Horario Parroquial

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Domingo 19° Ordinario

El pasaje del evangelio que acabamos de escuchar es la continuación del que leímos el domingo pasado. Hace una semana, el evangelio concluía con una declaración audaz y admirable de Jesús: Yo soy el pan de la vida. El pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed. Con esas palabras Jesús se manifiesta como Dios, como aquel capaz de saciar la profunda sed de eternidad y plenitud del corazón humano. Él, que a los ojos de los hombres, aparecía como un hombre más. Por eso aquellos que adversan a Jesús, que se resisten a creer en él, protestan, murmuran: ¿No es este, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo? Como conocían a su familia y su origen humano, no podían creer que tuviera un origen divino también.

Los evangelios tienen la apariencia de una biografía, de un relato histórico, que nos cuenta episodios de la vida de Jesús para que conozcamos quién fue él. Pero aunque parecen una biografía de Jesús, los evangelios en realidad fueron escritos para suscitar la fe en Jesús. Al menos los evangelistas Lucas y Juan, uno al principio y el otro al final de su obra, explican claramente su propósito. Escriben para que conozcamos la solidez de las enseñanzas recibidas; para que pongamos nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios y así alcancemos la salvación. Los evangelistas quieren que quienes leen sus obras crean en Jesús, pero no tienen reparo en contar que no pocos que vieron y conocieron a Jesús no creyeron en él. Me admira mucho que no se avergüencen de consignarlo. Un escrito de pura propaganda solo contaría historias de las multitudes que seguían a Jesús y lo aclamaban; pero no contaría sus fracasos; no diría nada acerca de la resistencia que encontró, de modo que muchos no lo aceptaron y hasta organizaron su muerte. Un escrito de propaganda cuenta solo lo que sirve a sus objetivos y calla lo que no favorece su propósito. Los evangelios no son escritos de propaganda, sino testimonios de fe. Un testimonio de fe no teme a la verdad completa. Por eso los evangelios dicen que Jesús atrajo y convenció a mucha gente; pero que hubo otros muchos que se resistieron a creer en él; y lo que ocurrió entonces ocurre también ahora. Muchos creen en Jesús y muchos lo rechazan.

Jesús explica este misterio. Creer o no creer en él no es cosa de simple persuasión humana, no es el resultado de la habilidad de un vendepalabras que logra seducir al oyente para que se adhiera a su propuesta. No. Creer en Jesús es la manifestación de la obra del Padre en el corazón del hombre. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él se acerca a mí. A ese yo lo resucitaré el último día.

Estas declaraciones de Jesús provocan un sinfín de preguntas. Entonces, ¿creer o no creer no es mérito nuestro sino decisión arbitraria de Dios que influye en unos para que crean y deja a los otros en la oscuridad? Entonces, ¿nadie puede ser felicitado por creer ni censurado por no creer, puesto que creyentes son solo aquellos que el Padre atrajo hacia Jesús y no creyentes son aquellos que Dios dejó de su mano? Esas preguntas plantean mal el problema, porque Jesús todavía añade una frase más que cambia la perspectiva: Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. En esta declaración creer o no creer ya no es una decisión arbitraria y arcana del Padre. En esta segunda declaración creer en Jesús es la consecuencia de haber abierto el oído y el corazón para escuchar primero la voz de Dios.

Creer en Jesús exige primero la disposición de liberarse de la actitud que lo centra todo en uno mismo para abrirse a la realidad mayor que uno mismo que es Dios que se insinúa a la mente y al corazón. El Padre lo atrae a uno hacia Jesús, pero el Padre atrae solo a aquellos que se dejan atraer. Aquellos que se dejan atraer son los que han derribado el cerco mental que hace del yo personal una realidad aislada en sí misma, y se abren a la realidad mayor de Dios que nos rodea y nos supera y hacen de Dios el centro de referencia de su yo personal. La fe en Cristo es posible para aquel que se ha descentrado de sí para abrirse a la realidad más grande de Dios que nos circunda y acoge, para dejarse entonces atraer por Dios. La fe en Cristo es el resultado de la acción de Dios en el corazón del hombre que ha renunciado a erigirse como criterio supremo de la realidad.

La consecuencia de la fe en Cristo es la vida eterna. Yo les aseguro: el que cree en mí tiene vida eterna, porque yo soy el pan de la vida. El que coma de este pan vivirá para siempre. Pero, ¿qué es esa vida eterna que promete Jesús? ¿Por qué piensa Jesús que la deseamos y por eso nos la ofrece?

Los hombres y mujeres que nacemos en este mundo encontramos inicialmente unas referencias inmediatas que nos dan sustento e identidad. Conocemos a nuestros padres y reconocemos en ellos nuestro origen. Los niños que han quedado huérfanos y los adoptados reclaman conocer a sus progenitores, que les hablen de ellos. Nos identificamos con la familia, la comunidad, el pueblo y el país en que nacimos y nos criaron. Esas realidades inicialmente dan razón de quienes somos. Luego nosotros mismos vamos construyendo con nuestras opciones quiénes queremos ser. Pero los padres fallecen, nos trasladamos a otro pueblo y a otro país, las metas que nos propusimos no se cumplen del todo, nos equivocamos en las decisiones que tomamos y descubrimos que somos fugaces pues estamos abocados a la muerte. Entonces nos preguntamos si no habrá una realidad consistente y perdurable que sea la referencia que dé sentido firme, solidez confiable y plenitud de felicidad a nuestro deseo. Y Dios se nos presenta como la respuesta a nuestro deseo. La vida eterna es Dios mismo que se nos muestra como aquel en quien encontramos el sentido, la solidez y la plenitud que deseamos. Y Dios es nuestra vida eterna, pues Él es más firme que la misma muerte y confiamos superar en Él el abismo de nuestra muerte. Nosotros creemos que Jesús, y solo Jesús, nos abre el camino a ese Dios, Padre nuestro, origen y meta de nuestra existencia y nuestra felicidad plena, nuestra vida eterna.

 
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