Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
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Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 20° Ordinario

Acabamos de escuchar el final de la enseñanza de Jesús acerca del pan de vida. En la primera parte, él se ha presentado como el pan verdadero, el pan que da vida eterna. Un pan que hay que comer creyendo en él como el Hijo de Dios. Pero Jesús da un paso más. Nos dice que nos alimenta no solo como pan que hay que comer creyendo en él. Jesús también se nos da como alimento que debemos comer en la santa eucaristía. El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida. Su audiencia protesta. ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús no suaviza su lenguaje, no da explicaciones de que se trata solo de un símbolo, sino que reafirma el realismo de su enseñanza: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

El realismo de este pasaje ha influido mucho en la comprensión católica de la eucaristía, como sacramento en el que verdaderamente está presente Cristo resucitado y que comemos de modo real para entrar en comunión de vida con él. Desde muy antiguo, siempre ha habido quien diga que la presencia de Cristo en el pan y el vino consagrados es simbólica. Pero también, desde muy antiguo, la fe compartida por toda la Iglesia ha sido que Cristo está real, verdadera y sustancialmente presente en el pan y el vino consagrados. Por eso los fieles creyentes han ido creando usos y comportamientos que reflejen con los hechos la fe en la presencia real de Cristo. La exigencia de que quien lo reciba debe estar libre de pecado mortal y de situaciones irregulares y que debe guardar un mínimo ayuno de por lo menos una hora antes de recibir el Cuerpo de Cristo reflejan la convicción de que comemos lo más sagrado y santo que hay, para lo que hay que prepararse espiritual y corporalmente. El uso de vasos nobles y hasta preciosos para contener el Cuerpo y la Sangre de Cristo; la regla de que solo los ministros ordenados lo puedan administrar de manera ordinaria; el cuidado de dónde y cómo se coloca; la prohibición de transportarlo de un sitio a otro como si se tratara de un objeto religioso más, son usos y costumbres que nos ayudan a fortalecer la convicción de que allí está verdaderamente presente Cristo.

La Iglesia católica y la ortodoxa comparten esta misma fe y ambas iglesias creemos que esta transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo se realiza por la acción del Espíritu Santo que actúa solamente a través del obispo debidamente ordenado en la sucesión de los apóstoles y del sacerdote ordenado como colaborador del obispo. Lamentablemente las iglesias protestantes y evangélicas no guardan la sucesión apostólica, han descartado el sacramento del orden y por lo tanto tampoco tienen la eucaristía. Ellos tienen la “cena del Señor” que, según ellos mismos dicen, es una representación de la última cena de Jesús, sin que haya presencia real y verdadera de Cristo en el pan y el vino que comparten. En la Iglesia católica explicamos que por la acción del Espíritu Santo y las palabras del sacerdote debidamente ordenado el pan y el vino cambian de identidad o de sustancia. Ya no son pan y vino, aunque lo parezcan, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Esta es una convicción que se ha debilitado enormemente en la conciencia y en la conducta de nosotros los católicos hoy día. La celebración de la misa por cualquier motivo u ocasión y la comunión frecuente, por lo demás recomendada y buena, ha traído la consecuencia indeseable que se trivialice el sacramento. Se ha vuelto una cosa rutinaria. La idea de que si no se va a comulgar durante la misa, la asistencia es casi inútil, ha traído como consecuencia que todo el que asiste a misa crea que tiene la obligación de comulgar, con lo que todo el mundo se acerca como si de una obligación social se tratara. La costumbre muy difundida en algunos grupos de llevarlo donde se reúnen para la oración, en vez de que esos grupos se reúnan para la oración donde el sacramento está reservado lo vuelve un objeto manipulable. Ya san Pablo tuvo que tomar medidas correctivas, cuando, en Corinto, la eucaristía se celebraba junto con la cena ordinaria y la cena ordinaria se volvía motivo de rebatiña entre el que tenía que comer y el que no tenía. Para comer están las casas, sentenció el Apóstol y separó la eucaristía (cf. 1Cor 11,22).

Cuando comemos el Cuerpo de Cristo se produce una íntima unión de nosotros con él y de él con nosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Cuando comemos el Cuerpo de Cristo, nos convertimos en el Cuerpo de Cristo, en la Iglesia. A diferencia del alimento ordinario, que al comerlo se transforma en nuestra carne, grasa, sangre y hueso, cuando comemos el Cuerpo de Cristo, nosotros que lo comemos nos transformamos en él, que es nuestro alimento espiritual. Al comer el Cuerpo eucarístico de Cristo nos transformamos en la Iglesia Cuerpo de Cristo. La Iglesia hace o celebra la eucaristía para que la eucaristía a su vez dé a la Iglesia su ser y existencia.

Esta unión tan estrecha entre Cristo y nosotros que se produce en la eucaristía tiene como consecuencia que la eucaristía sea alimento de vida eterna. El que come de este pan vivirá para siempre. Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. La Iglesia por eso manda que los católicos recibamos la comunión al menos una vez al año, aunque nos anima a hacerlo con mayor frecuencia. Sin embargo, el valor de la misa es tal, que la Iglesia nos manda que participemos todos los domingos del año y fiestas más solemnes e importantes, aunque no comulguemos en todas las misas a las que asistamos. Tiene un gran valor participar en la misa aunque no comulguemos cada vez que asistimos.

“Adoremos, pues, postrados, tan gran sacramento. Y que las antiguas ceremonias cedan ante esta nueva celebración. Que la fe vea y entienda lo que los sentidos no alcanzan,” dice en una de sus estrofas el himno a la eucaristía compuesto por Santo Tomás de Aquino. Que la eucaristía sea fuente de vida, de esperanza y de caridad en nosotros.

 
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