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Domingo 6° Ordinario

El evangelio nos relata hoy la curación de un hombre afectado por una impureza corporal. En tiempos del Antiguo Testamento y todavía en tiempos de Jesús, algunas afec­ciones de la piel, que para nosotros son simples enfermedades, tenían una dimensión reli­giosa. La Biblia las llama “lepra”, pero como ya se ha dicho muchísimas veces, esas afec­ciones no tenían que ver con la enfermedad que nosotros hoy llamamos con ese nombre. En tiempos del Antiguo Testamento, esas afecciones cutáneas eran el signo visible de la incapacidad humana de acercarse a Dios. Quien las sufría no podía participar en el culto, en la liturgia del Templo. Por eso un sacerdote, no un médico, era el que diagnosticaba y declaraba la impureza y la rehabilitación.

Pero, ¿quién es digno, quién tiene derecho de acercarse a Dios si Dios no se acerca a nosotros? ¿No somos todos leprosos en ese sentido? ¿Quién puede tener la osadía de avanzar por propio derecho hasta Dios? Si nos planteamos la lectura de este pasaje evan­gélico desde estas preguntas, vemos enseguida que de lo que se trata es de un problema religioso fundamental, que también nos afecta a nosotros. No estamos ante un episodio ingenuo fruto de la ignorancia médica de aquel tiempo. Estamos ante un problema reli­gioso básico. Dios es Dios, que está muy por encima de nosotros. Hay una desproporción total entre el Creador y nosotros sus creaturas. Dios es el Santo por antonomasia. Y no­sotros somos pecadores, incapaces de estar en su presencia por nosotros mismos. También nosotros somos leprosos. Porque de lo que se trata es del problema de cómo acercarnos al Dios que nuestro corazón desea y busca. Somos criaturas salidas de las manos de Dios, pero muy pequeñas como para pretender acceder a la vida con Dios. Si a esa desproporción entre nosotros y Dios añadimos el hecho de que por nuestros pecados hemos agravado la distancia con el Dios santo, ¿quién podrá acercarse a Dios, si Dios no se acerca a nosotros?

El hombre que se acerca a Jesús no sufre una enfermedad, sufre una exclusión, es consciente de la impureza que le impide acercarse al Templo. Está lejos de Dios. En verdad también estaba lejos de la comunidad y la convivencia humana. Él piensa que Jesús lo puede rehabilitar y se acerca a él suplicándole de rodillas. Eso ya era una osadía, pues el leproso no podía acercarse a ninguna otra persona, debía mantenerse a distancia y la gente huía de la proximidad de los leprosos. Jesús sin embargo deja que el hombre se le acerque, le hable, y Jesús incluso llegará a tocarlo con sus propias manos. El hombre le suplica a Jesús: Si tú quieres, puedes curarme. Si tú quieres, puedes rehabilitarme, puedes devolverme la dignidad para acercarme a Dios y reintegrarme a la comunidad. Jesús se conmueve, se compadece, lo toca y declara: Sí quiero. ¡Sana! Inmediatamente el hombre quedó limpio.

La primera reflexión que podemos sacar de este evangelio es que nos hemos olvi­dado de la santidad y de la majestad de Dios, de tal modo que hemos perdido la capacidad


de ver nuestra pequeñez e insuficiencia para acercarnos a él. Vemos el acceso a Dios y a las cosas santas casi como un derecho y no como una gracia. El derecho de comulgar, el derecho de recibir los sacramentos. Esas cosas son un derecho en la medida en que seamos conscientes de que son primero una gracia. Debemos recuperar la capacidad de adoración y de asombro ante El Santo.

En segundo lugar, el pasaje también nos hace conscientes de que es Jesús el único que nos puede limpiar, el único que nos puede habilitar. Nos acercamos a Dios en Jesús. Dios se ha acercado a nosotros en Jesús, quien nos toca con el don de su Espíritu y nos santifica y así nos habilita para estar en la presencia de Dios. Jesús nos hace dignos de estar en la presencia de Dios. Nuestra dignidad para acceder a Dios es recibida, no es innata ni congénita.   Y por eso es siempre una gracia.

El evangelista hace un comentario final. A pesar de la prohibición de Jesús al le­proso curado, de que no contara a nadie lo sucedido, aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se que­daba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes. El evangelista no da muchas explicaciones, pero da la impresión de que Jesús asume sobre sí la impureza del leproso curado, de modo que ahora es Jesús el que no puede entrar en lugar habitado, y debe permanecer en lugares solitarios. Jesús, en efecto, fue acusado de blasfemo y de impuro.   Pero como dice el canto de Isaías: sus heridas nos han curado.

Añado una tercera reflexión, que no surge de las lecturas, sino del hecho de que este es el último domingo del tiempo ordinario antes de la cuaresma. Dentro de cuatro días será el Miércoles de Ceniza. Iniciamos el itinerario cuaresmal hacia la pascua. Es un camino de purificación, de crecimiento en caridad y santidad. La Conferencia Episcopal de Gua­temala acaba de concluir su asamblea anual. Al término de esa asamblea ha publicado una exhortación, un mensaje para todos. Es un mensaje dirigido a los creyentes, especialmente católicos, para urgirnos a asumir nuestra responsabilidad moral, especialmente en el ámbito de las realidades políticas, sociales, económicas. Ante la tentación de reducir la fe a cono­cimiento teológico o a culto desconectado del entorno, los obispos urgimos con especial vehemencia a los creyentes, si lo son de verdad, a tomar conciencia de las implicaciones sociales de la fe. El país se deshace, porque sus ciudadanos, gobernantes y gobernados, aunque nos llamamos creyentes, actuamos en las realidades temporales al margen de la moral y del sentido que dimana de la fe. En las puertas de la cuaresma es tiempo de cam­biar.

Tener fe significa ponernos a nosotros mismos en la dinámica de la propuesta de vida que nos hace Jesús. Por lo tanto, la fe, cuando se asume con integridad y responsabi­lidad, abarca y afecta todas las dimensiones de la existencia humana, las personales y las sociales.   La fe cristiana no se ha reducido jamás a un culto o a un rito, aunque tiene culto y tiene ritos. Tampoco se ha limitado a ser una propuesta moral, aunque tiene consecuen­cias morales. Ni se ha concebido como un asunto privado y personal, sino que tiene con­secuencias públicas y sociales. Puesto que el Evangelio de Jesús es fuente de sentido para la existencia humana, nada de lo humano es ajeno a la propuesta de fe, ni el creyente cris­tiano cabal reduce su fe a las prácticas religiosas.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha desarrollado y profundizado su comprensión de la fe y de sus implicaciones. La doctrina explica el significado y contenido de la fe. La liturgia realiza y comunica la salvación de Dios a la vez que es el medio con que el creyente da gloria y honor a Dios. La moral esclarece y promueve la conducta que corresponde a la dignidad humana. La moral no se limita a los aspectos más íntimos o personales, sino que abarca todos los ámbitos donde una persona actúa: la familia, el trabajo, el orden social y político, el mercado y las finanzas, la ciencia y la tecnología, la educación, los medios de comunicación social y la cultura. En todos estos ámbitos se juega el sentido de la vida humana, y por eso la fe y la moral tienen una palabra y el creyente, una responsabilidad. De allí el llamado de los obispos a proyectar la fuerza de la fe en la renovación moral de la sociedad. La fe debe actuar y proyectarse a través de la caridad. Que este inicio de la cuaresma nos motive a todos a esta conversión moral, también en el ámbito de la vida comunitaria, social, laboral.

 

 

 
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