Domingo XXXII

Hoy debemos meditar sobre la parábola de las diez jóvenes que esperan al novio.  Es bueno observar que solo llega el novio; no se menciona ninguna novia.  Además, llega a medianoche, no de día o al amanecer.  Y llega directamente a la fiesta de su propia boda; no se habla del matrimonio ni de esposa.  La parábola no refleja los usos y costumbres nupciales en tiempos de Jesús.  Las peculiaridades de la parábola se adaptan más bien a las enseñanzas cristianas acerca de la segunda venida del Señor.

Es una enseñanza firme y clara en todo el Nuevo Testamento que Jesucristo volverá glorioso al final de los tiempos para llevar a término la salvación que comenzó con su muerte y resurrección; llegará inesperado como ladrón en la noche.  Entonces tendrá lugar la resurrección de los muertos, el juicio divino que pondrá de manifiesto si la vida terrena fue un fracaso o un logro ante Dios para dar paso a continuación al establecimiento definitivo del reino de Dios en el que participarán aquellos que con la gracia de Dios vivieron según la fe y la voluntad de Dios.  Esa es nuestra esperanza, esa es nuestra fe.

San Pablo, en la segunda lectura de hoy, enseña algunas cosas sobre el final de los tiempos, para responder a una preocupación de los tesalonicenses.  San Pablo les había enseñado que la futura venida del Señor sería el momento cumbre de nuestra esperanza, pues Cristo vendrá para llevarnos a la plenitud del cielo.  Pero ¿qué pasa si nos morimos antes de que Cristo vuelva?  No nos debemos preocupar:  los que estén vivos cuando eso suceda no tendrán ninguna ventaja sobre los que ya murieron.  Cuando Dios mande que suenen las trompetas, se oirá la voz de un arcángel y el Señor mismo bajará del cielo.  Entonces, los que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados, juntamente con ellos entre las nubes por el aire, para ir al encuentro del Señor y así estaremos siempre con él.  Pablo enseñó aquí la doctrina de la resurrección de los muertos; el encuentro final con Cristo supone que la muerte será vencida para poder salir al encuentro del Señor que viene.

La parábola de Jesús complementa esa enseñanza.  Él se describió a sí mismo muchas veces como el novio; su esposa es la Iglesia y a veces también cada creyente que recibe de Jesús el amor y la vida y se une a él en fidelidad y esperanza.  El lenguaje nupcial es muy frecuente en la Biblia para hablar de las relaciones de Dios o de Jesucristo con los creyentes.  Las jóvenes doncellas que esperan al novio somos nosotros mismos, la Iglesia.  Ellas esperan al novio para desposarse con él, igual que nosotros esperamos a Jesucristo para unirnos en fidelidad y amor a él para compartir su vida y su gloria.  En este lenguaje conyugal está ausente todo atisbo de erotismo, sexualidad y carnalidad. 

La espera ocurre por la noche.  De noche uno duerme y pierde la conciencia.  Pero en lo que se refiere a la venida del Señor no puede uno nunca dormirse; hay que estar siempre atentos y despiertos.  Es decir, las ocupaciones de esta vida y el hecho de que tantos siglos han pasado desde la ascensión del Señor nos pueden hacer pensar que tampoco vendrá en nuestros días y que por eso vivamos desprovistos de toda referencia hacia Dios.  Es posible que nuestro deseo de Dios y de Jesucristo disminuya y se enfríe.  Hay que mantener la atención y la vigilancia.  La mirada puesta en Cristo que viene es referencia esencial en nuestra vida.  De noche vienen ganas de dormir; las ocupaciones temporales nos pueden distraer de la meta final.  Así como el centinela debe esforzarse por superar el sueño nocturno; así nosotros debemos hacer el esfuerzo por mantener la atención puesta en Dios.

Las diez muchachas de la parábola son ejemplo de dos actitudes ante la venida del Señor.  Las muchachas esperan de noche y por eso van provistas de lámparas para iluminar la espera.  Son lámparas antiguas que necesitan combustible líquido para seguir alumbrando.  Se supone que inicialmente las lámparas venían abastecidas.  Pero de las diez jóvenes cinco se proveyeron de combustible adicional para alimentar las lámparas a medida que se consumía la carga inicial.  Las otras cinco vinieron desprovistas.  Este elemento de la parábola es el decisivo para descubrir la enseñanza.  Es importante saber que el combustible es intransferible.  Las que van provistas no pueden dar a las que carecen de él.  ¿Por qué?  ¿Qué representa el combustible?  Representa la fe, las buenas obras del amor a Dios y al prójimo, la esperanza del cristiano.  Esas virtudes o cualidades que constituyen la existencia cristiana son personales e intransferibles.  Nadie puede creer por otro, esperar por otro o hacer el bien y que el crédito se asigne a otro.  Sin fe, sin caridad y sin esperanza no estamos capacitados para recibir a Cristo y participar en el banquete de bodas, en el cielo.

La parábola es una advertencia.  No dejemos que las ocupaciones de cada día nos distraigan de tal modo que nos olvidemos de pensar en Dios.  No dejemos que las preocupaciones y fatigas diarias nos impidan abrir el corazón hacia Dios y hacia Jesucristo para tender hacia él y esperarlo con deseo intenso.  Debemos vivir cada día, desde ahora, con la esperanza puesta en Cristo.  Así estaremos siempre listos para recibirlo.  No dejemos que la fe se apague, que la caridad se enfríe y que la esperanza se vuelva puramente terrenal para desear y buscar solamente los logros de este mundo.  Está bien alcanzar logros y metas en este mundo, con tal de que no nos olvidemos de la meta firme y definitiva de nuestra vida que es Cristo.  Sin fe, sin esperanza ni caridad el mismo Cristo nos dirá al final:  Yo les aseguro que no las conozco.  Estemos pues preparados siempre, porque Cristo llegará para cada uno de nosotros en el momento de nuestra muerte que no sabemos cuándo será.

La exhortación a la sabiduría de la primera lectura de hoy nos anima a tener esa orientación hacia Dios.  Radiante e incorruptible es la sabiduría –para nosotros es Cristo. Con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean.  El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta.  Jesucristo y su evangelio vienen a nosotros para dar sentido a nuestra vida.  Orientemos nuestra vida hacia Dios hacia su reino.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán