Horario Parroquial

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Domingo 22° Ordinario

Después de cinco domingos en los que escuchamos sucesivos pasajes del capítulo 6 del evangelio según san Juan, volvemos otra vez al evangelio de san Marcos. Hemos escuchado el relato de un episodio, que en principio nos puede parecer extraño, sin pertinencia a nuestras preocupaciones actuales, pero enseguida veremos que también nos ayuda a esclarecer situaciones de nuestro tiempo.

En sustancia los maestros fariseos reclaman a Jesús que sus discípulos no cumplen con las leyes de pureza ritual, y

Jesús responde diciendo que las leyes que verdaderamente importan son las que rigen la conducta moral del hombre, que nunca se pueden derogar ni siquiera mitigar. Los judíos del tiempo de Jesús expresaban su adhesión a Dios, su sentido de identidad y pertenencia al pueblo de Dios, incluso también su piedad, por medio de prácticas rituales. Por ejemplo, al venir de la calle, donde seguramente habrían tocado o tropezado con objetos mundanos o impuros, debían realizar ritos para despojarse de esa impureza ritual o descalificación personal que se les había pegado. Para volverse idóneas nuevamente, se lavaban las manos. Como no existe nada en nuestra cultura o nuestra religión que se parezca a esta mentalidad, nos cuesta entender la práctica. Los discípulos de Jesús, seguramente con su aprobación, no se atenían a estas prácticas que Jesús consideraba superadas. Las llama preceptos humanos. Posiblemente eran prácticas justificadas con algún pasaje de la Escritura, como señal de piedad y religión. Pero, dice Jesús, lo que hace a una persona mala no es tropezarse en la calle con algún objeto considerado impuro, sino las malas acciones que nacen del corazón. En nuestra cultura cristiana muchas personas se santiguan al pasar frente a una iglesia, y es un signo de respeto. Pero ese gesto tampoco los hace moralmente buenos. Lo que cuenta es la observancia de los preceptos morales.

Estos son los preceptos que tienen el propósito de defender la vida, de custodiar el fruto del trabajo humano, de preservar la integridad y santidad de la familia, de asegurar que los padres ancianos reciban de los hijos el sustento necesario para la vida. Estos preceptos derivan de la misma condición humana, de su naturaleza personal, de su organización social básica. El cumplimiento de estos preceptos no es voluntario, no es opcional. Mandamientos tales como no matar, no robar, no cometer adulterio, honrar padre y madre regulan la conducta humana y hacen que la convivencia social sea posible. Jesús los llama mandamientos de Dios, porque los principales y más fundamentales de ellos fueron promulgados por Dios en el Sinaí. Son los Diez Mandamientos. Pero es necesario saber que estos mandamientos son de obligado cumplimiento, no porque Dios los promulgó, sino que Dios los promulgó y puso su autoridad divina detrás de ellos porque son necesarios para la vida. Robar es malo, no porque Dios lo prohibió, sino porque para vivir en sociedad es necesario que respetemos el fruto del trabajo de toda persona y el dominio que una persona adquiere sobre cierto cúmulo de bienes a través del trabajo. Matar es malo, no porque Dios lo prohibió, sino que para vivir en sociedad debemos respetar el derecho a la vida de toda persona inocente. Cometer adulterio es malo, por muchas razones, pero la principal es que el bien de la sociedad exige que se respete la integridad de la familia. Estos mandamientos obligan no solo a los que creen en Dios; obligan a toda persona que pretenda vivir en sociedad. Estos mandamientos no son preceptos religiosos, aunque Dios los proclamara en el Sinaí. Son preceptos necesarios de cumplir para que a convivencia humana sea posible.

Jesús enseñaba que los fariseos ponían su celo e interés en lugar equivocado, cuando exigían con minucioso empeño el cumplimiento de los preceptos rituales y fácilmente encontraban excusas y pretextos para restar obligatoriedad al cumplimiento de alguno de los Diez Mandamientos, como aquel de honrar padre y madre.

Quiero aplicar esta distinción a un problema de mucha actualidad en nuestro país, donde hay grupos que impulsan leyes para legalizar el aborto, incluso en contra de la sensibilidad moral de la mayoría de los ciudadanos. El aborto provocado es el asesinato de un ser humano en su estado de mayor indefensión, dependencia y vulnerabilidad. Cuando una pareja quiere tener un hijo, desde la primera noticia de que la señora está embarazada, la familia ya reconoce que lo que se gesta en el vientre de la mujer es un ser humano. Le busca nombre, cuida su gestación, prepara su futuro nacimiento y recepción en la familia. Que el embarazo sea resultado de una violación, de jugar al sexo, o de cualquier otra causa anómala no anula el carácter personal humano de la criatura engendrada. Que la madre que la gesta no la quiere no le da derecho a matarla, a suprimirla. El remedio para estos casos no consiste en legalizar y legitimar el asesinato de esos niños, sino en educar a los jóvenes en la ética sexual, en prevenir y castigar las violaciones, y en facilitar la adopción de esos niños por personas que los quieran.

Normalmente quienes se oponen a la legalización del aborto son personas religiosas. Los creyentes cristianos, judíos y musulmanes por lo general rechazan el aborto como inmoral y se oponen a la legalización. Por eso, la parte contraria argumenta que la prohibición del aborto es un precepto religioso, que afecta a los creyentes, pero no a los que no tienen fe. En un estado secular y no confesional debe haber una ley que autorice y regule el aborto para los que no viven según una religión. Pero el mandamiento de no abortar, que es una variante del mandamiento de no matar, no es un precepto religioso. Es un precepto de moral natural, de moral humana, que por su importancia Dios ha asumido y promulgado para que con su autoridad comprendamos la importancia que tiene el mandamiento. Es un mandamiento válido también para los que no son creyentes, porque inculca y fomenta el respeto a la vida humana precisamente en su etapa de mayor vulnerabilidad y dependencia. Solo una sociedad que respeta la dignidad y la vida de los seres humanos, en todas las edades y condiciones sociales, es una sociedad en la que es seguro vivir. Eso es lo que está en juego en el debate actual. Por supuesto, el aborto no es el único crimen que atenta contra la vida del prójimo, pero este es el que ahora está en discusión.

 
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