Domingo XXVII

La parábola que acabamos de escuchar suele conocerse como la de los viñadores homicidas. Ya ese nombre nos da a entender que es una parábola especial. En efecto, a diferencia de otras parábolas de Jesús que nos enseñan acerca del modo de ser de Dios o nos motivan a ser discípulos de Jesús, esta es una parábola en la que Jesús predice su muerte ante las personas que la van a decretar. Es una parábola de denuncia. En el evangelio según san Mateo, Jesús cuenta esta parábola a continuación de la parábola de los dos hijos, que leímos hace ocho días. Sus oyentes son los mismos: los sumos sacerdotes y los an­cianos de Jerusalén, es decir, las autoridades religiosas y civiles que actuaban bajo la tutela y soberanía del procurador romano Poncio Pilato y que tomaron la decisión de matarlo.

La parábola es sencilla y sanguinaria; es drástica y contundente. Jesús se inspiró en la parábola que contó el profeta Isaías y que hoy ha sido nuestra primera lectura. En el profeta Isaías, la parábola es brevísima: el profeta cuenta que su amado, es decir, Dios, tenía una viña en una ladera fértil. La viña es la casa de Israel. Dios la cuidó y la protegió; puso en medio su Templo y les dio la ley para guiarlos en el camino de la santidad. A eso se refiere la parábola cuando dice que Dios: removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en medio una torre y excavó un lagar. Hay que explicar que “lagar” era una especie de piscina pequeña cavada en la roca donde se echaban las uvas para que dos o tres personas les sacaran el jugo aplastándolas con los pies. De ese jugo fermentado sale el vino. Pero a pesar de los cuidados, la viña, en vez de uvas dulces, dio uvas amargas con las que no se puede hacer vino. En represalia, el amado destruye todo lo que hizo para preparar su viña: le quitaré su cerca y será destrozada: derribaré su tapia y será pisoteada. La convertiré en un erial. Y el profeta Isaías explica: la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel y los hombres de Judá son su plantación preferida. El Señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquida­des. Isaías anuncia la futura destrucción de Jerusalén como reprimenda por su infidelidad.

Jesús se inspira en esta parábola de Isaías y la desarrolla según su propósito. Tam­bién en esta parábola, como en la de Isaías, el propietario planta la viña y la prepara con cerca, lagar y torre. Pero lo que viene a continuación es diferente. El dueño alquila la viña a unos agricultores y se va. Esos viñadores pagaban el alquiler con una parte de la cosecha. Al tiempo de la cosecha, el dueño envía a sus criados a cobrar el alquiler, la parte de la cosecha que le tocaba. Los agricultores inquilinos tratan mal a esos criados: golpean a uno, apedrean al otro, matan a un tercero. Pero el dueño no reclama nada. Ya esto llama la atención. Luego envía a otros criados, y sucede lo mismo. Los agricultores tratan mal a los criados y el dueño no reacciona en absoluto. Es más, tiene la ocurrencia de enviar a su hijo, pensando, a mi hijo lo respetarán. Llegados a este punto, los lectores cristianos del evangelio comprendemos que el dueño de la viña es Dios. La viña es el pueblo que Dios llama suyo, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La parte que le corresponde

de alquiler son las buenas obras que su pueblo debe producir. Los viñadores son las per­sonas que Dios pone al frente de ese pueblo para instruirlo y enseñarle el camino de santi­dad. Los enviados primeros son los profetas que Dios envió para llamar al pueblo a la conversión. El silencio de dueño que no actúa es la paciencia de Dios. El hijo es el mismo Jesucristo, el hijo enviado por Dios como último emisario para predicar la conversión. Pero al hijo, los viñadores también lo maltrataron y hasta decidieron matarlo para quedarse como dueños de la viña. Esta es la denuncia más clara que Jesús hace a sus oyentes, de que ellos van a decretar su muerte. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Recordemos que los que escuchan la parábola son las autoridades religiosas de Je- rusalén. Jesús les pide una opinión sobre lo que el dueño de la viña debería hacer con los viñadores homicidas de sus criados y de su hijo. E ingenuamente, ellos se condenan a sí mismos con su respuesta: Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los furtos a su tiempo. ¿Quiénes son estos otros viña­dores? Puesto que la viña permanece, los nuevos viñadores son ahora los apóstoles y los ministros que Jesús ha puesto al frente de su pueblo, para que en su nombre lo guíen, lo corrijan, lo instruyan, lo santifiquen y lo motiven a dar con su conducta frutos de santidad.

Jesús acusa a los dirigentes de su pueblo de que fueron incapaces de lograr que su pueblo, su viña, diera frutos de justicia y santidad. Confía en que otros dirigentes lograrán que ese pueblo de Dios, esa viña elegida, los dé. ¿Estamos los obispos y sacerdotes a la altura de nuestra responsabilidad? ¿La responsabilidad es solo nuestra o la comparte tam­bién la viña, es decir, el pueblo de Dios que ha sido puesto bajo nuestro cuidado? Perso­nalizando la parábola: ciertamente yo y los sacerdotes que son mis colaboradores somos responsables de predicar la verdad del Evangelio, de administrar los sacramentos, de co­rregir las conductas inmorales. Si somos negligentes, nos pasará como a los viñadores de la parábola. Si lo hacemos bien, tenemos la esperanza de que ustedes, el pueblo bajo nues­tro cuidado dé frutos de santidad. Pero, si nosotros lo hacemos bien o al menos de modo aceptable, pero ustedes no hacen caso ¿somos nosotros responsables de su perdición? Creo que no. Esa situación no está contemplada en la parábola. Hagámoslo bien todos y demos a Dios los frutos de santidad que espera de nosotros.

Jesús concluye con dos sentencias. Una que se refiere a sí mismo. Ese hijo que los viñadores han matado es él, el Hijo de Dios, Jesucristo. Él se aplica a sí mismo el verso del salmo 118: la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable. Es decir, ese Hijo que esas autoridades van a descartar, se convertirá gracias a su resurrección en el referente de todos los viñadores futuros, de todos aquellos que Dios pondrá al frente de su pueblo. En cuanto a las autori­dades judías, Jesús promete: les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. También nosotros, si somos viñadores que retorcemos la verdad y buscamos nuestro interés y no los de Dios, seres descalificados y destituidos por Dios. Somos servidores, no dueños del ministerio que se nos ha dado.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán