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DOMINGO DE CUARESMA

 

Los domingos de cuaresma la Iglesia nos propone siempre dos temas. En el evangelio nos presenta a Jesús en una de las escenas significativas de su vida y ministerio. Pero en la primera lectura nos recuerda algún episodio importante de la historia del pueblo de Israel. En este tercer domingo de cuaresma, hemos escuchado en el evangelio el relato de la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén y en la primera lectura la proclamación de los Diez Mandamientos de parte de Dios.

Reflexionemos primero sobre el relato del evangelio. Todos los evangelistas nos cuentan esta acción de Jesús. El evangelista san Juan la narra al principio del ministerio de Jesús; los otros evangelistas la ponen al final. Para el evangelista san Juan, en esa acción se reveló el significado de la misión de Jesús; para los otros evangelistas esa fue la causa de su condena y de su muerte en la cruz. Hoy hemos escuchado el relato según san Juan.

En la primera visita que Jesús realiza a la ciudad de Jerusalén, con ocasión de la fiesta de la pascua, acude al templo, como todo buen judío. En otra fiesta de pascua, Jesús será condenado a muerte. Desde muchos siglos antes, Dios había elegido la ciudad de Jerusalén como lugar donde se edificaría el único templo en el que el pueblo pudiera encontrarse con él y darle culto. Solo el templo de Jerusalén sería el lugar del encuentro de Dios con los hombres y de los hombres con Dios. Pero ahora llega Jesús, y desaloja con un látigo a todos los que suministraban los elementos necesarios para el culto: los vendedores de animales para los sacrificios, los que cambiaban monedas romanas y griegas por monedas judías para hacer las ofrendas de dinero. Las primeras palabras de Jesús dan a entender que él está enfadado porque el templo se ha convertido en un lugar de negocio: No conviertan en un mercado la casa de mi Padre. Pero la intención de Jesús va más allá. Cuando las autoridades le preguntan por qué ha actuado así, Jesús no da ninguna explicación en el sentido de que quiera purificar el Templo de los abusos que en él se cometen. Jesús explica que el culto del Templo se acabó. Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré. Y el evangelista explica: él hablaba del templo de su cuerpo. Su cuerpo resucitado será el nuevo lugar del encuentro de Dios con los hombres y de los hombres con Dios. Con esta acción indicó que el culto judío ya había cesado, ya no tenía valor para Dios. Recordemos que a Jesús lo acusaron de querer destruir el Templo.

La acusación es cierta hasta cierto punto. Las ceremonias del Templo de Jerusalén habían llegado a su fin. El autor de la Carta a los hebreos también transmitirá la misma enseñanza, diciendo que el sacerdocio del templo perdió vigencia y que el único verdadero sacerdote es Jesús. El signo del velo del templo que se rasga en dos cuando Jesús muere en la cruz significa también lo mismo. Y si el culto del Templo de Jerusalén se volvió inválido y caduco, ¡cuánto más el culto y las prácticas religiosas de las otras religiones y pueblos! No tiene sentido seguir practicando ritos y ceremonias heredados de los antiguos, cuando el mismo Jesús ha declarado caduco e inválido el culto del mismo templo de Jerusalén. El único culto válido es ahora el que Jesús mismo ofrece en la cruz y al que nosotros nos unimos por la fe y por la eucaristía y por la ofrenda de nuestra propia vida en obediencia y caridad. En este tiempo de cuaresma este relato nos urge a buscar a Jesús como nuestro templo, a unirnos a él, para ofrecer con él el único culto válido: el de nuestra fe y de nuestra caridad con el prójimo.

La primera lectura nos presenta un acontecimiento importante de la historia del éxodo de Egipto. Cuando los israelitas salieron de Egipto guiados por Moisés, fueron al encuentro con Dios en el monte Sinaí. Allí Dios les habló desde el fuego de la montaña. Según el libro del Éxodo, en el Sinaí Dios promulgó muchas leyes y preceptos. Todos se los dijo a Moisés y Moisés los anunció al pueblo. Menos los Diez Mandamientos. Todo el pueblo al pie de la montaña escuchó con sus oídos la voz de Dios que los proclamaba. Esa diferencia muestra la importancia de estos mandamientos. Tienen validez para siempre. Corresponden a la ley natural. Son válidos para todos los pueblos. Jesús derogó muchas leyes del Antiguo Testamento y abolió el culto en el Templo de Jerusalén, pero sostuvo la validez de los Diez Mandamientos. No solo eso. Nos enseñó a entenderlos y a cumplirlos en plenitud, no como requerimientos mínimos, sino como exigencias máximas.

Los Diez Mandamientos siguen siendo el resumen y la expresión más condensada de la voluntad de Dios para que tengamos vida y vivamos en justicia y verdad. Jesús nos enseñó, que aunque los mandamientos están escritos de forma negativa, hay que entenderlos en forma positiva. El mandamiento dice no matarás. Uno podría entender: “puedo hacerle cualquier daño a mi prójimo, menos matarlo, y todavía cumplo con el manda-miento.” Jesús dice: “Debes entenderlo en positivo”. Respeta la vida y la dignidad de tu prójimo, de modo que hasta un insulto o una mirada altanera es ya una ofensa. El manda-miento dice: no cometerás adulterio. Pero Jesús enseña: “respeta la integridad de la familia”, “vive en fidelidad a tu esposo, a tu esposa”, “gobierna tu sexualidad para humanizarla”, honra a tu padre y a tu madre. El mandamiento dice: No darás falso testimonio contra tu prójimo en el tribunal. Pero Jesús dice: “Di la verdad siempre, dentro y fuera del tribunal, de modo que no sean necesarios los juramentos. Así respetarás también la dignidad de tu prójimo”. El mandamiento dice: No robarás. Pero Jesús enseña: “trabaja para ganarte el pan de cada día”; “respeta la justicia en tus negocios con tu prójimo”; “administra los bienes que llamas propios con rectitud y solidaridad”. El mandamiento dice: No tendrás otros dioses fuera de mí. No harás mal uso del nombre del Señor. Jesús enseña: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. No dividas tu corazón y tu alma como si hubiera varios dioses y señores, pues solo hay uno, que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. A Él solo debes consagrarte por entero.

La ética, la moral, es parte integral de nuestro culto a Dios. A diferencia de otras religiones que se preocupan del ritual y de la ceremonia y creen que con esos ritos se sostiene el mundo y se alimentan los dioses, el judaísmo primero y el cristianismo después han enseñado que el ritual y la ceremonia tienen sentido y validez si son signo de una vida íntegra. Así como el sacrificio que nos salva es el que ofreció Jesús en la cruz, nuestro sacrificio agradable a Dios es el de nuestra obediencia para hacer el bien que construye y evitar el mal que nos destruye como personas y destruye también a nuestra familia y nuestra comunidad.

Hoy lo proclama san Pablo en la segunda lectura: Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Ni los milagros ni la sabiduría nos dan la victoria sobre la muerte y el pecado. Sólo Cristo crucificado abre para nosotros el camino hacia la vida eterna a través de su muerte y sólo su sangre derramada nos obtiene el perdón de los pecados, cuando nos hemos extraviado, para poder comenzar de nuevo. Él es el nuevo templo, el nuevo sacerdote y el nuevo sacrificio que nos da la vida eterna.

 
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