Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 4° de Adviento

 

El cuarto domingo de adviento cae este año a pocos días de la Navidad.  Las lecturas de la misa ya no están elegidas en función de esperanza en la segunda venida del Señor, sino que se concentran en la persona de Jesús y los acontecimientos que rodearon su nacimiento.  Es más, las lecturas son una invitación a renovar nuestra profesión de fe en Jesús, puesto que nos hablan de su identidad, de su historia, de su misión.

La primera lectura de hoy es el oráculo mesiánico de Natán.  Esa lectura nos lleva hasta los tiempos del rey David, unos mil años antes del nacimiento de Jesús.  David quería construirle un templo a Dios; quizá hasta pudo pensar que de esa manera él, David, se convertiría en el protector de Dios.  Pero esa es una pretensión blasfema.  Ningún ser humano puede ser el protector de Dios.  Por eso Dios rechaza con fuerza la idea.  ¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que yo habite en ella?  No es David el protector de Dios, sino Dios el protector de David.  Yo, el Señor, te hago saber que te daré una dinastía, yo te daré una casa.  Tu casa y tu reino permanecerán siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente.  Esa promesa de Dios creó un futuro, sostuvo al pueblo de Israel durante siglos.  En los momentos de crisis, cuando parecía que toda esperanza perecía, la promesa de Dios mantuvo la llama en los que creyeron y confiaron.  Cuando ya no había reyes descendientes de David que reinaran sobre Israel, esa promesa se mantuvo.  Dios enviaría al hijo de David, a su Ungido, a su Cristo, como Salvador.  Con esa esperanza entronca el arcángel Gabriel cuando le anuncia a María que el hijo que va a engendrar será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin.  En Jesús se cumple la promesa de Dios.

La esperanza mesiánica de Israel, que se forjó bajo el influjo de esa promesa, es también una enseñanza para nosotros.  Esa esperanza se apoya en la palabra de Dios y nos enseña a poner en él nuestra fuerza.  Nuestro Dios sigue siendo el Dios de promesas.  Jesucristo vendrá al final de los tiempos; la plenitud de la salvación será una realidad después de la muerte; Dios crea para nosotros un futuro.  Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar Dios ha preparado para los que lo aman (cf. 1Cor 2,9).   Vivir de las promesas de Dios nos convierte en hombres y mujeres de fe.  Y por eso estamos agradecidos.  La segunda lectura de hoy es una exclamación de alabanza a Dios.  Al Dios único, infinitamente sabio, démosle gloria, por Jesucristo, para siempre.  ¿Por qué?  Porque su designio y plan de salvación ocultado durante siglos, en Cristo se ha hecho patente y manifiesto.  Dios quiere atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe.  Fuera los miedos, los temores, la angustia acerca del futuro.  El futuro está en manos del Dios que nos ama, que hace promesas y las cumple.  El mundo, la historia y el tiempo no son accidentes del azar, sino fruto del designio amoroso de Dios.

En el pasaje del evangelio tan conocido, el diálogo entre el arcángel Gabriel y la virgen María es toda una catequesis acerca de la persona de Jesús, acerca de su identidad y de su misión.  Para comenzar el ángel saluda a María con una expresión insólita.  La llama llena de gracia.  Podríamos decir también: totalmente favorecida.  María es la agraciada, la favorecida en plenitud porque Dios se ha fijado en ella para una misión.  Pero esa palabra se puede ampliar hasta abarcarnos también a nosotros.  Toda la obra de Dios hacia nosotros es gracia, es favor, es regalo, es don.  No nos hemos ganado el favor de Dios; al contrario, el favor gratuito de Dios nos ha elegido, a María para ser la Madre de Dios, a nosotros para ser hijos de Dios en la Iglesia.  Has hallado gracia ante Dios, vuelve a repetir el ángel con otras palabras.  Dios se ha fijado en ti para la misión de concebir y dar a luz un hijo, que será el hijo de David prometido.  Dios te ha elegido para una misión, y la elección de Dios es siempre gracia.  Es verdad que ninguno de nosotros ha sido llamado para la misión tan especial y única a la que fue llamada la Virgen María, ninguno de nosotros ha sido agraciado como lo fue la Virgen María desde el inicio de su existencia, pero Dios se ha fijado en cada uno de nosotros y nos ha llamado para ser sus hijos.  Nuestra existencia misma es una gracia de Dios. Vivimos porque hemos hallado gracia ante Dios.

María se ofusca pues no entiende cómo puede concebir y dar a luz un hijo si en ese momento permanece virgen.  La respuesta del ángel nos explica la identidad de Jesús.  Él no nacerá de la carne ni de la voluntad humana, sino que será obra toda de Dios.  La concepción de Jesús es obra soberana de Dios por encima de las decisiones humanas.  El Hijo de Dios se hará hombre cuando, donde y como Dios quiera.  La concepción virginal de Jesús nos habla de la soberanía de Dios para traer la salvación.  Nos habla también de la identidad de Jesús.  Su identidad no se agota en la de su madre o de su padre humano si lo tuviera.  La identidad de Jesús se remonta al mismo Dios.  Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios.  Será también hijo de María y hasta lo conocerán sus paisanos como hijo de José, pero su identidad radical y medular es la de ser Hijo de Dios.  La concepción virginal de Jesús es una afirmación de su origen y de su identidad divina.  Por eso el ángel le da a María una prueba más del poder de Dios. Su parienta Isabel, llamada estéril, ha concebido un hijo.  Porque no hay nada imposible para Dios.

María responde y asiente con unas palabras que manifiestan una actitud de vida: Yo soy la esclava del Señor.  Cúmplase en mí lo que me has dicho.  Esas palabras expresan la máxima docilidad y disponibilidad para entrar en los planes de Dios, aunque no los entienda del todo.  Esas palabras expresan la máxima confianza en Dios, la máxima obediencia, la máxima humildad.  Esas palabras las pronunció la Virgen María, pero son eco de otra palabra que pronunció primero el Hijo ante el Padre desde toda la eternidad.  Como dice la carta a los Hebreos, al entrar en este mundo, dice Cristo: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.  Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios (Hb 5.7.10).  El Hijo de Dios, obediente al designio de amor y salvación del Padre, se hace hombre en una mujer que vive de la misma actitud de obediencia y docilidad.  Ambos nos enseñan, nos motivan, nos sostienen para vivir también nosotros de la misma docilidad y humildad.  La espiritualidad de la Navidad nos invita a esa actitud de obediencia a Dios como respuesta a la gracia con la que Dios mismo se inclina hacia nosotros en Jesús. 

Celebremos pues esta Navidad imitando la docilidad de Jesús al Padre y la obediencia de María a la gracia de Dios que nos ama y nos salva.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA