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Domingo 21° Ordinario

El pasaje que acabamos de escuchar es la conclusión de la gran revelación que Jesús hace de sí mismo ante sus discípulos y el pueblo judío. Él se ha manifestado como pan de vida que hay que comer creyendo en él para tener vida eterna, y también ha manifestado que hay que comer su carne y sangre para alcanzar la propia resurrección. Él se ha manifestado como la referencia esencial y única que tiene el ser humano para alcanzar la plenitud para la que ha sido creado.

Algunos de sus discípulos, fíjense bien, de sus discípulos, no de sus enemigos, rechazaron esta declaración, esta revelación. Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? Es intolerable que Jesús diga que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; pero es igualmente intolerable que Jesús diga que él es el pan verdadero, el pan que ha bajado del cielo, el pan que da vida eterna. ¿Por qué es intolerable? En primer lugar, porque a su auditorio le parece que Jesús se está arrogando una condición superior a lo que se ve. Jesús está atribuyéndose cualidades divinas cuando lo que ellos ven es un simple hombre. A su auditorio le parece una pretensión sin límites que Jesús haya dicho que él es el pan que ha bajado del cielo, cuando ellos saben que Jesús se crio en Nazaret y allí conocen a su parentela. Pero en el fondo, el discurso de Jesús parece intolerable porque nos está diciendo que solo a través de él se puede alcanzar la plenitud. Hoy hay muchos que dicen que es intolerable la pretensión católica de considerarse poseedora de la verdad plena e íntegra sobre la salvación humana. Es intolerable, dicen, que tomemos a Jesucristo como el único fundador de la religión verdadera. Es intolerable que la iglesia católica diga que las demás religiones tienen solo fragmentos más o menos grandes y destellos más o menos luminosos de la única verdad que solo ella posee. Es intolerable que la verdad sea única y conocida y no una simple etiqueta para designar mi gusto, mi preferencia, mi persuasión.

Pero por otra parte, el discurso de Jesús también es intolerable, porque no queremos depender de nadie, ni de Dios. Es intolerable porque queremos construirnos con nuestros propios medios, recursos y esfuerzos. Quienes creen en las prácticas de autoayuda, autorrealización, automotivación serían hoy los primeros que rechazarían a Jesús. A lo sumo lo tomarían como ejemplo de auto superación para imitarlo en sí mismos. Pero Jesús se nos presenta como un referente externo a nosotros mismos hacia quien debemos salir para creer en él, para confiar en él, para depender de él, para vivir en él, y así recibir de él nuestra plenitud. Eso es intolerable, que no seamos autosuficientes.

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo, “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?” Jesús remite al fin de su vida, a su vuelta al Padre, que es también su origen y principio de su existencia. Entonces, en su glorificación, quedará patente que su discurso era verdadero. El Espíritu es quien da vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. La carne que no aprovecha para nada no puede ser la carne suya que debemos comer para alcanzar la vida eterna. La carne que para nada aprovecha es la del hombre que se encierra en sí mismo y se construye desde sí mismo y no se abre a Dios, al Espíritu que él nos da como medio de comunión con él. Jesús nos invita a la fe, a la confianza, a depender de él para entendernos y para encontrar el sentido y plenitud de nuestra vida.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. La resistencia a dar el paso de la fe es frecuente. Jesús lo constató en su tiempo. Nosotros lo vemos en el nuestro. Nuestra época se ha convertido en tiempo de la increencia de parte de muchos; o quizá en un pueblo religioso como el nuestro, en un tiempo de la religión a la carta. Se asumen prácticas, costumbres, pero no se acaba de entregar la vida por entero a Dios. Creemos en Dios, pero buscamos un dios a nuestra medida, gusto y conveniencia. Y se multiplican los lugares de culto, gigantescos y minúsculos, proliferan los grupos y asociaciones, movimientos y espiritualidades cada uno a la búsqueda de su dios. En el fondo esa es la versión moderna de echarse para atrás para no caminar ya más con Jesús.

Jesús confronta a los suyos, a los más íntimos, a los Doce: ¿También ustedes quieren dejarme? Pedro da la respuesta por todos: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios. En sustancia esta respuesta de Pedro es una profesión de fe en Jesús como el Hijo de Dios muy semejante a la otra respuesta suya que encontramos en los evangelios sinópticos, cuando Jesús les preguntó qué pensaban ellos de él. ¿Quién dicen ustedes que es el Hijo del hombre? Esta declaración de Pedro afirma con la claridad más rotunda, con la firmeza más inconmovible, con la certeza más firme la convicción de que en solo Jesús se encuentra la salvación humana. No es que además de Jesús haya otros maestros de fe, pero que ellos optan por Jesús, dejando que otros sigan a los otros maestros. Es que no hay ni otro lugar, ni otro medio ni otra persona en quien se pueda encontrar la salvación, más que en Jesús. El relativismo religioso actual, según el cual cada pueblo tiene su religión, cada religión es un camino, y todos los fundadores de religiones, incluido Jesús, son profetas igualmente auténticos y sus religiones son igualmente vías de salvación para quienes lo practican es completamente incompatible con la respuesta de Pedro. Solo Jesús. Y la singularidad del camino que es Jesús lleva consigo asegurar los medios para que esa singularidad de su persona sea accesible a los hombres de todos los tiempos. No tiene sentido que si Jesús es el único salvador que hay, su revelación de diluya y fragmente en docenas de interpretaciones distintas ninguna de las cuales lo conserva íntegro. De allí también nuestra confianza en que la Iglesia católica nos transmite el conocimiento y la experiencia de Jesús auténtica y verdadera. Entonces es nuestro deber, darlo a conocer a quienes todavía no lo conocen y custodiar su memoria y su doctrina para las generaciones futuras.

 
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