Horario Parroquial

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Domingo 4° Ordinario

El relato evangélico que acabamos de escuchar corresponde al primer milagro que realiza Jesús en el evangelio según san Marcos.  Es el relato que san Marcos ha elegido para presentar a Jesús en acción.  Jesús se ha trasladado a Galilea y ha comenzado a anunciar que el Reino está cerca y que por eso es necesario convertirse y creer en el Evangelio.  Luego ha llamado a sus primeros discípulos para que le sigan.  Y así llega a Cafarnaúm.  El sábado entra en la sinagoga y se pone a enseñar a la gente presente.  El evangelista no nos transmite las palabras o la enseñanza de Jesús.  Pero sí nos cuenta la reacción de la gente: Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Llama la atención la frecuencia con que los evangelistas dicen que Jesús entró en una sinagoga y que allí se puso a enseñar.  La sinagoga era el lugar donde los judíos daban culto a Dios por medio de la lectura y la meditación de la Palabra de Dios escrita.  Allí los escribas, gente entendida en la Sagrada Escritura, explicaban su contenido e instruían en la fe.  La gente se quedó sorprendida ante Jesús, porque su enseñanza no era como la de los escribas.  Tiene autoridad.  Posiblemente con esa frase el evangelista quiere decir que el contenido de la enseñanza de Jesús no se basaba en la explicación de la Sagrada Escritura, sino que era una enseñanza que él proponía desde sí mismo, como un mensaje de parte de Dios, pero también puede significar que Jesús con su palabra transformaba a las personas.

Por eso, como ejemplo de la enseñanza de Jesús, el evangelista relata la expulsión de un espíritu inmundo.  De hecho, el comentario de la gente después de la expulsión del demonio es este: ¿Qué nueva doctrina es ésta?  Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen.  Pareciera que la enseñanza de Jesús no sea tanto una exposición doctrinal sino el ejercicio de un poder liberador.  Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo.  ¿Qué le pasaba a este hombre? 

Llama la atención que en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, Jesús con frecuencia expulsa demonios y espíritus de gente poseída por ellos, mientras que en el evangelio según san Juan, el evangelista no narra ni un solo episodio de este género y san Pablo tampoco cuenta en sus cartas que él expulsara demonios.  El demonio existe.  El Nuevo Testamento da amplio testimonio de la actividad del demonio.  Sin embargo, sólo en los escritos de Mateo, Marcos, Lucas y Hechos encontramos relatos de expulsión de demonios.  ¿Quién es el demonio en la Biblia?  El demonio es un personaje, enemigo de Dios, cuya función es impedir que se realice el plan de salvación de Dios hacia los hombres.  Es la fuerza del mal que busca apoderarse del hombre y lo aleja de Dios y de su plan de salvación.  En el evangelio de hoy el demonio se manifiesta en su actitud desafiante hacia Jesús.  Lo reconoce por su nombre.  Jesús de Nazaret, ya sé quién eres, el Santo de Dios.  ¿Has venido a acabar con nosotros?  El signo más patente de la presencia del demonio no son las convulsiones y el enajenamiento como nos lo muestran las películas.  El signo más patente de la posesión demoníaca es la perversión moral: la oposición a Dios, la violencia, la crueldad, la deshumanización, la perversidad, la arrogancia y el cinismo para hacer el mal.  Hay gente tenebrosa, poseída por el mal.  Jesús ha venido a liberarlas de ese mal en grado sumo.  Jesús también nos libra de las avanzadas del mal, que son los pecados graves y los cotidianos.  Jesús expulsa el demonio hoy día por la fuerza del bautismo, por el poder del perdón sacramental, por la oración para pedir la conversión de las personas.

Con su actuación en la sinagoga, Jesús se mostró como el hombre capaz de devolver al hombre la libertad para buscar y encontrar a Dios.  Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen, decía la gente.  Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.  Jesús es el profeta que Moisés había prometido.  El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo.  A él lo escucharán.  Por eso nosotros ponemos en él nuestra fe y nuestra confianza.  Él nos da la libertad, nos devuelve la dignidad, nos llena de esperanza, nos colma de alegría.

Seguirlo, imitarlo, ser su discípulo es nuestra salvación.  Hoy san Pablo propone en la segunda lectura un modo muy especial de seguir a Jesús.  Él propone un camino de especial dedicación y consagración al Señor: la vida en el celibato.  Tanto a hombres como a mujeres les propone la renuncia al matrimonio, no para quedarse solterón, sino para poder dedicarse plenamente al Señor.  El hombre soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle.  En la misma forma, la mujer que ya no tiene marido y la soltera se preocupan de las cosas del Señor y se pueden dedicar a él en cuerpo y alma.  No que el matrimonio sea malo, pues es una institución divina; pero pertenece a este mundo.  El que se casa debe preocuparse de cómo agradar a su esposa, a su esposo, y tiene dividido el corazón, dice san Pablo.  El apóstol es muy consciente de que esta propuesta supone una exigencia ardua.  Por eso advierte: Se lo digo, no para ponerles una trampa.  Jesús había dicho que sólo algunos son llamados a este estilo de vida.  Pero para Pablo es una opción que merece la consideración: Se lo digo, para que puedan vivir constantemente y sin distracciones en presencia del Señor, tal como conviene.

Pues bien, esta recomendación de san Pablo, que en realidad se remonta al mismo Jesús, ha sido acogida por hombres y mujeres, desde el inicio del evangelio hasta el día de hoy, como una opción de vida válida para alcanzar la santidad y para estar más disponibles para el servicio del Señor.  De hecho la Iglesia elige para sacerdotes a los hombres que quieren consagrarse al Señor por medio del celibato.  A esta llamada a la vida en el celibato muy pronto se añadieron otros dos consejos evangélicos: la obediencia y la pobreza.  Así surgieron las diversas formas de vida consagrada que se han dado en la Iglesia.  Primero fueron las vírgenes consagradas muchas de las cuales murieron mártires en las persecuciones de los primeros siglos; luego vinieron los ermitaños que se retiraron a las soledades del desierto.  A continuación aparecieron las múltiples formas de vida monástica masculina y femenina.  Después, las llamadas órdenes mendicantes dedicadas a la predicación y a la reforma de la Iglesia.  Luego las diversas formas de vida religiosa al servicio de la evangelización, las misiones y al servicio de la caridad en la educación y el cuidado de enfermos, prisioneros, migrantes y necesitados.  Últimamente este estilo de vida consagrada a Dios se da en los diversos institutos seculares.  Son personas que viven en medio de la sociedad, en sus casas y en su trabajo, no utilizan ningún distintivo externo, pero viven en celibato con la mente y el corazón puesto en Dios. 

El día 2 de febrero, en que celebramos la fiesta de la Presentación del Señor Jesús en el templo de Jerusalén, la Iglesia da gracias a Dios por las diversas formas de vida consagrada.  Para facilitar la participación de los y las consagradas en la misa, hemos anticipado al día de hoy esta celebración de mañana.  Así como Jesús fue presentado en el templo para consagrarse a Dios, así también los miembros de los institutos de vida consagrada han ofrecido sus vidas al Señor.  En el día de hoy damos gracias a Dios por este don a su Iglesia, oramos para que quienes son parte de la vida consagrada vivan su consagración cada día con mayor fidelidad y alegría.  Y pedimos al Señor que suscite en muchos jóvenes, ellos y ellas, el deseo de asumir esta propuesta de vida de especial dedicación a Dios.

 
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