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Domingo 1° de Cuaresma

 

El evangelio del primer domingo de cuaresma es siempre un relato de las tentaciones de Jesús en el desierto.  La narración de san Marcos que acabamos de escuchar es escueta, es breve.  El Espíritu que Jesús ha recibido en el bautismo, lo impulsa a adentrarse en el desierto, lugar donde Israel fue probado también en su fidelidad.  Allí permanece cuarenta días, lapso de tiempo necesario para que un proyecto se realice a cabalidad.  El evangelista no dice que ayunara durante ese tiempo, sino que Satanás lo tentaba, lo ponía a prueba, durante el tiempo que allí estuvo.  Parece que es algo que se prolonga durante todo el tiempo de cuarenta días.  Por lo tanto fue una prueba cabal, plena, radical.  Como Satanás es el adversario de Dios, se puede suponer que Satanás trataba de desviar a Jesús de su misión, que acababa de recibir en el bautismo con el don del Espíritu.  El evangelista no nos dice por qué medios Satanás puso a prueba a Jesús.  Pero él salió victorioso de la prueba, pues de inmediato comenzó a anunciar el evangelio del Reino.  Si lo que pretendía Satanás era desviarlo de su propósito, evidentemente no lo logró. 

En contraste con la prueba que llevaba a cabo Satanás, y mientras duraba esa prueba, Jesús convivía con los animales salvajes, que habrían perdido su ferocidad y agresividad y los ángeles lo servían.  El desierto se convierte en el paraíso restaurado y Jesús parece un nuevo Adán.  Mientras el primer Adán sucumbió ante las insidias de la serpiente, Jesús obedece a Dios a pesar de las pruebas de Satanás.  Jesús da inicio a una nueva humanidad, es el Hijo de Dios capaz de hacernos hijos de Dios a quienes ponemos nuestra fe en él.

Con este relato, la liturgia cuaresmal pone ante nuestros ojos la figura de Jesús. Él es el camino de nuestra salvación.  Cuaresma es tiempo para conocer mejor a Jesús, para amarlo más, para escucharlo y seguirlo en el camino de la cruz para alcanzar la resurrección.  Satanás que es también nuestro adversario ha sido vencido por Jesús, y unidos a Jesús nosotros podemos apropiarnos y beneficiarnos de su victoria.  Pero hay mucha gente que juega con el Maligno, que se interna en el mundo de las sombras, que recurre a supuestos poderes al margen de Dios para obtener la salud, la suerte, la ganancia en un negocio, un beneficio.  Pero esos poderes al margen de Dios son satánicos.  Después esas mismas personas viven angustiadas, oyen y ven cosas, se sienten prisioneras de fuerzas que las dominan, y vienen a pedir liberación.  Hay que elegir entre las tinieblas y la luz, entre la cautividad y la libertad, entre la brujería y la fe.  El camino de la luz, de la libertad y de la fe es el camino de Jesús.  Un primer pensamiento al inicio de la cuaresma es ese: Jesús es el centro de nuestra fe, el único que nos salva y nos libera, el único que nos da la vida que viene de Dios.  Aunque esta vida es muy bonita y hermosa, no es la definitiva.

Los domingos de cuaresma, la Iglesia también nos propone en la primera lectura la meditación de un acontecimiento del Antiguo Testamento y en la segunda lectura un pasaje del Nuevo Testamento que se hace eco de ese acontecimiento.  En el primer domingo de cuaresma se trata siempre de un episodio de la historia de los orígenes de la humanidad.  En este año hemos escuchado la parte final del relato del diluvio universal.  El relato del diluvio es una historia dramática.  Dios se arrepiente de haber creado el mundo y a la humanidad, a causa de la maldad y perversidad que hay en ella y decide destruirla.  Uno puede pensar que Dios podría arrepentirse también hoy, pues nos parece que la perversidad humana es hoy mayor que la de antaño.  En aquella ocasión Dios ejecutó su plan de “borrón y cuenta nueva”, y comenzó de nuevo con Noé.  Un aguacero descomunal causó una inundación universal.  Sólo se salvó un hombre justo, Noé, junto con su familia y los animales que salvó con él en una gran barca.  Pero al final Dios mismo se convenció de que desde su juventud la inclinación del corazón humano es perversa (Gn 8,21)Aunque Dios hizo al hombre bueno, su libertad lo ha inclinado al mal.  La Biblia no cree que sea la civilización la que corrompe al hombre y que mientras más primitiva sea la forma de vida humana, más inocente y bueno es el hombre.  Esa idea tan extendida hoy es un invento de los filósofos del siglo XVIII que hablaban del “salvaje inocente”.  El hombre es pecador, no por naturaleza, porque entonces jamás podría llegar a ser santo y seguir siendo hombre.  El hombre es pecador por inclinación, por historia, porque se deja corromper por el Maligno.  Dios por eso se hizo a sí mismo una promesa: jamás volveré a castigar a los seres vivientes como lo he hecho (Gn 8,21).  Dios decidió otro camino con nosotros.  El camino de la persuasión, de la instrucción que conduce a la conversión del corazón.  La paciencia de Dios es su indulgencia con nosotros para darnos tiempo a convertirnos. 

Dios hizo una alianza con la humanidad, y se dio a sí mismo un recuerdo.  Puso el arco iris en el cielo para acordarse de su misericordia, de su paciencia con la humanidad pecadora.  Pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra, y cuando yo cubra de nubes la tierra, aparecerá el arco iris y me acordaré de mi alianza con ustedes y con todo ser viviente.  No volverán las aguas del diluvio a destruir la tierra.  A decir verdad Dios se ha dado otro recordatorio.  El arco iris de nuestra salvación es Cristo crucificado por amor hacia nosotros.  Mientras que nosotros al ver al Crucificado nos acordamos de cuán grande es el amor que Dios nos tiene, Dios al ver a su Hijo crucificado se acuerda de su misericordia para perdonarnos.  Ese es también un pensamiento cuaresmal.

Para acompañar la lectura del Génesis, la Iglesia nos propone el pasaje de la Primera carta de san Pedro, en la que recuerda que el agua del diluvio que destruyó a la humanidad, también sirvió para salvar a Noé y a los animales que había en el arca.  Hoy esa agua tiene para nosotros poder salvador del pecado.  Es el agua del bautismo, que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios.  Este poder del agua bautismal se debe a la muerte y resurrección de Cristo.  Él murió una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios.  Murió en su cuerpo y resucitó glorificado.  Fijemos pues nuestra mirada en Jesús, sigámoslo, escuchémoslo, hagámosle caso a sus palabras y así viviremos esta cuaresma de modo que demos frutos de santidad.

 
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