Adviento III

La alegría es quizá el más cristiano de los sentimientos.  Hoy es el domingo en que la liturgia de la Iglesia nos invita con particular énfasis a que despertemos en nosotros la alegría.  Pero ¿qué alegría?  Aunque se diga de una persona con algunos tragos dentro que está bien alegre, no es esa la alegría cristiana.  No es tampoco la alegría del bullicio, de la música y la marimba que pone cosquillas en los pies y que nos pone a bailar; esa es la alegría de la diversión y la distracción.  Puede ser, sin embargo, algo parecido a la satisfacción que sentimos con el éxito en el trabajo, el logro en los propósitos alcanzados, cuando sentimos y creemos que son mayores que el esfuerzo que nos ha costado.  Aunque esa es una alegría efímera, pasajera.  La alegría a la que nos invita Dios en el adviento se parece un poco a la alegría que nos da saber que alguien nos ama.  Porque la alegría del adviento es el gozo que surge en nuestro interior de saber que nuestra vida tiene sentido y propósito porque nos sostiene el amor de Dios.  Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió de vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia, como la novia que se adorna con sus joyas.

Esta vida está amenazada por la fragilidad de nuestra libertad que nos lleva a tomar decisiones equivocadas, irresponsables y hasta malvadas a lo largo de los años; nuestra vida en este mundo está amenazada también por la enfermedad y las carencias de todo tipo en su transcurso y al final está amenazada por la muerte que le roba sentido a la existencia, cuando pensamos que es el final inexorable y término absoluto de nuestra conciencia.  Somos “los desterrados hijos de Eva que suspiramos en este valle de lágrimas” como dice la antífona que conocemos con el nombre de “Dios te salve, reina y madre”.  Anhelamos plenitud, gozo, sentido de vida, que nos viene de la experiencia del amor de Dios, que perdona nuestros desvaríos, sana las heridas de nuestras malas decisiones y nos ofrece vida más allá de la muerte.  La alegría es el sentimiento que surge de sabernos salvados.

La alegría viene de saber que Dios está cerca.  Está cerca con su Palabra que nos ilumina y nos instruye, nos consuela y nos sostiene.  Está cerca con sus sacramentos que perdonan, sanan y nos comunican su Espíritu Santo.  Dios está cerca porque habita en aquellos que le abren su corazón para recibirlo y abren los ojos del alma para ver el cielo que nos espera.  La alegría de Dios convive con la enfermedad y la pobreza que agobia nuestro cuerpo; esa alegría nos anima a sobrellevar las limitaciones de esta vida terrenal.  La alegría de Dios convive con las tribulaciones que vienen de la persecución y el acoso por ser cristianos.  Los mártires dieron testimonio de cómo en medio de los sufrimientos de las torturas a las que eran sometidos, la alegría de Dios en su alma les daba fuerzas para resistir a los tormentos.  La alegría de Dios ahora es un anticipo del cielo; un atisbo de la salvación.  La alegría de Dios viene de saber que nuestros pecados han sido perdonados.  La alegría en Dios nos permite darle cara a la muerte, pues sabemos que en Cristo nuestra muerte ha sido vencida y que nuestro destino no es morir, sino vivir.

Hoy hemos leído el pasaje de Isaías que Jesús se apropió como descripción de su misión en la tierra:  El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor.  Todas estas acciones que describe el profeta como su misión son acciones que abren futuro y crean esperanza.  Jesucristo ha venido a abrir el futuro más inimaginable posible: el futuro de que podremos vivir en Dios más allá de la muerte y del pecado.  Por supuesto que también sentimos alegría cuando a través de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo, de nuestro empeño abrimos futuro para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestros vecinos.  Es una alegría efímera y pasajera, pero es una alegría en la que se refleja la alegría de la salvación final que solo Dios nos puede dar.

En el salmo responsorial hemos recitado el cántico que la Virgen María entonó cuando visitó a su parienta Isabel.  Ella allí proclamó su alegría porque conoció a Dios cercano y porque en Dios ella encontró el propósito y la misión de su vida.  Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.  En esas frases, ella expresa el júbilo de saber que, a pesar de su pequeñez, de humildad, de su marginalidad social, Dios había puesto sus ojos en ella para confiarle la misión de ser la madre de nuestro Salvador.  Por eso ella tiene la seguridad que las generaciones que vendríamos después no dudaríamos en llamarla dichosa, en venerarla y en agradecerle los bienes que nos vinieron por su medio:  desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el que todo lo puede.

También san Pablo en la segunda lectura nos exhorta a la alegría:  Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión; pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús.  Pero junto con la exhortación a la alegría, viene la motivación para una vida recta.  Absténganse de toda clase de mal.  Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo se conserve irreprochable hasta la llegada de Nuestro Señor Jesucristo.  Nuestra alegría surge también porque sabemos que Cristo y nuestro Padre Dios nos esperan al final del camino.  Sabemos hacia quién caminamos.  En nuestro caminar hacia Dios no descuidamos nuestras responsabilidades en este mundo, pues sabemos también claramente que el camino al cielo se hace en la tierra.

Tengamos, pues la alegría de Dios en nuestro corazón y sepamos llevarla a quienes yacen en tinieblas y desesperación.  Seamos como Juan el Bautista.  Él vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.  Él no era la luz, sino testigo de la luz.  Llevemos nosotros también la luz de la alegría de nuestra fe y nuestra esperanza, que son firmes, pues provienen de Dios.  Contribuyamos a la paz en la comunidad en la que vivimos sabiendo perdonar y crear futuro para nuestro prójimo.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán