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Domingo 25° Ordinario

El evangelio se presenta como un relato de instrucciones que Jesús da a sus discípulos. En realidad está constituido por tres escenas, con una enseñanza específica en cada una de ellas. Las otras dos lecturas en cierto modo amplían la enseñanza de Jesús contenida en el evangelio.

Jesús va de camino por Galilea. Se dedica a instruir a sus discípulos. No quiere que nadie se entere de que va pasando por distintos lugares, porque la enseñanza a sus discípulos es tan importante que no admite distracciones y porque el contenido de la enseñanza es su propia pasión y muerte, que no será conocida de antemano por la muchedumbre, sino solo por sus discípulos.

Las palabras de la enseñanza de Jesús son estas: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará. Que Jesús se designe a sí mismo con la expresión el Hijo del hombre alude a su condición humana, a su condición débil y vulnerable, es una manera oblicua de referirse a sí mismo, y es una manera de aludir a ese destino de sufrimiento, rechazo y desprecio que le aguarda. Dice que va a ser entregado, pero no dice por quién. Hay una alusión al designio de Dios en esa manera de hablar. La pasión y muerte de Cristo no son un accidente imprevisto. El desenlace final de la vida de Jesús es fruto de un designio oculto a los ojos humanos, pero querido por Dios para Jesús para nuestra salvación. También llama la atención, que en esta ocasión Jesús no dice que va a ser entregado a los judíos o la los sumos sacerdotes, sino en manos de los hombres. Se pierden todas las connotaciones antijudías y se pone de relieve la humanidad. El Hijo del hombre va a padecer en manos de la humanidad. La humanidad entera, de algún modo, es cómplice de la pasión y muerte del Hijo del Hombre. Esa pasión se describe muy escuetamente: le darán muerte y, tres días después, resucitará. Muerte y resurrección son los dos acontecimientos que constituyen el desenlace de la vida del Hijo del Hombre. La muerte se la dan; él la recibe. La resurrección es acto propio, por el que él vence la muerte. Los discípulos no entienden. Las palabras de Jesús les plantean preguntas que no se atreven a formular; las palabras de Jesús describen un futuro que apenas se atreven a vislumbrar. Pero no piden más explicaciones. Los acontecimientos, cuando sucedan, esclarecerán estas palabras.

La primera lectura ilumina esta breve enseñanza de Jesús sobre su propia muerte. Se trata de la muerte del hombre justo en manos de los malvados. El hombre justo, con su propia justicia, se convierte para los malvados en acusador simplemente por el contraste con su maldad. Al someterlo a tortura y muerte, los malvados quieren poner a prueba la fe y la confianza del justo en Dios: Condenémoslo a una muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él.

Nosotros ya conocemos cómo fue la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Estos pasajes nos invitan a meditar sobre la integridad con la que Jesús asume su propia muerte; su clara obediencia a Dios en toda su vida; su amor por nosotros, pues ese fue el motivo de fondo de toda su vida. Esta instrucción de Jesús suscita nuestro agradecimiento, por su misericordia.

La siguiente escena tiene lugar en la casa donde residen, en Cafarnaúm. Jesús pregunta sobre las discusiones que sus discípulos traían sobre el camino. Llama la atención que mientras Jesús los instruía sobre su futura pasión, ellos discutían sobre quién de ellos era el más importante. San Marcos no nos explica mucho qué dio pie a que surgiera esa discusión. Pero el asunto es tan grave, que Jesús se sienta, llama a los Doce, y los instruye: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Los discípulos quizá manejaban el concepto de “ser importante” con categorías muy de este mundo: ser importante es tener poder; ser importante es recibir honra y honor; ser importante es mandar sobre los demás. Jesús cambia las categorías. En cristiano, la importancia se adquiere por la capacidad de servicio. En concreto, el ejercicio de la autoridad consiste en servir. El servicio mayor lo ha prestado el mismo Jesús al dar su vida por nosotros.

Cuando otros criterios rigen nuestra conducta, entonces se crea la división y la rivalidad. Es la situación que describe Santiago en su carta. Donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas. ¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra. Si la autoridad se erige como poder, en cualquier grupo humano, sea la familia, la comunidad, la iglesia, en vez de traer unidad, trae división. El gran arte al que nos invita Jesús es al arte de servir. Los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros.

Finalmente, quizá como ejemplo de pequeñez, y de cómo lo importante no es siempre lo que deslumbra, Jesús tomó un niño, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Quienes piensan en ser importantes, piensan en grandezas, en renombre, en poder. Jesús, que es el verdaderamente importante, dice que él se identifica con el niño, quizá lo más lejos de nuestra mente cuando pensamos en alguien importante. La propuesta de Jesús es, pues, una invitación a convertir nuestros criterios y maneras de juzgar. Aspirar a cargos, buscar el poder, desear el renombre y reconocimiento no son actitudes coherentes con el evangelio. Quien quiere seguir a Jesús debe más bien buscar servir y ser útil, allí donde se encuentra o lo llaman. Ese fue el camino de Jesús.

 
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