Horario Parroquial

Misas

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Domingo 18° Ordinario

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar continúa la historia de la multiplicación de los panes y los peces que se leyó el domingo pasado. El final de esa historia fue confuso. Como la gente quería hacer rey a Jesús, él se retiró a una montaña cercana y desapareció de la vista de la gente. Los apóstoles por su parte regresaron a Cafarnaúm. Cuando la gente se vio sola, también hizo el viaje de regreso en unas barcas que casualmente llegaron al lugar donde estaban. Jesús, por su parte, atravesó el lago de modo extraordinario, a pie sobre el lago, en un episodio que en esta ocasión no hemos leído. El asunto es que al día siguiente de la multiplicación de los panes, todos los actores están en la orilla opuesta del lago, en Cafarnaúm.

La gente que había comido pan dado por Jesús, sigue buscándolo, quizá a la espera de recibir otros beneficios similares. Por eso cuando lo encuentran, se alegran, pero se sorprenden, porque no saben cómo se trasladó. Por eso le hacen la pregunta con la que comienza el relato de hoy: Maestro, ¿cuándo llegaste acá? Jesús no responde a esta pregunta, sino que más bien cuestiona las motivaciones que mueven a la gente a buscarlo: Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. Es como si dijera: Ustedes me buscan por las razones equivocadas. Pero ustedes me buscan porque creen que yo les puedo solucionar sus necesidades temporales de alimento, vivienda, vestido, salud, educación, buen clima y en definitiva progreso y prosperidad. Ciertamente yo les di pan y les resolví un tiempo de comida. Pero mi propósito iba más allá de resolverles el problema de la comida. Con la señal milagrosa quería que ustedes descubrieran que hay otras necesidades más grandes y profundas que la del alimento o la salud, de la vivienda o el vestido, de la educación o el buen clima. Les di de comer como un signo de que he venido a alimentar su hambre espiritual. Ustedes se han quedado en el signo y me buscan para que yo les resuelva quizá otro tiempo de comida, les cure a los enfermos o quizá les dé ropa nueva. Estas son necesidades reales, pero la satisfacción de estas necesidades está al alcance de la inteligencia y el emprendimiento humanos. Pero no se dan cuenta de que tienen otras necesidades que no son tan visibles y evidentes, pero que son igualmente perentorias y vitales, y que son las que yo he venido a resolver, porque solo Dios las puede resolver. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del Hombre; porque a éste el Padre lo ha marcado con su sello.

Esa advertencia antigua de Jesús es igualmente importante para nosotros hoy. Debemos constantemente preguntarnos, ¿por qué buscamos a Jesús? Los cristianos de manera privada o la Iglesia de manera organizada, movidos por la caridad, ofrecen ayuda para resolver necesidades temporales de las personas: facilitan la adquisición de comida en caso de hambre, de medicinas en caso de enfermedad. Con motivo de alguna calamidad, los cristianos nos organizamos para salir al paso de las necesidades del prójimo y ayudarlos a resolver las carencias de alimentos, medicinas, vestido, vivienda. La misma Iglesia organiza su caridad y presta, en nombre de Dios, servicios de todo tipo para responder a las urgentes necesidades humanas. Es más, la Iglesia enseña que la misión del laico es la de buscar la transformación de las realidades temporales para procurar el desarrollo de la sociedad para que sea más humana e incluyente. Pero sería fatal que los cristianos creyéramos que la misión de Jesús es principalmente lograr el desarrollo humano o que quienes se benefician de la ayuda que la Iglesia les presta crean que deben formar parte de ella a causa de los beneficios temporales que reciben de ella. La Iglesia debe dar testimonio de su fe por medio de la caridad, pero su tarea principal es conducir a los creyentes a la vida eterna. Quienes llegan a la Iglesia deben hacerlo por haber encontrado en Jesús el rumbo de su vida, no por haber encontrado vivienda o medicinas o educación.

Como Jesús ha utilizado la expresión “trabajar” en la frase trabajen por el alimento que dura para la vida eterna, sus interlocutores le preguntan cuál es el trabajo que deben realizar para alcanzar la vida eterna. Jesús les responde: La obra de Dios consiste en que crean en aquel que él ha enviado. La obra esencial y básica que nos pone en camino de la vida eterna es la fe en Jesús, es creer en Jesús. Y creer consiste en poner la propia vida, entender la propia vida, asumir la propia vida a la luz del proyecto que nos propone Jesús. Seguir a Jesús, unirnos a Jesús, dejarnos acoger por Jesús son algunas de las variadas expresiones con las que se puede describir el acto de fe.

Los oyentes le piden entonces a Jesús un signo de credibilidad y le proponen como ejemplo el signo del maná. Moisés se ganó la credibilidad de los israelitas dándoles maná en el desierto. Jesús ya ha dado el signo de su credibilidad en el milagro que ha realizado de multiplicar los panes. Ese signo debía ser suficiente para que quienes lo vieron llegaran a la conclusión de que Jesús es el enviado de Dios y no simplemente el que tiene los medios para satisfacer el hambre corporal. Los judíos llaman al maná dado por Moisés, pan del cielo. Pero Jesús corrige. No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo. Es decir, la credibilidad de Jesús también está en su origen. Ciertamente no se trata de un signo visible. La fe consiste en creer precisamente que Jesús tiene su origen en Dios y viene de Dios para dar al mundo la vida de Dios.

Ahora por fin la gente pide: Señor, danos siempre de ese pan. Y Jesús se identifica plenamente: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed. Jesús es un pan que, en principio, no se come con la boca, sino que con el entendimiento y el corazón, con la fe y la voluntad de creer. El que cree en Jesús, el que asume su propia vida a la luz de la propuesta de Jesús encuentra sentido, plenitud, alegría y la participación en la vida de Dios desde ahora y para siempre. Por eso Jesús es el pan de la vida eterna. Creer en él es nuestra alegría y darlo a conocer nuestra felicidad.

 
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