DOMINGO XXXIII

La parábola de los talentos nos habla de nuestra responsabilidad moral ante Dios.  Es otra parábola, como la de las diez muchachas que leímos el domingo pasado, que nos ubica mentalmente en el futuro y nos advierte de que al final deberemos dar cuenta del desempeño que hemos realizado en esta vida.  Cada uno deberá rendir cuentas ante Dios de su desempeño de acuerdo con el tamaño o gravedad de la misión, de la tarea, del encargo que se le dio en esta vida.  Esa responsabilidad ante Dios es condición de participación en el reino de Dios, pues Jesús introduce su parábola con estas palabras:  El reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes.

El hombre que se va a tierras lejanas es Jesús o quizá también el mismo Dios.  Los bienes que ha dejado a nuestro cargo son las realidades de este mundo.  La educación y la economía, el comercio y la justicia, la política y el mundo del trabajo, la familia y la crianza de los hijos, los diversos oficios y trabajos, el cuidado de la creación y la cultura que nosotros desarrollamos son todas ellas tareas que corresponden a la administración de los bienes de este mundo que Dios ha puesto en nuestras manos.  Jesucristo y Dios mismo nos acompañan con su gracia en nuestras tareas de cada día; en ese sentido están cerca.  Pero no están como supervisores vigilando lo que hacemos, si nos desempeñamos con responsabilidad o negligencia.  En ese sentido están lejos.  Jesucristo ciertamente subió al cielo y volverá al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.  Esta es una parábola que complementa la que leeremos el próximo domingo, en la que el juicio será sobre la caridad con el prójimo.  En esta parábola el juicio es sobre la responsabilidad en el trabajo y en las obligaciones de cada día.

El hombre deja sus bienes en manos de administradores de su confianza.  Para simplificar Jesús solo habla de tres.  Y para simplificar también Jesús habla solo de los bienes monetarios del hombre.  Pero no les da sus bienes a todos por igual.  Según la capacidad de cada uno, le dio a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno.  Un talento era una suma enorme de dinero.  Estamos hablando de millones de quetzales.  ¿Cómo entiendo yo esta distribución de responsabilidades?  Cada uno de nosotros tiene una tarea, un trabajo, una misión que cumplir.  Los obispos y sacerdotes tenemos la tarea de anunciar el evangelio y celebrar los sacramentos; los laicos tienen las tareas de formar una familia y educar a los hijos, tienen un trabajo que desempeñar que puede ser un trabajo sencillo de bajos ingresos o un trabajo en el que está juego la vida y bienestar de otras personas como un médico o un político.  Todos vivimos en una comunidad, en la sociedad, y con nuestra manera de actuar incidimos en el bien de las otras personas o las perjudicamos con nuestras negligencias.  En la sociedad todos tenemos una tarea que desempeñar; no todas las tareas son igualmente visibles o con las mismas consecuencias sobre la vida de los demás.  Podemos decir que hay personas que recibieron una responsabilidad grande y otras que recibieron una responsabilidad mediana y otros una responsabilidad pequeña.  La enseñanza de Jesús es que cualquiera que sea el tamaño de la responsabilidad que nos ha tocado desempeñar en este mundo, sea grande o pequeña, al final Dios mismo nos pedirá cuentas de nuestra administración.  Para complementar esta parábola la primera lectura hace el elogio de la esposa y ama de casa responsable.  Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa; muy superior a las perlas es su valor.  Es digna de gozar del fruto de sus trabajos y de ser alabada por todos.  Ser ama de casa es una responsabilidad de incidencia social.

A mí me ha dado qué pensar el modo como Jesús armó el cuento.  El hombre que se iba de viaje no les dio a todos sus empleados su dinero en partes iguales.  Eran ocho talentos en total.  Podía haber dicho Jesús que el hombre repartió responsabilidades y le dio a uno cuatro, al otro tres y al otro un talento.  La distribución fue muy desigual: a uno le dio casi el doble que a los otros dos.  Ese empleado tenía una enorme responsabilidad.  En cambio, a los otros dos les dio sumas pequeñas en comparación con la del primer empleado: dos talentos uno y el otro apenas uno.  De este modo Jesús comparó una gran responsabilidad con otras más bien pequeñas.  Todos tuvieron que rendirle cuentas.

El que recibió cinco talentos duplicó el dinero y el que recibió dos hizo lo mismo.  Parece que todo fue legal.  Realmente pilas los dos, pues en el mundo real el dinero no se duplica tan fácilmente, a menos que uno sea un mafioso.  Duplicar el dinero es el símbolo de cumplir a cabalidad la responsabilidad asignada; sea grande o pequeña; sea distinguida o invisible; sea exaltada o humilde.  Este que recibió dos tenía una responsabilidad menor de la mitad de la que tenía el que recibió cinco.  Sin embargo, ambos recibieron el mismo elogioTe felicito, siervo bueno y fiel.  Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor.  Entra a tomar parte en la alegría de tu señor.  El que recibió un talento, sin embargo, fue negligente; enterró el talento que le dieron y se lo devolvió tal cual a su señor.  Aunque tenía una responsabilidad pequeña, fue negligente.  Y la sentencia que oyó fue terrible:  Siervo malo y perezoso.  A este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas.  Allí será el llanto y la desesperación.  Si somos irresponsables, negligentes, despreocupados y ciertamente si además somos delincuentes, nuestra vida acabará en fracaso ante Dios. 

A Dios le importa y le interesa que nuestra vida sea de provecho.  Que las tareas y misiones, trabajos y encargos que hemos recibido en esta vida los desempeñemos con diligencia y fruto.  No importa si tu trabajo en la empresa es la gerencia o el de seguridad; no importa si eres director de la escuela o asistente de docencia; no importa si eres agricultor o comerciante, ama de casa o diputada al congreso.  La tarea que te han dado, que has asumido, hazla bien.  Cuando le rindas cuendas a Dios de lo que has hecho con tu vida, Dios te lo tomará en cuenta.  Por tanto, enseña san Pablo, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán