Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 2° de Cuaresma

 

Al inicio de la segunda semana de cuaresma, la liturgia nos presenta cada año el relato de la transfiguración de Jesús.  Es como el contrapeso al relato de la prueba a la que fue sometido Jesús; relato que escuchamos el domingo pasado.  También es una narración que anticipa la pascua, el término del camino cuaresmal.  Jesús que se transfigura ante sus discípulos y ante nosotros que escuchamos el relato, nos da un anticipo de la gloria de su resurrección. 

Curiosamente, ningún relato de las apariciones de Jesús resucitado lo muestra luminoso y radiante como éste, que cuenta un acontecimiento que ocurrió durante el tiempo que Jesús vivió en la tierra.  La transfiguración de Jesús revela y anticipa su resurrección.  La transfiguración hace transparente la divinidad oculta de Jesús.  Su cuerpo radiante y esplendoroso nos da a conocer la vocación de gloria a la que estamos llamados.

Me detengo para reflexionar sobre algunos detalles del relato.  Me fijo primero en la voz que escuchan los apóstoles que están con Jesús en la cumbre del monte.  Una nube envuelve a Jesús, a Moisés y Elías y a los mismos apóstoles.  La nube simboliza la presencia de Dios.  De la nube sale una voz: Este es mi hijo amado; escúchenlo.  Creo que toda la escena está encaminada a esta declaración que es como el centro del relato.  Dios reconoce en Jesús a su Hijo y nos ordena prestarle atención, escucharlo, obedecerlo.  Es el mensaje de Dios para nosotros ahora que la cuaresma está todavía en sus inicios.  Escuchar a Jesús es recibir sus enseñanzas, pero también acogerlo como referencia de vida.  Escuchamos a Jesús cuando entendemos nuestra vida a la luz de su persona.  De ese modo nos convertimos en discípulos suyos y crecemos en esa nueva identidad.

También nos fijamos en los personajes que aparecen con Jesús y conversan con él.  Son Moisés y Elías, los dos testigos gigantescos de Dios en el Antiguo Testamento.  Su aparición junto a Jesús es testimonio de que toda la historia del Antiguo Testamento encuentra su plenitud y realización en Jesucristo.  Hacia él se encaminaba la historia de Israel y la del mundo entero.  Pienso que podemos imaginarnos que junto a Moisés y Elías estarían también los fundadores y profetas de las grandes religiones del mundo para decir: “Hacia este hombre apuntaban nuestras búsquedas.”  En Cristo las aspiraciones religiosas de la humanidad encuentran satisfacción y término.  La humanidad entera, a través de sus religiones, caminaba a tientas en hacia la luz de la revelación de Dios en Jesucristo.  La luz de Cristo transfigurado es revelación auténtica del término de esas búsquedas.  Jesucristo suscita la fe que es capaz de motivar nuestra humanización más plena y de llevarnos a la santidad más consistente.

Finalmente me fijo en la propuesta de Pedro.  Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí!  Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.  Pedro quiere perpetuar en el presente lo que es un atisbo fugaz del futuro.  Pedro quiere saltarse la temporalidad de la existencia y pasar a la dicha de la eternidad.  Pero no sabe lo que dice.  No hay eternidad para el hombre que no se construya en el tiempo y en la historia.  Al cielo no se llega por saltos que evadan la realidad de este mundo, sino que al cielo se llega después de hacer en la tierra el camino de Jesús, el camino de la cruz.  Por eso también Jesús les impone silencio acerca de lo que han visto hasta después de que él haya resucitado.  Primero está el inevitable camino de la obediencia, de la misión, de la tarea que hay que cumplir.  Después llegará la gloria.  Y esto vale para Jesús y para nosotros.

La primera y la segunda lectura presentan otro tema.  En este segundo domingo leemos un episodio de la historia de los patriarcas.  En este caso es la historia del sacrificio de Isaac.  Es una historia dramática.  Pero en la actitud de Isaac, que se somete obediente al sacrificio de su vida, los cristianos han visto desde antiguo una prefiguración de Cristo que se ofrece en sacrificio por la salvación del mundo.

Abraham, el patriarca, no tiene hijos, aunque Dios le ha prometido que será padre de multitudes.  Finalmente y fuera de toda posibilidad humana, Sara, la esposa del patriarca, da a luz al prometido, Isaac.  Al cabo de varios años, cuando Isaac es ya un niño grande (yo me lo imagino de 15 o 16 años), Abraham recibe la orden divina de sacrificarlo a Dios.  Eran tiempos primitivos en que los sacrificios humanos eran todavía práctica religiosa común en aquellas tierras y culturas.  Abraham obedece la orden de Dios y hace los preparativos para ejecutar el plan aunque se le parte el corazón.  Sacrificar al hijo significa también renunciar a la prueba tangible de que el futuro que Dios le había prometido se cumpliría.  Pero Abraham renuncia a los cálculos humanos y a las pruebas tangibles y se fía de Dios y se confía a Dios.  Isaac, que se da cuenta de lo que pasa, asume para sí mismo la obediencia de su padre, y acepta ser sacrificado.  En el momento de la ejecución, Dios detiene la mano de Abraham y acepta su obediencia y su fe como el auténtico sacrificio agradable a Dios.

Para iluminar este relato, la Iglesia propone el pasaje de la Carta de san Pablo a los romanos.  Abraham en cierto modo ha anticipado y se ha convertido en figura del mismo Dios, el Padre misericordioso que ha sacrificado a su propio Hijo por la salvación del mundo.  El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?  La muerte de Cristo es manifestación del amor de Dios por nosotros y de la seguridad de que no será Dios quien obstaculice nuestra salvación.  Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?  Esa es la confianza que suscita nuestra conversión.  La mano tendida de Dios hace posible que nos levantemos y caminemos.  El amor de Dios por nosotros manifestado en la vida y la muerte de Jesús es el acontecimiento que da a nuestra vida el horizonte que permite descubrir su sentido consistente y duradero.  El amor de Dios nos muestra de dónde venimos y hacia dónde vamos y cómo debemos hacer el camino.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA