Cuaresma III

Acabamos de escuchar tres lecturas, como es habitual los domingos.  Cada una de ellas expone una enseñanza importante, aunque yo no acabo de ver que tengan un tema común.  Por lo tanto, cada una merece un comentario, aunque sea breve.  El episodio de la expulsión de los vendedores del templo narra una acción de Jesús que contribuyó de modo importante a que las autoridades religiosas de Jerusalén tomaran la decisión de matarlo.  El evangelista san Juan da a entender en el relato de su evangelio que Jesús visitó Jerusalén varias veces durante su ministerio.  Esta acción habría tenido lugar en su primera visita.  Los otros evangelios, por el contrario, dan a entender que Jesús visitó Jerusalén solo una vez al final de su ministerio, una visita que acabó con su crucifixión.  Estos evangelios ubican por tanto el episodio al principio de esa única visita.

¿Cuál es el significado de ese gesto de Jesús?  La interpretación moralista dice que Jesús se indignó de ver el comercio de animales y los negocios de cambio de moneda en los predios exteriores del templo.  La frase de Jesús: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre expresaría la censura de Jesús a la actividad comercial que allí se realizaba.  Pero hay que saber que esas personas que allí se ocupaban colaboraban con la realización del culto.  Allí se vendían los animales para los sacrificios que se ofrecían en el templo y allí se cambiaba dinero para suministrar a los creyentes la moneda aceptable para hacer ofrendas en el templo; pues no era permitido hacer ofrendas con moneda romana o griega que era la que normalmente circulaba, sino con moneda judía.  El interrogatorio que viene a continuación deja en evidencia que el gesto de Jesús va más allá de la indignación moral.

Cuando los judíos, es decir, las autoridades interrogan a Jesús sobre el significado de su acción, Jesús no alude ni menciona para nada la inmoralidad de los negocios que allí se realizan.  Responde con una frase que nadie entiende en ese momento:  Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré.  Los que lo interrogan le hacen ver que su respuesta no tiene sentido, pues la obra de remodelación del templo que el rey Herodes había realizado tardó cuarenta y seis años en completarse.  ¿Cómo podía Jesús reconstruir el templo en tres días?  Pero el evangelista explica que él hablaba del templo de su cuerpo.  Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello.  Es decir, que los discípulos de Jesús finalmente entendieron la frase acerca del templo destruido y reconstruido en tres días hasta después de su resurrección de entre los muertos.  Fue entonces que comprendieron, que el nuevo templo en que los cristianos damos culto a Dios es el cuerpo de Cristo resucitado.  Unidos a Cristo por el bautismo, la confirmación y sobre todo por la eucaristía, formamos un solo cuerpo con él, formamos la Iglesia, y es en la Iglesia donde damos el verdadero y definitivo culto a Dios.  La expulsión de los vendedores del templo significaba su destrucción simbólica y el fin del régimen judío como medio de salvación.  Cristo es ahora el lugar donde encontramos a Dios.  El templo de Jerusalén ya cumplió su función y también todas las otras religiones y cultos.  Las autoridades intuyeron el significado de la acción de Jesús y por eso decidieron matarlo.

Cristo crucificado, dice san Pablo, es el tema de su predicación.  Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios.  Unos piden signos portentosos para creer; otros piden doctrinas que se ajusten a la sabiduría humana, pero el evangelio tiene por contenido a Cristo crucificado, la fuerza y la sabiduría de Dios.  Para los que piden signos portentosos la cruz de Cristo es más bien signo de su debilidad, de su derrota; para los que piden doctrinas que se ajusten a la sabiduría de este mundo la cruz de Cristo es una locura o una estupidez.  Pero la locura –o la tontera– de Dios, dice Pablo, es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres, pues la cruz de Cristo es expresión de su amor por nosotros y en ella Dios derrotó al pecado y a la muerte y allí obtuvimos nuestra salvación.  Esa salvación no se logra ni por el esfuerzo ni por la ciencia humana, sino solo por el amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo crucificado.  Por eso no escondemos la cruz; por eso no desclavamos a Cristo de la cruz.  Nuestra salvación está en Cristo crucificado en la cruz, no en la cruz sin Cristo.

Esta salvación, una vez recibida en el bautismo y la confirmación, exige que quienes hemos sido librados del pecado y de la muerte vivamos rectamente.  Nuestra libertad necesita instrucción para saber elegir y realizar las acciones que nos construyen como personas, como familia, como sociedad.  Los Diez Mandamientos, que Dios ofreció a Israel antiguamente, siguen siendo para nosotros guías para actuar correctamente.  Los mandamientos regulan nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.  La principal corrección que Jesús introdujo en los Diez Mandamientos consistió en la exhortación a entenderlos en positivo.  Los mandamientos se expresan en negativo:  no tendrás otros dioses fuera de mí, no harás mal uso del nombre del Señor, no matarás, no cometerás adulterio, no robarás.  Las órdenes en negativo se reducen a lo que prohíben.  Uno podría pensar: voy a hacerle daño a mi prójimo, no lo voy a matar, pues eso está prohibido, pero haré que se quiebre un pie.  No voy a cometer adulterio, pero con esta pareja que no es mi cónyuge nos expresaremos cariño con las caricias y los besos.  Así no se cumple el mandamiento dice Jesús.  Esa manera de razonar no es ética, eso no es lo que Dios quiere.  Dios quiere que entendamos los mandamientos en positivo:  no tendrás otros dioses fuera de mí significa amarás al único Dios que hay sobre todas las cosas.  No matarás significa amarás a tu prójimo como a ti mismo; considera su integridad y dignidad.  No robarás significa trabajarás para ganar tu sustento, respetarás los bienes que tu prójimo ha adquirido legítimamente, serás honesto en tus negocios.  No cometerás adulterio significa honra a tu cónyuge, sele fiel hasta en el pensamiento, construye tu familia como Dios quiere; gobierna tu sexualidad para que la emplees según sus propios fines.  Cuando nos sostiene la fe, la esperanza y el amor; cuando Dios es nuestra referencia vital, cuando Cristo es el centro de nuestra vida, entonces la gracia de Dios fortalece nuestra libertad y podemos ajustar nuestra conducta a sus exigencias y siempre pediremos a Dios que supla con su perdón las deficiencias.  Pero siempre viviremos de tal modo que la salvación de Cristo se manifieste en nuestras obras.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán