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Domingo 26° Ordinario

El evangelio que acabamos de escuchar contiene una serie de sentencias y enseñanzas de Jesús a sus discípulos. Debemos explicarlas una por una, pues en realidad son independientes unas de otras.

La primera sentencia resuelve un caso peculiar. Los discípulos consultan a Jesús acerca de un hombre, un exorcista, que utiliza el nombre de Jesús para expulsar demonios, pero no pertenece al grupo de los seguidores de Jesús. Los discípulos tomaron la iniciativa de prohibirle la utilización del nombre de Jesús, pero les quedó la duda, y consultaron al Señor. En tiempos de Jesús se trataría de alguien que conocía la fama de Jesús como uno que expulsa demonios, y en base a ese poder que la fama le atribuía a Jesús, quiso él también servirse del nombre de Jesús para aliviar a otras personas afligidas por el diablo. No se trata de alguien que quiera hacer dinero sirviéndose del nombre de Jesús, sino de alguien que quiere hacer el bien, sirviéndose del nombre de Jesús, aunque él personalmente no se contaba entre los seguidores de Jesús. En tiempos de la Iglesia, se puede pensar en personas que admiran a Jesús, proponen algunas de sus enseñanzas, pero no forman parte de la Iglesia. Jesús reprueba la actitud de los discípulos. No hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Aunque Jesús no lo dice, uno podría pensar que esas personas que muestran estima hacia Jesús, pero no son parte de la comunidad de Jesús, son candidatos para el trabajo evangelizador de los cristianos. En ellos hay un inicio de fe, hay una apertura para conocer más a Jesús. Hay en la frase de Jesús una raíz de lo que siglos después llamaríamos la actitud ecuménica, en donde, de parte nuestra, hay un reconocimiento de los elementos auténticos de Evangelio que hay en otras confesiones cristianas, que son terreno común para que les expongamos nuestra comprensión de la fe y todos caminemos hacia la verdad plena. No está bien dejar como está a quien tiene un conocimiento fragmentario o incompleto del Evangelio de Jesucristo, si esa persona quiere conocer más y mejor a Jesús.

El dicho acerca del que da al seguidor de Cristo un vaso de agua por ser seguidor de Cristo enfoca el mismo asunto desde otro ángulo. Se refiere a quienes dan apoyo a los cristianos en sus tareas evangelizadoras y obras de caridad, sin que ellos sean miembros de la Iglesia ni seguidores de Jesús. No quedarán sin recompensa, dice Jesús.

La siguiente sentencia tiene que ver con el escándalo. Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que se pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar. Uno se convierte en ocasión de pecado para la gente sencilla, cuando comienza a decir y hacer cosas contrarias a lo que se espera de un seguidor de Cristo, y desconcierta a la gente sencilla que lo tiene a uno como referencia en lo que cree y en lo que hace. Uno piensa en nuestro tiempo en los sacerdotes y obispos, a quienes la gente sencilla mira como guías, como ejemplo incluso de santidad, y luego dicen cosas que hacen dudar de la fe y hacen cosas que desmoralizan a esa misma gente que los tenía como referencia. La sentencia dicta sentencia de muerte contra ellos. Que les pongan una rueda de molino al cuello y los tiren al mar.

En consecuencia, Jesús instruye en la importancia de la ascesis, de la disciplina, del dominio de sí mismo para vivir rectamente, según la ley moral del Dios. Jesús menciona, a modo de ejemplo, tres órganos, manos, pies y ojos, con los que uno puede pecar. Es preferible amputarlos para evitar pecar con ellos, que conservarlos y arruinar la propia vida y la de los demás con las malas acciones. En la Iglesia nunca se han entendido estas sentencias de Jesús de manera literal, pues nunca se ha recurrido en la Iglesia a la amputación física como forma de castigo por un pecado. Esa práctica tampoco existía en el judaísmo. Que algún que otro cristiano o grupo cristiano haya entendido estas sentencias literalmente, se ha visto siempre como una desviación. Lo que sí ha existido con aprobación de maestros espirituales son los castigos físicos como flagelarse a sí mismo, o utilizar cilicios o al menos ropa áspera en contacto inmediato con el cuerpo como modo de educar en el gobierno de sí. Con ese lenguaje tan gráfico, Jesús inculca la seriedad con que debemos esforzarnos por dominar en nosotros las tendencias al pecado como son la ira y la violencia, la codicia y la ambición, la lujuria y la sensualidad, la pereza y la vida cómoda. La vida cristiana exige disciplina y rigor.

La lectura de la carta de Santiago se puede colocar en esta línea de corrección drástica. Es una invectiva contra ricos codiciosos y opresores. Yo quiero pensar que esos ricos no son todavía cristianos, pero son quizá los patrones de algunos cristianos que son sus trabajadores. O quizá son ricos indolentes que son causantes de injusticias y escándalo en la sociedad. Santiago les hace ver que las riquezas no ofrecen ninguna seguridad ni pueden comprar la vida eterna. Sus riquezas se han corrompido; la polilla se ha comido sus vestidos. Esa riqueza es todavía menos apta para dar seguridad, si es fruto de la explotación salarial y de la injusticia en el trato con los propios trabajadores. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse.

Este texto se ha utilizado indiscriminadamente para condenar toda riqueza como injusta. La gran preocupación de Jesús con los ricos es la falsa seguridad que pueden poner en las riquezas, olvidándose de Dios. Si la riqueza es producto de injusticias o corrupción la situación es todavía peor. Pero esta enseñanza de la falsa seguridad de las riquezas se debe complementar con la enseñanza acerca de cómo debe actuar el rico para que su riqueza, en vez de una trampa, se le convierta en medio de salvación. Esto también es posible. Y ocurre cuando la riqueza se convierte en responsabilidad social del que invierte y así crea empleo, del que paga sus impuestos y así contribuye al funcionamiento del Estado y sus servicios, del que apoya con donaciones la realización de tantas obras de caridad y evangelización. La riqueza bien habida y bien empleada es una oportunidad de servicio y solidaridad social.

 
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