Horario Parroquial

Misas

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Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
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Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

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Domingo 23° Ordinario

El relato de la curación del sordomudo que acabamos de escuchar es propio del evangelista san Marcos. Solo él lo cuenta. Jesús viene de regreso de una gira por territorio de extranjeros. En eso le traen a un hombre. No llega por sí solo ante Jesús, son otros los que lo llevan. El hombre es sordo y por lo tanto tartamudea al hablar. Quien no oye tampoco puede hablar bien. Los que lo traen lo presentan a Jesús para que le imponga las manos, en señal de bendición, quizá también como gesto de curación.

Pero Jesús se lo lleva aparte, pero no tan lejos que nadie lo vea, si no, ¿cómo habría testigos de lo que hizo con él? En ese gesto de llevárselo aparte, se da una señal de que lo que va a suceder es una acción especial, una acción divina fuera de lo común. En esta ocasión, Jesús no se vale solo de su palabra para sanar. Realiza gestos y procedimientos simbólicos de lo que se quiere alcanzar. Mete sus dedos en los oídos del sordo, como para abrirlos. Escupe en sus dedos y con la saliva toca la lengua del tartamudo, un rito que nos resulta hasta poco higiénico, pero en aquel tiempo la saliva se consideraba el lubricante del habla. Y luego un último gesto triple: mirada al cielo, suspiro profundo y grito en arameo: ¡ábrete!

Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. De modo que los que lo vieron estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. A la luz de la profecía de Isaías, que hemos leído como primera lectura, este sería un signo de la llegada de la salvación. Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará. El pasaje tiene un valor simbólico. Abrir los oídos para que el sordo oiga es el propósito de la evangelización. La fe surge de la escucha de la proclamación del Evangelio dice san Pablo (Rm 10,17). Pero para escuchar, acoger y aceptar el Evangelio hace falta abrir los oídos del corazón. Por otra parte, la fe se manifiesta por medio de la palabra. El que cree porque ha escuchado, manifiesta su fe declarando con su palabra su asentimiento a la fe. Si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás. En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se obtiene la salvación (Rm 10, 9-10).

En la liturgia del bautismo de niños, hay un rito opcional, que se inspira en este pasaje del evangelio. El ministro que bautiza, toca con el dedo pulgar los oídos y la boca del niño y dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre.” Es decir, que la Iglesia vio en este milagro de Jesús un símbolo de la evangelización por la que escuchamos y acogemos la Palabra de Dios y luego junto con toda la Iglesia profesamos con la boca nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ese es el inicio de la salvación.

Jesús manda a los testigos de la curación que no lo digan a nadie, pero nadie le obedece. Cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban. Jesús seguramente manda a callar, porque no son sus milagros lo que debe atraer a la gente hacia él. No son los milagros el signo distintivo de su misión, sino su cruz. Sin embargo la gente lo proclama con tanta mayor insistencia porque en Jesús ha descubierto a su Señor y Salvador. Con Jesús ha llegado el reinado de Dios, y eso es motivo de júbilo y alegría.

Pero sabemos bien, que la fe no es solo cosa de palabras, es cosa también de obras. La fe se manifiesta en primer lugar en la conducta santa del creyente. Si la fe no se hace vida, es pura ideología. La fe se manifiesta en la conducta moral y éticamente coherente del creyente. El que cree, no solo escucha el relato de las obras de Dios para dejarse implicar en ellas. También escucha las exigencias de los mandamientos de Dios, para vivir de acuerdo con ellos. Lo que vale es la fe que actúa por medio del amor, enseñará san Pablo (Gal 5,6). Y es que con la fe entendemos el designio de Dios sobre nosotros; pero con nuestra conducta y nuestras acciones construimos nuestra vida según ese designio de Dios. Nuestra conducta manifiesta que vivimos de la fe según la voluntad salvadora de Dios hacia nosotros. Por eso fe y conducta son inseparables.

Pidamos al Señor que abra nuestros oídos para entender cada vez mejor su Palabra; que suelte nuestra lengua para profesar siempre la fe de la Iglesia y sobre todo nos dé la libertad para actuar siempre según su voluntad.

 
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