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Domingo 2° Ordinario

El evangelio de hoy nos trae el relato de la vocación de los primeros tres discípulos de Jesús, en la versión del evangelista san Juan.  Según esta versión, Juan el Bautista encamina y enseña a dos de sus propios discípulos a seguir a Jesús.  Juan ve a Jesús que pasa, y con total desprendimiento dice a sus seguidores que ese es el Cordero de Dios.  Los dos discípulos al oír estas palabras siguieron a Jesús. 

Uno de esos dos era Andrés.  El evangelista nunca nos dice el nombre del otro; suponemos que es Juan, el discípulo amado por Jesús, el autor del evangelio, que evita siempre identificarse con nombre propio.  En esta escena llama la atención el desprendimiento de Juan el Bautista, que reconoce que es Jesús a quien sus propios discípulos deben seguir y no a él.  Juan el Bautista es así modelo de todo pastor en la Iglesia.  No somos seguidores de ningún maestro humano, sino de Jesús.  Todo catequista, todo ministro de la Iglesia, todo testigo del Evangelio no se hace a sí mismo la persona de referencia, sino que remite siempre a Jesús.  Él es el enviado de Dios.

Algo semejante ocurre en el relato del libro de Samuel que la Iglesia ha elegido para acompañar este evangelio como primera lectura.  El niño Samuel todavía no conoce la voz de Dios, no ha aprendido el trato con Dios.  Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada.  Está al servicio del sacerdote Elí en el templo de Silo.  Samuel oye de noche una voz que lo llama por su nombre.  Despierta del sueño y corre a donde Elí, pensando que es él quien lo llama.  Pero no es así.  A la tercera vez, el anciano sacerdote Elí comprende que se trata de la voz de Dios, e instruye a Samuel para que responda directamente a la voz: Habla, Señor; tu siervo escucha.  Elí enseña a Samuel a tener trato con Dios.  Elí no hace de su persona el centro de referencias; no teme desprenderse de su niño siervo, que pasará ahora a ser el siervo y profeta de Dios.  Elí desaparece para que Samuel centre su oído, su mirada y su corazón solo en Dios.

Aquí hay una enseñanza para los que tenemos la responsabilidad de enseñar a otros los caminos de Dios y también para los que buscan los consejos del ministro de la Iglesia para aprender los caminos de Dios.  La gran tentación de quienes tenemos la responsabilidad de conducir a otros hacia Dios es la de convertirnos en centro de referencia.  El respeto, la veneración, el cariño y la admiración que podemos despertar en quienes nos piden consejo allanan el camino para que los convirtamos en seguidores de nosotros mismos.  Pero por otra parte, los que buscan maestros en los caminos de la fe pueden fácilmente caer en la tentación de sacralizar a las personas, y de convertirse en seguidores de hombres en vez de llegar a ser seguidores de Dios.

Pero también hay otra enseñanza.  Necesitamos con frecuencia la mediación de otros para aprender a conocer a Jesús y a tratar con Dios.  Andrés, después de que conoció a Jesús, fue él mismo el mediador para que su hermano Simón conociera a Jesús.  Le anunció primero: Hemos encontrado al Mesías.  Y después lo llevó a donde estaba Jesús.  Así se extiende la fe en la Iglesia.  Unos anunciamos a otros la experiencia del encuentro con Jesús.  La Iglesia nos urge para que también hoy, a través de la experiencia que cada uno tiene de haberse encontrado con Jesús, conduzcamos a otros, al amigo, al vecino, al compañero, para que también ellos conozcan a Jesús y se encuentren con él.  Es así como nos convertimos en discípulos misioneros de Jesús.

Los dos primeros discípulos, cuando se desprendieron de Juan el Bautista, comenzaron a caminar detrás de Jesús, con respeto, con expectativa.  Hasta que Jesús se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?”.  Ellos le contestaron “¿Dónde vives, Rabí?”  En aquel tiempo eso significaba: “Queremos aprender de ti, queremos que nos enseñes, queremos vivir contigo y como tú”.  Jesús los invita.  Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él.  Al autor del evangelio no se le olvidó el momento.  Eran como las cuatro de la tarde.  Así es.  El encuentro con Jesús deja una marca en nuestra vida.  Algunos recuerdan que fue durante un retiro, o durante una celebración litúrgica, o durante un momento especial de oración, o durante la lectura de un pasaje del evangelio.  Pero fue un momento especial cuando comprendimos que la vida personal tendría sentido sólo en unión con Jesús.  A Simón le cambió la vida de tal modo, que Jesús hasta le puso un nombre nuevo.  Tú te llamarás Kefás.  Pero el discipulado no es cosa solo de aprender doctrina y enseñanzas, sino de aprender el modo de vida.  Los discípulos se quedaron con Jesús para vivir con él y así aprender de él. 

Puede resultar incongruente que junto a estas dos lecturas, la Iglesia nos proponga hoy ese pasaje de la primera carta a los Corintios que hemos escuchado como segunda lectura.  Es un pasaje en el que Pablo reprueba la fornicación como una conducta incompatible con la existencia cristiana.  Sin embargo, este pasaje va más allá de la censura a la fornicación; nos da algunas intuiciones acerca del valor del cuerpo en la existencia cristiana.  El seguimiento de Jesús no es algo meramente espiritual o interior, sino que abarca toda la persona, en todas sus dimensiones, incluyendo el cuerpo y la sexualidad.  El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo.  Con la palabra “cuerpo” san Pablo se refiere a la exterioridad visible y palpable del ser humano.  Gracias al cuerpo nos situamos en el espacio, gracias al cuerpo vivimos en el tiempo.  El cuerpo es parte integral de la persona y por lo tanto el cuerpo y la sexualidad que lo caracteriza entran en la cuenta de la existencia cristiana.

Nos ha tocado vivir en tiempos de trivialización de la sexualidad humana hasta convertirla en juego y pasatiempo.  Vivimos en tiempos de una deshumanización de la sexualidad al desvincularla de las dimensiones más nobles de la existencia, de la espiritualidad, de la estética y de la búsqueda de sentido.  Vivimos en tiempos de una erotización general de la cultura, en donde hasta para promover comercialmente una bebida o un detergente se recurre a alusiones sexuales y eróticas. 

La vocación cristiana, el seguimiento de Jesús, también condiciona el modo como asumimos y vivimos nuestra sexualidad.  En primer lugar, porque la sexualidad es parte integral de la persona, estructura fundamental de la personalidad, y como tal debe quedar también implicada en nuestras opciones de fe.  ¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes?  No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro.  Glorifiquen, pues a Dios, con el cuerpo.  Eso significa que debemos aprender a gobernar nuestra dimensión corporal y sexual para que contribuya a hacernos personas más maduras, más dueñas de nosotros mismos, y más libres para servir a Dios.  Una homilía no es suficiente para explicar cómo es eso, pero una homilía sí sirve para llamarnos la atención a la importancia de esa dimensión de nuestra existencia.  El erotismo y una sexualidad sin freno ni rienda esclavizan y deshumanizan.  La castidad, que es el gobierno de la propia sexualidad para ponerla al servicio de la propia humanización y del seguimiento de Jesús, es una componente de la vocación cristiana incluso dentro del matrimonio.  En el matrimonio la sexualidad humana y rectamente asumida se convierte en medio de la propia santificación, de la colaboración con Dios en la creación de la vida y en expresión de la mutua entrega de los esposos.  En la vida consagrada, la sexualidad consagrada a Dios es vehículo que expresa la total entrega a Dios y plena disponibilidad al servicio del prójimo.

Oremos en este día para que cada día podamos renovar nuestro encuentro inicial con el Señor, vivamos en la casa de Jesús y aprendamos de él para ser discípulos suyos.

 
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