajo la bondad y la misericordia de Dios.  La primera lectura corresponde al final de la historia del diluvio.  Muy al inicio de la humanidad, Dios vio cómo crecía la violencia, el desenfreno y la inmoralidad en la tierra y decidió destruir la creación.  El hombre usaba su libertad, pero sin la luz de la ley moral, y una libertad sin guía ni dirección crea destrucción y corrupción.  Pero Dios encontró un justo, Noé y su familia, y decidió comenzar de nuevo la historia humana a partir del justo Noé.  Una gran lluvia, un diluvio, sepultó a todos los seres vivos.  Se salvó Noé y su familia en un barco inmenso, el arca, que Dios le había mandado construir.  Terminado el diluvio, Dios hizo una promesa.  No volveré a exterminar la vida con el diluvio, ni habrá otro diluvio que destruya la tierra.  Dios comprendió que mientras fuéramos libres, seríamos capaces de tomar malas decisiones.  Pero ya no iba Dios a corregir al pecador destruyéndolo, sino dándole motivaciones, luces, guías, enseñanzas para educarlo en su libertad.  Y Dios puso el arco iris como señal de su promesa.  El arco iris es la señal de que vivimos bajo la misericordia y la paciencia de Dios.  El arco iris es la señal de que Dios abre la puerta de la esperanza en el mismo cielo.  No es que a Dios ya no le importe el pecado, sino que sabe y decidió que el hombre pecador debe ser corregido, amonestado, enseñado, motivado para que se arrepienta, antes de que caiga sobre él la destrucción y el juicio.

El arco iris de la paciencia y del perdón de Dios es Jesucristo.  Es él en quien la misericordia de Dios se ha hecho concreta.  Cristo murió una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado.  El agua que por una parte destruyó al viejo mundo pecador fue también la que salvó a Noé que flotó en el arca sobre el agua.  Así también, dice el apóstol Pedro, el agua del bautismo por una parte lava el pecado, pero por otra nos regenera para que podamos vivir con una buena conciencia ante Dios.  El bautismo prolonga a lo largo de la vida su fuerza purificadora en el sacramento de la penitencia.  Por eso, este tiempo cuaresmal es tiempo de penitencia para la conversión de nuestros pecados y para crecer en santidad ante Dios.  No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar ni hay pecado tan pequeño por el que no haga falta pedir perdón.  El sacramento de la penitencia es para los pecados graves; la oración, las obras de caridad y los sacrificios voluntarios son las prácticas para la expiación de los pecados más pequeños.

Jesús al inicio de su ministerio tuvo un encuentro con Satanás, el enemigo de Dios personificado.  San Marcos es muy escueto y no nos cuenta los detalles de cómo fue tentado Jesús por Satanás en el desierto.  Nos dice solo esto:  Permaneció cuarenta días en el desierto y fue tentado por Satanás.  Vivió allí entre animales salvajes y los ángeles le servían.  Sabemos que san Mateo y san Lucas nos describen las tentaciones de Jesús en el desierto como provocaciones que Satanás le plantea a Jesús para que se rebele contra Dios.  San Marcos entiende las tentaciones de otro modo.  La vida entre los animales salvajes evoca una existencia primitiva, sin cultura ni convivencia humana.  La tentación de Satanás es hacer de Jesús un salvaje, provocar su deshumanización.  Alejados de Dios, efectivamente, podemos hacer tan mal uso de nuestra libertad que nos degrademos y nos deshumanicemos.  Por otra parte, el servicio de los ángeles es el auxilio que Jesús en su humanidad recibe para mantenerse en la integridad, en la rectitud, en la libertad que construye.

Tras la prueba, Jesús regresa a Galilea y comienza a anunciar la noticia de la salvación.  Dios se acerca a nosotros, su reino está cerca, por lo que la oportunidad de arrepentirse y creer en el evangelio está a la mano.  Nos arrepentimos y damos la espalda a lo que nos aleja de Dios; nos convertimos y damos la cara a Dios para que con su gracia nos sane, nos regenere y nos salve.  Esa es la cuaresma y este tiempo de gracia que hemos iniciado.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán