Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 2° de Adviento

 

El tiempo del adviento nos ofrece la oportunidad de prepararnos espiritualmente para la celebración de la Navidad.  Nos preparamos a través de la conversión de nuestros pecados; a través de la oración y la lectura de la Palabra de Dios; a través de las obras buenas a favor de nuestro prójimo.  Pero esta preparación espiritual para la Navidad se hace en clave de preparación para la segunda venida del Señor al final de los tiempos.  Así nos instruye la liturgia.  El Señor Jesús habló de su venida al final del tiempo y del mundo para conducir a la plenitud de la salvación a quienes vivieron en este mundo como discípulos suyos.  El tiempo final se convierte así en el tiempo del último acto salvador de Cristo, que completa su obra en cada uno de nosotros los que creemos en él.  Nosotros vamos al encuentro de Cristo quien a su vez viene desde el cielo a nuestro encuentro.  Nos preparamos para celebrar la Navidad como quien se prepara para salir al encuentro del Señor que viene.

La liturgia del adviento habla de esa salvación como de algo que tendrá lugar al final de los tiempos, cuando concluya la historia humana y la misma creación.  Ahora vivimos orientados hacia aquel tiempo futuro, vivimos ahora a la espera del entonces.  Pero la liturgia del adviento también recurre a las categorías del espacio.  Vivimos aquí y caminamos hacia allá.  Cuando se utiliza la clave espacial, hablamos de la Jerusalén del cielo hacia la que nos encaminamos.  Vivimos en este mundo, pero suspiramos y anhelamos llegar al otro mundo, el del cielo, donde alcanzaremos la plenitud de la salvación.

Por eso, también en adviento leemos pasajes bíblicos que se refieren a la liberación de Israel de la cautividad en Babilonia y su regreso a Jerusalén.  Hoy, por ejemplo, la primera lectura es el bellísimo oráculo con el que el profeta le anuncia a Israel su inminente liberación, cuando el Señor guiará a su pueblo de vuelta a la tierra de Israel.  Babilonia es el lugar de la esclavitud, pero Dios liberará a su pueblo para llevarlo a otro lugar, al lugar de la libertad y la dignidad, a la ciudad de Jerusalén.  Los pasajes bíblicos que se refieren a la liberación de la cautividad de Babilonia están henchidos de esperanza y de alegría, porque ya terminó el tiempo de la servidumbre y se revelará la gloria del Señor. 

También en cuaresma se compara la vida del cristiano con un camino, pero el tono es distinto.  En cuaresma, la liturgia evoca el camino penitencial de Israel por el desierto, al salir de Egipto, cuando Israel fue sometido a pruebas y por cuarenta años vivió entre las propias infidelidades y las reprimendas de Dios.  La tierra prometida aparece como una meta distante, casi inalcanzable.  Ni el mismo Moisés entra en ella.  En contraste, en el retorno a Jerusalén desde Babilonia, Dios mismo alienta y carga a Israel hacia la meta deseada: Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres.  Por eso el tiempo del adviento, a diferencia del tiempo de cuaresma, es un tiempo imbuido de alegría y de gozo.  El aleluya acompaña el camino del adviento.  El adviento, decían los antiguos, es como un símbolo de la vida en este mundo.  La vida de cada uno de nosotros es camino hacia la Jerusalén del cielo.  En este mundo caminamos entre tristezas y dolores, pero nos alientan y nos sostienen los consuelos de Dios, su presencia protectora, sus dones y favores.  El Señor acompaña a su pueblo y a cada uno por el camino.  Por eso el profeta urge: Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios.  Y a los habitantes de Jerusalén se les anuncia que ya el Señor está para llegar a la cabeza del pueblo que retorna desde Babilonia: Aquí llega el Señor.

Juan el Bautista retoma este oráculo y lo transforma.  El Señor llega, y nos preparamos para recibirlo con la conversión.  Los caminos que hay que enderezar, las montañas que hay que rebajar, los valles que hay que rellenar son nuestros vicios, nuestros pecados, nuestras faltas, que hay que eliminar para estar en condiciones de recibir la salvación que llega con el Señor.  Juan el Bautista preparó en aquel tiempo al pueblo judío para acoger al Señor que llegaba en la persona de Jesús.  Juan el Bautista sigue predicándonos la conversión para que estemos preparados para recibirlo, no solo cuando venga al final de los tiempos, sino cuando viene ahora a través de su Palabra, a través del Sacramento, en la persona de nuestro prójimo y en la celebración de la Navidad.  La austeridad de su vestido y de su porte es un símbolo de que él vive desde esa otra realidad que anuncia.

Efectivamente, el adviento nos instruye en la cosmovisión cristiana.  Según esa visión, ni este mundo ni este tiempo son realidades definitivas.  Son transitorias.  Las realidades definitivas, las que verdaderamente valen y cuentan, están más allá de este mundo, más allá de este tiempo.  Este mundo es obra de Dios, este tiempo es don de Dios, este mundo es útil y hermoso, pero es transitorio, es pasajero.  Cuando perdemos esa conciencia y esa visión, dejamos de ser cristianos; nos convertimos en personas que piensan como los saduceos del tiempo de Jesús, que creían que solo contaban las realidades de este mundo y de este tiempo.  En cambio, nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.  Hay en la visión cristiana de este mundo una insatisfacción radical: no es esto lo que deseamos; no es esto lo que esperamos.  Y el mismo Dios nos alienta a esperar otra cosa con sus promesas.  Esa insatisfacción está al origen de muchas opciones y formas de vida cristianas, comenzando con la vida del mismo Bautista y de Jesús.  Los mártires que han preferido dejarse matar antes que renegar de su fe en Cristo, las personas que se consagran al Señor y para ello renuncian a los logros de este mundo, quienes hacen claras opciones éticas y morales a veces en perjuicio de otros intereses personales, son hombres y mujeres cuyo horizonte de vida es el cielo, ese otro mundo que esperamos y que es el verdaderamente consistente y eterno.  Vivir así, es también vivir en adviento, es prepararnos para la venida del Señor.  Prestemos atención a la recomendación de Pedro: Puesto que todo va a ser destruido, piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor.  Vivamos nosotros también con esa esperanza, con esa actitud de vida, puesto que está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA