Horario Parroquial

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Domingo 32° Ordinario

Vamos a comentar el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar, con el fin de obtener una enseñanza útil para nuestra vida cristiana. El pasaje tiene dos partes evidentes: la primera es una advertencia a la multitud para que no se dejen impresionar por los escribas. Los escribas son fariseos que se han dedicado al estudio de la Palabra de Dios, de la Biblia, la conocen, la enseñan y por lo tanto gozan autoridad y de un aura de prestigio y hasta de veneración entre el pueblo.

La advertencia tiene el propósito de que la multitud y sus mismos discípulos sepan discernir y detectar que el prestigio religioso puede esconder hipocresía y vanidad. Ellos, los escribas, se aprovechan de esa veneración y respeto que el pueblo les profesa en beneficio propio. Pero resulta que esa conducta censurable de los escribas la podemos encontrar también entre las personas que en la Iglesia tienen un ministerio que los vincula a lo sagrado. Obispos y sacerdotes, principalmente, podemos cometer los mismos abusos que Jesús censura en los escribas. Pero a veces encontramos que hasta catequistas y ministros de comunión abusan de su cargo en sus comunidades. Utilizar el ministerio y el respeto sagrado con que la gente mira al obispo y al sacerdote o al catequista y al ministro para provecho propio se llama clericalismo. Por lo tanto, bien podemos leer estas censuras de Jesús como una crítica al clericalismo en la Iglesia.

Jesús destaca en primer lugar cuatro actitudes o prácticas de los escribas: Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. La crítica se podría resumir así: les gusta hacerse notar, a través de sus ropajes, para obtener honra y reverencia o colocarse en lugares de honor y visibilidad para obtener consideraciones y reconocimientos. Obispos y sacerdotes podemos caer en estas incoherencias de muchas maneras. El delito consiste en hacer de sí mismos el centro de atención. En vez de ayudar a los fieles a dirigirse a Dios, instrumentalizan el cargo, el puesto, la posición, el aura sagrada que los rodea en provecho propio y no en provecho de que los fieles conozcan mejor a Dios. Los ropajes y los primeros puestos no son de por sí el problema principal. El problema principal es la utilización del ropaje y del prestigio para buscar ventajas personales. El ropaje en la liturgia y el vestido clerical en la vida cotidiana tienen su función. El ropaje litúrgico indica que el ministro no actúa allí a título personal, sino que, si es obispos o sacerdote, personifica a Cristo. El vestido clerical cotidiano es distintivo de la disponibilidad para servir, signo de consagración y de las realidades espirituales que nuestra cultura tiende a ignorar; en última instancia, en algunos ambientes anticatólicos, el vestido clerical es hasta medio para participar del rechazo y la burla que sufrió Jesucristo en su día.

Hay obispos y sacerdotes muy santos. Pero también los hay pecadores. Siempre ha habido obispos y sacerdotes con conducta inmoral grave. Los delitos más comunes del clero han sido el atropello al celibato y la castidad por convivir con una mujer, la afición al dinero y la bebida. En los últimos años y meses hemos leído, oído y hasta visto cómo un número grande de sacerdotes, varios obispos y hasta algún cardenal han sido acusados y sentenciados por conducta homosexual que deriva en relaciones sexuales con menores y otros delitos semejantes. Es un delito que nos aflige, que nos advierte para tomar las precauciones necesarias y que lanza una sombra sobre la imagen del ministro católico. Es mi responsabilidad como obispo no solo cuidarme yo mismo, sino también ayudar a los sacerdotes bajo mi cuidado para que se conserven en la coherencia de vida que prometieron y crezcan cada día en santidad. A pesar de todos los escándalos, hay sacerdotes muy coherentes y responsables y son numerosos. Pero en todo esto es necesario recordar, que no somos nunca seguidores de un obispo ni de un sacerdote, sino de Jesucristo; nuestra fe no depende de la calidad del ministerio del obispo, sino de la gracia y la misericordia de Dios. Los ministros de la Iglesia tienen una función que realizar: conducir por la palabra y los sacramentos a los hombres a Dios. Cuando un sacerdote u obispo hace de sí mismo el centro y la referencia de la vida religiosa de los fieles, muestra que no es verdadero ministro del Señor.

En contraste con esta imagen deplorable y escandalosa con que Jesús describe a algunos “eclesiásticos” de su tiempo, él presenta la imagen de una pobre viuda. Esta es una enseñanza a sus discípulos. Es la segunda parte del evangelio de hoy. En el templo de Jerusalén había un lugar público y visible donde las personas podían llegar a hacer sus ofrendas monetarias, que siempre han existido en todas las religiones. El donante con su ofrenda quiere realizar una privación, un sacrificio agradable a Dios; de parte del templo, de la iglesia y de los ministros, es el medio para sostener el culto, la administración del aparato eclesial, la caridad y ayuda a los necesitados y para el sostenimiento de los mismos ministros y empleados de la iglesia y la parroquia.

En este campo se pueden dar abusos de parte de los donantes, cuando el donante con sus ofrendas pretende sobornar a Dios, obligarlo a que haga un favor o simplemente comprar a los ministros o instrumentalizar el aparato eclesial para algún fin propio. Puede haber abuso de parte de los ministros, cuando el ministerio se convierte en medio de lucro y todo se hace por un precio y para provecho personal. Pero Jesús, en esta segunda escena, no denuncia abusos. Sino que enseña que la magnitud y generosidad de la ofrenda ante Dios no se mide por la cantidad ofrendada, sino por el sacrificio personal que la ofrenda implica. Los demás han echado de lo que les sobraba; pero esta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir. En ese sentido, la mejor ofrenda a Dios es la de la propia vida, cuando uno obedece sus mandamientos, sirve al prójimo en caridad y se une espiritualmente al sacrificio de Cristo en la celebración de la eucaristía. El Señor nos enseñe a todos no solo a dar de lo que tenemos, sino a dar de lo que somos.

 
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