Adviento II

El adviento es el tiempo de preparación para la celebración de la Navidad.  Es un tiempo penitencial, es decir, un tiempo en que la Iglesia, a través de la Palabra de Dios, nos llama a la conversión.  El otro tiempo penitencial en la Iglesia es la cuaresma, que nos prepara para la celebración de la Semana Santa.  Pero, aunque ambos tiempos son penitenciales y en ambos la Iglesia nos llama a la conversión, la motivación es diferente.  En cuaresma el mensaje pone el acento en la gravedad de nuestras culpas y en el perdón y la misericordia que Dios nos ofrece de antemano como motivación para dar el paso al arrepentimiento.  La cuaresma es tiempo propicio para la conversión, porque la misericordia y el perdón de Dios se nos ofrecen con abundancia.

En adviento la motivación es diversa:  el mensaje a la conversión tiene su fundamento en las promesas que Dios nos ha hecho de un futuro de plenitud en él.  En adviento debemos convertirnos, porque Dios nos ofrece un futuro de plenitud y de gozo, de alegría y de vida, si vivimos en esta vida con responsabilidad y diligencia en el cumplimiento de nuestros deberes.  Dios promete para nosotros un futuro de plenitud y nos invita a convertirnos a Él para no quedar excluidos y perdernos el futuro que Dios pone ante nosotros.  Por eso este tiempo de adviento tiene un acento de alegría, de gozo anticipado ante el futuro que nos aguarda.  Por eso la invitación a la conversión tiene una urgencia gozosa, que lo distingue claramente de tono propio de la cuaresma.

La vida presente está llena de adversidades, dolores, sufrimientos, limitaciones y penas.  Ciertamente también hay en el presente alegrías y gozos pasajeros y efímeros.  Pero para muchos, el presente es de agobio y dolor.  El mensaje del adviento es que el futuro que Dios nos prepara es otro.  Vienen a propósito las hermosas palabras del profeta Isaías cuando anunciaba a los judíos en el exilio el fin de sus penas y sufrimientos:  consuelen, consuelen a mi pueblo.  Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble por todos sus pecados.  Ahora se abre un futuro de alegría y plenitud.  Dios mismo viene en su auxilio.  Por eso la invitación a prepararle al Señor el camino:  que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y los escabroso se allane.  Preparen el camino del Señor.  No se trata ya tanto de un camino físico, sino de un camino espiritual, moral, para recibir al Señor que siempre viene a nosotros.  Aquí está su Dios.  Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo.

El adviento es invitación a poner en contexto el tiempo presente.  Para los que no tienen fe, este tiempo presente es todo lo que hay.  Por eso, dicen, hay que sacarle el beneficio, hay que aprovecharlo, hay que divertirse y pasarla bien.  Pero para los que tenemos fe, este tiempo presente es preparación para la plenitud futura.  Nuestra morada aquí es temporal.  Este mundo tendrá un fin; de hecho, este mundo está marcado por la caducidad: la más patente ahora sería el cambio climático que amenaza con hacer el planeta inhabitable.  Pero eso es parte de lo que afirmamos los creyentes desde hace dos milenios:  este mundo tiene un plazo.  Por eso debemos vivir el presente con responsabilidad, con sobriedad, con la esperanza puesta en el futuro que Dios nos prepara.  Puesto que todo va a ser destruido, piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego y se derretirán los elementos.  Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo y una tierra nuevos, en que habite la justicia.  Los cristianos vivimos en el presente con la mirada puesta en el futuro inimaginable que Dios nos promete. 

El futuro de Dios no es el fruto de las proyecciones y cálculos humanos; no es el futuro que se imaginan los que leen las cartas y consultan a los espíritus.  Ese es un futuro tenebroso y aterrador.  El futuro de Dios para nosotros es el que ya ha tenido su comienzo en la resurrección y ascensión de nuestro Señor Jesucristo al cielo.  El futuro que Dios nos promete es luz y alegría.  Es un futuro cuyo cumplimiento no sabemos, pero que se hace efectivo para nosotros de dos maneras.  Ahora por la fe y la esperanza y en el momento de nuestra muerte como anticipo personal de la plenitud final.  No olvidemos que, para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día.  No le pongamos plazos a Dios, sino que vivamos con confianza.  No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todo se arrepientan.  Ese es otro sentido del tiempo presente.  Tiempo que Dios nos da para la conversión antes de que llegue el fin.

En adviento, cobra importancia la figura de Juan el Bautista, pues él preparó la venida del Mesías con una invitación a la conversión.  Era una conversión también en vistas de la venida del Salvador prometido.  Era conversión para estar preparados para cuando viniera aquel que bautizará con el Espíritu Santo.  La próxima celebración de la Navidad debe ser un ejercicio para recibir a Cristo espiritualmente por la fe, por la Palabra de Dios, por los sacramentos.  Recibir a Cristo en la eucaristía es un adelanto para cuando lo recibamos en su segunda venida.  Este es un tiempo pues para arrepentirnos y confesarnos para que Cristo encuentre nuestro espíritu limpio de todo rencor, de toda envidia, de todo odio, de toda lujuria, de toda maldad.  Debemos convertirnos para recibir a Dios que viene a nosotros.  Es un tiempo para propiciar la llegada de Cristo por medio de la lectura del evangelio.  Hagamos ese ejercicio de leer al menos uno de los evangelios durante los quince días de adviento que nos quedan por delate.  Quizá este año podemos leer el evangelio según san Marcos.  O quizá alguien con más tiempo y diligencia puede leer alguna parte del Catecismo de la Iglesia católica.  Ese sería un modo de recibir a Cristo.  Intensifiquemos también la oración para aumentar el deseo de Dios.  Desear a Dios, buscar a Dios, tender hacia Él que es nuestra salvación es un ejercicio propio del adviento.  Hoy hemos suplicado en el salmo responsorial:  Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos al Salvador.  Que esa oración se cumpla en nosotros en la espiritualidad de este adviento.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán