Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:00 pm, 7:30 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:00 am - 12:30 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 30° Ordinario

Creo que antes que explicar las lecturas de hoy, es mi deber manifestar la alegría y agradecimiento que nos produce la beatificación el día de ayer del padre franciscano Tulio Maruzzo y su compañero y asistente, el laico Luis Obdulio Arroyo. La beatificación tuvo lugar en Morales, Izabal, con la presencia del Prefecto para las Causas de los Santos, el cardenal Angelo Becciu.

El padre y su colaborador fueron asesinados el 1 de julio de 1981, en Quiriguá, cuando regresaban juntos después de ayudar a varios matrimonios para que pudieran llegar a sus hogares al concluir una reunión pastoral. El padre Tulio, de origen italiano, nació en 1929, había llegado a Guatemala a finales de 1960. Siempre trabajó en parroquias del área de Izabal. Trabajó en diversos municipios del departamento de Izabal, en la construcción de la iglesia, tanto en sentido físico de levantar edificios como sobre todo pastoral, en la catequesis, formación, celebraciones litúrgicas. Asesoró al Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Animaba y ayudaba a los campesinos sus feligreses para que legalizaran la posesión y propiedad de las tierras que cultivaban como propias. Este fue, al parecer, el motivo que lo enemistó con los poderosos que acabaron matándolo. Luis Obdulio, originario de Quiriguá, nació en 1950. Trabajaba como piloto para el Municipio de Los Amates y colaboraba con el padre Tulio como conductor de su vehículo y lo asistía en lo que el padre necesitara. Fue miembro de la Tercera Orden Franciscana y participó en Cursillos de Cristiandad. Cuando las amenazas contra el padre Tulio comenzaron a circular y algunos aconsejaron a Obdulio mantenerse a distancia, optó por correr los mismos riesgos que el padre Tulio. Así los encontró juntos la muerte y juntos dieron su vida por Jesucristo.

Eran épocas de la violencia en Guatemala, de la persecución contra sacerdotes y catequistas. Era época en que la Iglesia comenzó a desarrollar una pastoral que ponía, más que antes, énfasis en el desarrollo humano y social de los más pobres y no solo en la asistencia caritativa en sus necesidades. En el contexto ideológico de la época no se vieron las motivaciones evangélicas de acciones como las del padre Tulio para dar seguridad legal a la tierra de los campesinos. En muchos lugares de Guatemala, la persecución contra los católicos fue constante. La beatificación de ayer es, en parte, una reivindicación póstuma de la autenticidad cristiana de aquellas acciones, que, en un sacerdote como Tulio, eran ajenas a la contaminación ideológica y nacían de la indignación que surgió en el corazón del sacerdote al ver el grado de exclusión y falta de oportunidades en que vivían sus feligreses. Damos, pues, gracias a Dios, porque contamos con los beatos Tulio y Luis Obdulio como modelos de discípulos seguidores de Jesús.

Pero vengamos al evangelio de hoy, que nos habla precisamente del seguimiento a Jesús. El Señor atraviesa la ciudad de Jericó en su camino a Jerusalén. De hecho, la escena siguiente en el relato evangélico será la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén. Sentado a la vera del camino, a la salida de Jericó hacia Jerusalén, el ciego Bartimeo pide limosna. Al escuchar el tumulto de gentes, se entera de que pasa Jesús de Nazaret. Seguramente habría oído hablar de él, pues enseguida se pone a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Es un grito de fe. Muchos le impedían que gritara, pero él seguía en su clamor. Podemos ver en la escena cómo, con frecuencia, nos convertimos en impedimento para que otros que claman a Jesús lleguen hasta él.

Cuando Jesús escucha el clamor del ciego, se detiene y ordena que lo llamen para que venga a su presencia. La palabra de Jesús reivindica el clamor del ciego, pues los mismos que le impedían que gritara, ahora lo animan para que se acerque a Jesús. El hombre da un salto y se coloca a los pies del Señor. ¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús. La respuesta del ciego no puede ser más concreta: Maestro, que pueda ver.

Pero la respuesta de Jesús va más allá de una simple curación física de la ceguera. Jesús le dice: Vete; tu fe te ha salvado. El ciego recobró la vista física. Pero en la palabra de Jesús va incluida la curación de la ceguera interior, del que no conoce a Dios. El clamor del ciego al invocar a Jesús llevaba implícita la fe en Jesús, que ofrece una salvación que va más allá de la curación de las dolencias y enfermedades del cuerpo. Jesús le ofrece con la vista, el sentido a la vida y alegría al corazón, que acompañan la fe. Por eso el ciego no se va por su cuenta, como le dice Jesús, sino que lo sigue. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino. El ciego se convierte en discípulo de Jesús que lo sigue en el camino hacia la pasión y gloria en Jerusalén.

Este ciego nos enseña varias cosas. En primer lugar su inconformidad con seguir ciego y vivir en la oscuridad. Él tenía esperanza de que las cosas podían ser de otro modo; él deseaba ver la luz, sabía que eso era posible. No podemos quedarnos tranquilos con nuestra oscuridad, con nuestra tristeza, con el sinsentido de nuestra vida. Estamos hechos para tener esperanza y la esperanza cristiana no defrauda. En segundo lugar el ciego clamó, cuando tuvo la oportunidad. A pesar de que muchos le impedían que gritara, él se empeñó en seguir clamando, a quien creyó que podía ayudarlo. Hoy quizá haya muchos que nos digan que eso de creer y tener fe es cosa del pasado, de otros tiempos. Que eso de esperar un salvador no tiene sentido, pues debemos salvarnos a nosotros mismos. Ciertamente hay muchas necesidades que debemos resolver nosotros mismos, pero de la muerte y el pecado solo nos salva Jesús. No tengamos vergüenza de llamarlo en nuestro auxilio a pesar de que otros nos digan que no. Finalmente ciego supo responder a la llamada de Jesús, se postró a sus pies y le pidió lo que necesitaba cuando Jesús le preguntó. Le pidió la vista y Jesús lo confirmó en su fe. Tu fe te ha salvado. El ciego había depositado su fe en Jesús. Reconoció quién era el Salvador y después lo siguió. El ciego nos enseña a reconocer quién es el único que de verdad puede salvarnos. Se nos presentan muchos salvadores y muchos nos proponen el camino de la felicidad, pero solo Jesús lo puede dar. Mantengamos nosotros firmes nuestra fe en Jesús y sepamos seguirlo en su camino a Jerusalén.

     GRUPOS
EMAUS3 AMOR3  JAR3 TALLERES3
DICIPULADO3  PEREGRINOS3  santa monica3  virgen3

SACRAMENTOS

Slider
 

VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA