Horario Parroquial

Misas

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Domingo 3° de Adviento

 

El tiempo de adviento está marcado por la alegría.  Esta afirmación nos desconcierta un poco, pues algunos signos litúrgicos propios de la temporada, como el uso de ornamentos morados, la supresión del himno del Gloria los domingos, o la norma de no utilizar flores, sino solo hojas verdes, en la decoración de la iglesia y del altar durante este tiempo nos inducen a pensar que se trata de un tiempo penitencial como la cuaresma.  Pero otros signos litúrgicos, como el canto del aleluya y las mismas lecturas bíblicas nos indican que la alegría es constitutiva de este tiempo. 

Un ejemplo nos ayuda a entender.  Una persona que debe hacer un viaje para encontrarse con alguien muy querido está dispuesta a asumir las dificultades y tropiezos del camino.  La alegría del anticipo del encuentro con la persona amada hace llevaderas las dificultades y adversidades del camino.  Así es la vida humana.  Es un camino al encuentro con Jesucristo, el Amado.  A pesar de las dificultades, el anticipo del encuentro llena de alegría el camino.  El adviento es reflejo de ese camino de la vida al encuentro del Señor.  La liturgia de hoy pone el acento en la alegría del camino cristiano.  La primera lectura ya hace explícita esa experiencia de la alegría.  Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios.  Es más somos mensajeros de la alegría: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres y a pregonar el año de gracia del Señor.

¿Qué es la alegría, en qué consiste?  La alegría es un sentimiento que nos inunda cuando alcanzamos metas, obtenemos logros, resolvemos adversidades, tenemos futuro y la vida tiene sentido.  El deseo más profundo del corazón humano es la felicidad, hasta el punto de que distintas corrientes filosóficas e incluso la misma fe cristiana afirman que alcanzar la felicidad es la meta que sostiene todo empeño humano.  Utilizamos indistintamente las palabas alegría, felicidad, gozo, aunque cada una de ellas tiene un matiz diverso.  La gran pregunta es ¿cómo se obtiene la felicidad?  ¿Cómo se alcanza la alegría?  Buscamos una alegría que dure, que no sea efímera.  Buscamos una felicidad consistente, que no sea engañosa.  Queremos una alegría integral, que abarque todo nuestro ser, que no sea a medias.

Puesto que deseamos la felicidad, con frecuencia pensamos que la felicidad vendrá cuando satisfagamos el deseo.  Deseamos muchas cosas, necesitamos muchas cosas, y creemos que estamos tristes por carecer de ellas.  Por eso nos fijamos en nuestras carencias primarias.  Si tuviéramos alimento, si tuviéramos salud, si tuviéramos vivienda, si tuviéramos educación, si tuviéramos trabajo, si tuviéramos dinero, si tuviéramos desarrollo, si tuviéramos justicia, si tuviéramos seguridad, seríamos felices, estaríamos alegres.  Es verdad que la satisfacción de estas necesidades ofrece tranquilidad de vida, ofrece la posibilidad de una vida digna.  Toda persona se esfuerza por satisfacer estas necesidades y deseos y toda sociedad justa debe ofrecer a toda persona la oportunidad de alcanzar estas metas.  La caridad cristiana y el empeño político solidario se dirigen sobre todo a satisfacer estas necesidades primarias.  Por lo tanto se trata de algo importante. 

Pero constatamos también que la satisfacción de estas necesidades no nos trae la alegría duradera y plena.  Una vez que logramos tener algo que deseábamos, surge un nuevo deseo.  Encontramos a personas que han resuelto todas sus necesidades materiales porque tienen ingresos y, con ello, alimentación, salud, educación, casa, seguridad pero son felices a medias.  Viven en el temor de perder los bienes alcanzados.  Se hacen patentes entonces las carencias secundarias, más profundas, menos evidentes, pero más medulares e importantes.  Tengo de todo, pero vivo con miedo.  He resuelto todas mis necesidades materiales, pero estoy vacío por dentro.  Soy la envidia de todos, pero no sé para qué vivir ni qué sentido tiene mi vida.  La felicidad que busco no la puedo obtener ni comprar con todo lo que tengo.  Esa búsqueda de felicitad también late en el corazón de los pobres, que tienen múltiples carencias materiales.  Es un atropello a la dignidad de los pobres cuando pensamos que sólo la solución de sus carencias materiales dará lugar a que se interesen por esa otra felicidad intangible.  Ellos también buscan sentido para su vida, alegría duradera.

Los filósofos se han ocupado de este problema; también los fundadores de las grandes religiones.  Por ejemplo Buda y el budismo enseñan que en realidad la alegría y la felicidad son inalcanzables y el camino correcto es suprimir el deseo.  El deseo es la raíz de la infelicidad humana.  Suprime el deseo y cesará la frustración de no poder alcanzar lo inalcanzable.  Jesús propone otro camino.  El deseo de felicidad y de alegría es legítimo, es un estímulo auténtico hacia la meta en la que encontrarás el pleno sentido de tu vida.  Estamos hechos para alcanzar la felicidad y la alegría.  Ese deseo lo puso en tu corazón el mismo Dios que te creó.  Pero es necesario purificar la visión para identificar correctamente la fuente de la alegría duradera, consistente e integral.  Jesús dice claramente que no es la riqueza, que no es el poder, que no es el placer la fuente de la alegría.  Es la experiencia del amor de Dios.  Encuentra la alegría verdadera, duradera e integral quien descubre que Dios lo ama, se deja amar por Él y pone en Dios todo su corazón, su mente y su intención.  El salmo responsorial de la misa de hoy es el cántico de la Virgen María.  Ella sabe que Dios se ha fijado en ella con amor y por eso se alegra: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la humildad de su esclava.  La alegría o la felicidad es la manifestación afectiva de haber encontrado en el amor de Dios el sentido de la vida, la razón de ser de la existencia y la plenitud del deseo.  Esa es también la salvación que anhelamos y que Jesús ofrece.  Hoy san Pablo nos exhorta: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión.  Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo.  El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa.  De este modo, preparémonos para el encuentro con el Señor.  Y anticipemos ese encuentro final con el encuentro sacramental el día de la Navidad.  El Señor que nos ha creado, él también nos llevará a la plenitud de la vida y de la alegría.

 
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