Adviento I

Comenzamos este domingo el tiempo del adviento.  Es un tiempo cuyo significado se pierde por las navidades comerciales adelantadas.  Por una parte, es tiempo de preparación espiritual para la celebración de la Navidad, del nacimiento del Hijo de Dios como hombre, hijo de la Virgen María.  Por otra parte, esa preparación la hacemos de un modo muy peculiar.  La Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar el acontecimiento pasado de la venida del Hijo del hombre en la humildad de la pobreza, la exclusión y la condena despertando en nosotros el deseo, el anhelo y la espera de su segunda venida en gloria, majestad y señorío.  Pero ese deseo de su segunda venida no se expresa solamente en el sentimiento, en la apertura mental hacia ese acontecimiento futuro, sino que el deseo de la espera se expresa como responsabilidad en el presente.  En ese sentido, palabras claves del adviento son “velar”, “estar despierto”, “estar preparado”.  Hoy nos dice Jesús mismo en el evangelio:  Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento.  Así como un hombre se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada uno lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa.  El propósito de esta advertencia no es suscitar inquietud, angustia o desasosiego ante la incertidumbre del tiempo en que vendrá el Señor; el propósito de esta advertencia es suscitar responsabilidad, conciencia, laboriosidad ante la certeza de que este tiempo es pasajero y la venida de Cristo es cierta.  El dueño de la casa que debe regresar es él, Jesucristo, y él nos quiere encontrar bien ocupados en nuestros deberes, obligaciones y tareas temporales.  El hecho de que este tiempo sea pasajero, transitorio, fugaz no debe conducirnos a pensar que no tiene importancia ni valor.  En esta temporalidad transitoria configuramos nuestro destino eterno.

Ante la certeza de su venida y ante la conciencia del carácter efímero y pasajero del tiempo presente uno puede volverse holgazán, descuidado, perezoso.  No.  Esa actitud es equivocada.  El hecho de que este tiempo sea transitorio nos puede hacer creer que carece de importancia.  Son deducciones falsas.  Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta.  Y el modo de estar alerta ante la venida del Señor es estar ocupado responsablemente en el desempeño de nuestras tareas, trabajos, ocupaciones y misión de ahora.  Parece una contradicción, pero ese es el modo como se conectan el tiempo y la eternidad: a través de nuestra responsabilidad temporal.

Cuando san Pablo escribe a los corintios, les dice:  continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento; porque el testimonio que damos de Cristo ha sido confirmado en ustedes a tal grado, que no carecen de ningún don ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.  Pablo les manifiesta a los corintios cuán agradecido está con Dios que ha sido generoso en dotarlos con toda clase de cualidades, habilidades, capacidades para desempeñar sus tareas, labores y trabajos.  Pienso que Pablo no se refiere solo a cualidades al servicio interno de la comunidad eclesial.  Pablo se refiere también a las cualidades para el servicio mutuo en la sociedad, en la vida cotidiana.  Son las cualidades necesarias para formar y levantar una familia; son las habilidades necesarias para desempeñar el propio trabajo; son las destrezas necesarias para servir y construir la sociedad.  Y eso que escribió san Pablo a los corintios se aplica también a nosotros.  Cada uno de ustedes y todos ustedes poseen cualidades, artes, destrezas, habilidades, capacidades diversas con las que desempeñan trabajos, servicios, tareas con las que se construye la familia y la sociedad.  Sepamos que la calidad del desempeño tiene importancia para Dios.  Así construimos el pase a la eternidad.  Él, Jesucristo, los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento.  Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo y Dios es fiel.  Dios no nos deja abandonados a nuestras fuerzas para el cumplimiento de nuestras responsabilidades temporales.  Nos asiste con su gracia, nos sostiene con su presencia espiritual, nos alienta con su palabra.  Respondamos con empeño y cumpliendo a cabalidad nuestra tarea.  Es frecuente y es posible flaquear, desentendernos, olvidarnos de Dios. 

Por eso hoy la liturgia nos ofrece en la primera lectura una oración, para este tiempo de nuestra existencia temporal, mientras aguardamos la vuelta del Señor.  Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor.  Señor ¿por qué has permitido que nos alejáramos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?  Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus de tu heredad.  Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia.  Cuando el deseo de Dios se enfría, cuando la espera de Jesucristo se olvida, cuando perdemos toda referencia a las realidades que están más allá de este mundo, que son Dios y su reino, entonces nuestra responsabilidad también se debilita.  Nadie invocaba tu nombre, nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas.  Sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos.  Mantengamos viva esa referencia, ese deseo, esa búsqueda de Dios en medio de las actividades de cada día. 

Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos.  Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia.  Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en él.  Preparémonos, pues, para celebrar el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo según la carne, avivando en nosotros el deseo de su venida en la gloria.  Despertemos nuestra mente a sus palabras y nuestro corazón a su gracia.  Vivamos cada día con la mirada puesta en Jesús nuestro Salvador para realizar nuestras tareas cotidianas con responsabilidad y diligencia.  Ofrezcámosle las dificultades y luchas de cada día.  Arrepintámonos de nuestras faltas, reconozcamos nuestras debilidades y fallos, seguros de que el perdón de Dios nos acogerá.  Vivamos rectamente y que Jesús venga a nosotros con su juicio y su sanción cuando él disponga.  Estemos siempre preparados para recibirlo.

+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán