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DOMINGO XXIV

El relato evangélico de este domingo narra el episodio clave en el que los discípulos de Jesús lo reconocen como el Mesías, el Cristo. Enseguida Jesús les explica que él será un Mesías que sufre y padece la muerte y que sus seguidores igualmente deben estar dispuestos a sufrir juntamente con él.

Cuando Jesús pregunta a sus discípulos acerca de su identidad, Pedro, en nombre de todos, responde que él, Jesús, es el Mesías. Es decir, Pedro reconoció en Jesús al salvador que el pueblo judío esperaba. Pero el Mesías que el pueblo judío esperaba sería un guerrero batallador, que libraría al pueblo judío de la sumisión a Roma. Jesús era ciertamente el enviado de Dios, pero no como se lo imaginaba o esperaba el pueblo. Ni su victoria consistiría en derrotar y expulsar a los romanos de Judea ni su victoria sería de tipo militar. Su victoria sería sobre el pecado y la muerte y se realizaría a través de la humillación, de la derrota, del sacrificio de la cruz. Quizá por eso, el evangelista san Mateo, cuando escribió esta escena, añadió a la respuesta de Pedro el título con que Jesús resucitado fue reconocido por la comunidad cristiana: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Jesús, pues, a partir de esta confesión, de este reconocimiento, comienza a instruir a sus discípulos en dos aspectos. Que su misión se realizará a través de su pasión y muerte y que sus seguidores deben estar dispuestos igualmente a imitarlo en el sufrimiento y en la muerte por su causa.

 

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho; que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. Todo esto lo dijo con entera claridad. Es posible que al escribir el evangelio, muchos años después de los hechos, san Marcos pusiera en boca de Jesús un relato abreviado de la pasión, muerte y resurrección tal como de hecho sucedió. Pero no se puede dudar que Jesús instruyó a sus discípulos acerca de su mesianismo tan peculiar, un mesianismo que no se realiza a través de una victoria militar o política, sino a través de un testimonio martirial. Esta instrucción no ocurrió solo una vez, sino que a lo largo de su ministerio Jesús fue instruyendo de diversas maneras a sus discípulos acerca de este desenlace de su vida. El evangelista señala que otras dos veces Jesús repitió esta instrucción. Que los discípulos casi no la entendieron se ve por su conducta durante la pasión. Jesús incluso utilizó la expresión era necesario que, en la que vemos una alusión al designio de Dios sobre Jesús. Así estaba dispuesto, esta pasión, muerte y resurrección fue siempre parte del plan de Dios para Jesús y no un accidente histórico desafortunado.

Cuando Pedro protesta e intenta disuadir a Jesús de que asuma ese destino, Jesús lo reprende con la más dura de las expresiones. ¡Apártate de mí, Satanás! Con su buena intención de evitarle a Jesús semejante fin de vida, Pedro en realidad se está resistiendo al mismo Dios. Tú no juzgas según Dios, sino según los hombres. Los caminos de Dios, sus designios salvadores, se articulan a través de acciones que parecen un fracaso y derrota a los ojos humanos. El camino de la cruz será siempre camino de escándalo, de incomprensión, de perplejidad, según la lógica de la sabiduría humana y según los criterios de éxito del juicio de los hombres.

Ese camino de Jesús para sí mismo es el que también propone a sus seguidores. También los discípulos, los seguidores de Jesús deben cargan con la propia cruz. El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Es decir, así como Jesús cargó con su cruz de la obediencia y del amor a Dios, así los discípulos deben cargar con la cruz de su propia obediencia y amor a Dios y al prójimo. Cargar con la propia cruz es estar dispuestos al martirio, como Jesús. Pero la cruz en realidad son todas las adversidades, desprecios, sufrimientos, burlas, rechazos que uno pueda recibir a causa de ser seguidor de Cristo y vivir de acuerdo con el Evangelio.

La expresión “renunciar a sí mismo” debe entenderse a la luz de la siguiente instrucción. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Yo reformularía la frase de esta manera: “Quien plantee su vida en perpetua referencia a sí mismo, buscando siempre su propia ventaja, su propio beneficio, su propio éxito, al final la encontrará vacía y sin sentido. En cambio el que plantee su vida a la luz de la propuesta que hace Jesús, a la luz del Evangelio, en referencia a él y al Reino, encontrará que su vida tiene consistencia, sentido y plenitud”. Esta frase de Jesús, en la que él reclama ser el referente que puede dan sentido y contenido a la vida de sus seguidores es quizá una de las reivindicaciones más radicales de su condición divina, pues solo quien tiene conciencia de ser Dios puede pretender ser el referente obligado para la vida de toda otra persona. “Renunciar a sí mismo” consiste en optar por tener a Jesucristo como el único referente válido para darle sentido a la propia vida.

En la segunda lectura de hoy, el apóstol Santiago plantea la pregunta ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? El apóstol pone como ejemplo de obra en la que se demuestra la fe, las acciones caritativas a favor del prójimo: dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Pero la obra radical en la que se demuestra la fe es esa renuncia a sí mismo de la que nos habla Jesús, el tomar la cruz de cada día para vivir en la plena y total referencia a Dios, lo que necesariamente implica la actitud y las acciones de servicio al prójimo. La fe no es un mero conocimiento sin incidencia en la vida real; la fe es un planteamiento de vida en total referencia a Jesús y su Evangelio. La fe es así una fuente de identidad personal. Así como Jesús es el Mesías que asume su vida en total obediencia a Dios, así también los cristianos obtenemos nuestra identidad del seguimiento a Jesús el Mesías en su mismo estilo y forma de vida.

 
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