Horario Parroquial

Misas

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DOMINGO 1° ADVIENTO


Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Esas son las palabras de Jesús con las que se abre el tiempo de adviento de este año. Los cristianos vivimos el tiempo presente a la espera del cumplimiento de una pro-mesa. Los cristianos vivimos en el presente con la mirada puesta en el futuro. Los cris-tianos actuamos en el presente con la conciencia de que el sentido y plenitud de lo que hacemos viene del futuro de Dios. Los cristianos vivimos a la espera de que venga el Señor.

El tiempo del adviento es preparación para la Navidad, cuando conme-moraremos el nacimiento de nuestro Salvador en como hombre. Pero el adviento fue creado con una conciencia pedagógica y espiritual muy aguda. Así como los antiguos profetas y justos esperaron la venida del Mesías, así también nosotros debemos prepararnos para recibirlo en la conmemoración de su nacimiento. Debemos desarrollar en nuestra mente la misma actitud de espera que tuvieron esos profetas y justos. Con una diferencia. La esperanza de los profetas y justos del Antiguo Testamento se cumplió con el nacimiento del Salvador en Belén. Aunque vamos a celebrar su nacimiento, nosotros ya no esperamos su nacimiento, eso ya ocurrió, es cosa del pasado. Pero los cristianos también vivimos a la espera del Mesías. Nuestra esperanza se cumplirá cuando el Hijo de Dios, el Hijo de María venga de nuevo, no en la humildad de la condición humana, sino en el esplendor de su condición de resucitado para completar en nosotros la salvación que ya comenzó con su muerte, resurrección y el envío del Espíritu Santo. Nos preparamos para la Navidad como si se tratara de un ensayo anual para recibir al Señor que vendrá al final de los tiempos. Así nos enseñan los textos de la liturgia a celebrar y vivir el tiempo del adviento que hoy hemos comenzado.

Y ¿cómo esperamos al Señor Jesús? En primer lugar con alegría, por-que cuando él venga se cumplirá en nosotros su salvación y su victoria. El adviento es un tiempo marcado por la pena de la espera del Amado, pero marcado por la alegría que da la certeza de su venida. Vivimos con alegría porque tenemos una meta hacia la que nos encaminamos. Mejor dicho, hay un acontecimiento que esperamos y que dará plenitud a la salvación que ya hemos comenzado a experimentar. Sabemos hacia dónde vamos.

También esperamos al Señor actuando responsablemente. Este es el mensaje central de Jesús en el evangelio de hoy. La espera no se hace con los brazos cruzados. La espera se realiza con la acción responsable, del que sabe que el tiempo de la espera se llena de sentido cuando actuamos para agradar al que esperamos. La esperanza en la venida del Señor nos impulsa a cumplir nuestras obligaciones temporales en esos tres ámbitos que son propios de todo ser humano: el de la vida familiar, el de la vida comunitaria y el ámbito laboral. San Pablo elogia hoy a los corintios y los anima a mantenerse activos, con plena conciencia de que caminamos hacia el encuentro con el Señor. El testimonio que damos de Cristo ha sido confirmado en ustedes a tal grado, que no carecen de ningún don, ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento.

La espera del Señor también se traduce en oración y deseo. La primera lectura de la misa de hoy es una oración. Es expresión de un deseo ardiente de que el Señor se haga presente. Vuélvete, por amor a tus siervos. Ojalá rasgaras los cie-los y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Orar al Señor para que venga es abrir el corazón hacia Él, en quien tiene sentido nuestra vida. Orar por la venida del Señor es mirar al futuro como horizonte de plenitud. El futuro de cada uno de nosotros es impenetrable. No faltan quienes intentan averiguar qué hay en el futuro recurriendo a adivinos, que presumen de poseer técnicas que permiten vislumbrar lo que nos aguarda. Son engaños. Jesús nos enseña que la seguridad hacia el futuro no consiste es saber qué nos ocurrirá, sino en adentrarnos hacia el porvenir con la confianza puesta en Dios a través de la oración. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos. Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos.

Adviento nos enseña a anticipar la venida final del Señor, acogiéndolo en esas otras venidas con las que él se acerca a nosotros. En primer lugar el Señor viene cuando leemos y meditamos la palabra de Dios y con actitud obediente ponemos en él nuestra fe y ensanchamos nuestra mente y nuestro corazón para que su presencia espiri-tual impregne nuestros pensamientos, deseos y acciones. El Señor también viene cuando lo recibimos en el sacramento, sobre todo en la Santa Eucaristía. Cada vez que celebramos la misa, cantamos la aclamación propia de quienes lo recibirán al final de los tiempos: Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo. La santa misa es anticipo de la segunda venida del Señor. Efectivamente al comulgar, Jesús viene a cada uno de nosotros y nos llena de su presencia, es más, nos hace parte de su cuerpo. Finalmente, Jesús también llega en el prójimo que reclama nuestra atención desde su necesidad e indigencia. Al final, cuando Jesús venga, nos examinará acerca de nuestra disponibilidad a recibirlo y acogerlo en sus hermanos que requerían nuestra solidaridad y caridad.

En este primer domingo de adviento inicia en la Iglesia universal el año de la vida consagrada. Es un año de más de doce meses, que concluirá el 2 de febrero del año 2016. El papa Francisco quiere que toda la Iglesia por una parte despierte su aprecio por esta forma de vida cristiana, por la que hombres y mujeres se consagran de diversos modos, a vivir en castidad, pobreza y obediencia, para ser testigos de ese otro mundo que esperamos, para ser testigo de que la realidad no se acaba en el tiempo histórico, sino que se abre a la eternidad. También este año tiene el propósito de invitar a los religiosos y consagrados a asumir con frescura e intrepidez su vocación más auténtica, que es ser testigos de las realidades invisibles mientras sirven a su prójimo en la caridad. La vida religiosa y consagrada ha tenido una incidencia profunda en la historia de nuestra Arquidiócesis. Es tiempo de agradecer el testimonio, la oración y la acción pastoral de tantos hombres y mujeres consagrados que han hecho que el Evangelio crezca entre nosotros. Es tiempo también para motivar a los jóvenes de hoy, hombres y mujeres, a considerar como una opción de vida válida la consagración de sí mismos a Dios.

 
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