Horario Parroquial

Misas

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Domingo 16° Ordinario

La primera lectura de hoy nos impacta. El profeta Jeremías, haciéndose portavoz de Dios, se lamenta de los malos pastores que han dejado perecer al rebaño. Naturalmente el profeta está hablando en sentido figurado, y se refiere a los guías del pueblo, que con su conducta, con sus malas acciones, con sus enseñanzas erradas, no han llevado al pueblo hacia Dios, sino hacia la perdición.

Es bueno que de vez en cuando haya en las misas del domingo algunas lecturas que nos permitan reflexionar sobre el ministerio de los obispos y sacerdotes, sobre lo bien o lo mal que desempeñamos el ministerio, pues todo el pueblo de Dios, también los laicos, deben escuchar lo que deben y pueden esperar de nosotros y deben saber si nosotros, los sacerdotes, sabemos cuál es nuestra misión y reconocemos nuestras faltas y pecados, para corregirnos.

La queja contra los malos pastores es antigua, pero es también actual. Jesús dejó al frente de la Iglesia a los obispos y sacerdotes. A lo largo de la historia y todavía hoy, hay obispos y sacerdotes ejemplares y santos. Pero también ha habido y hay obispos y sacerdotes que no están a la altura de su ministerio: enseñan sus opiniones y no la Palabra de Dios como se transmite en la Iglesia, viven de manera incoherente con el ministerio que han recibido. Conocemos sacerdotes, e incluso algún obispo, que no guardan el celibato porque tienen una pareja con la que conviven, a veces una mujer, a veces otro hombre. Conocemos a ministros de la Iglesia que son esclavos del alcohol o del dinero, y últimamente por todas partes aparecen acusaciones contra sacerdotes y también contra algún obispo de haber abusado sexualmente de menores de edad, más recientemente en Chile y nuevamente en los Estados Unidos. La gente a veces se queja de que no reciben la atención que buscan; que recurren al sacerdote y no lo encuentran o si lo encuentran está de mal humor y responde con palabras muy fuertes. Hay sacerdotes y obispos que buscan el poder o la fama o el dinero. ¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas de mi rebaño!, dice el Señor. La situación ha llegado a tal punto, que en muchos lugares, la gente presume que todos los clérigos somos abusadores de menores o somos culpables de algún otro vicio oculto a menos que demostremos lo contrario. La presunción de inocencia para los sacerdotes es rara.

Esto es muy grave. Es grave, porque es falso que todos los obispos y sacerdotes seamos culpables de algún delito grave y oculto. Hay mucho obispo y sacerdote que vive con coherencia y enseña rectamente el camino de la salvación. Pero es grave, porque lamentablemente hay ministros de la Iglesia que sí son culpables de algunos de los delitos más graves y no debiera haber ninguno. Por supuesto, no todos son culpables de todos los delitos, pero sí de uno o de otro pecado. Necesitamos pedir perdón a Dios y al pueblo de Dios en la medida en que cada uno de nosotros hemos fallado.

La respuesta de Dios es severa: Yo me encargaré de castigar la maldad de las acciones de ustedes. Esta amenaza del Señor debe hacernos recapacitar a todos nosotros que hemos recibido este ministerio, con el fin de que quienes reconozcan cometer algún delito se corrijan y todos nos esforcemos cada día para crecer en identidad con Jesús y en santidad. El pueblo de Dios necesita pastores santos y buenos. Les pondré pastores que las apacienten, dice el Señor. Y todavía Jesús, según cuenta el evangelio de hoy, cuando vio cómo la multitud lo seguía, se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Incluso cuando quería retirarse a un lugar apartado, allí estaba la gente recurriendo a él.

De todas las faltas que se detectan en el clero tengo excusa solo para una. A veces, no siempre, la ausencia para la atención personal, para prestar un servicio litúrgico, no se debe a maldad, a egoísmo o a desinterés, sino a falta de tiempo. Somos exageradamente pocos sacerdotes para la cantidad de personas que reclaman atención, servicios, acogida. Somos demasiado pocos para la cantidad de lugares a los que debemos llegar. La carencia no se resuelve habilitando a laicos para que desempeñen esas funciones, pues esa no es la misión del laico en la Iglesia y debemos evitar clericalizar a los laicos. En ese sentido, es apremiante la solicitud y la invitación para que más y más jóvenes estén dispuestos a consagrarse al Señor en cuerpo y alma para ser sacerdotes entregados a Él al servicio del pueblo de Dios. Vuelvo, pues, a hacer la invitación a todos. No dejemos que las faltas y hasta delitos que ustedes ven en nosotros los desanimen y los aparten de Jesús y de su Iglesia. Somos seguidores de Cristo, no de ningún sacerdote u obispo.

En cuanto a las faltas y pecados que son ciertos, debemos pedir perdón y debemos agradecer la paciencia y tolerancia de los laicos, que a pesar de nuestras faltas nos siguen aceptando, nos respetan, nos buscan. Debemos corregirnos; debemos renovar nuestra fe, nuestra consagración a Dios y buscar los medios para alejarnos de las situaciones o comportamientos ajenos al ministerio. Hay que acompañar y motivar a los sacerdotes jóvenes para que mantengan la mirada puesta en Jesucristo y cada día se identifiquen más con él.

El sacerdocio católico es un sacramento por el cual Cristo hace de quien recibe la ordenación instrumento de su presencia y de su acción. Es un enviado de Cristo sacerdote a través de quien Cristo ejerce su sacerdocio de misericordia y santificación. El sacerdote es tal en todo momento, de día y de noche, en horario de oficina y fuera de horario. Precisamente porque pertenece a Otro, porque pertenece a Cristo, la Iglesia le pide que su conducta y hasta su porte exterior deje patente su pertenencia a Dios. El vestido distintivo hasta se puede convertir en un freno a la inclinación de cometer acciones incoherentes con la vocación recibida. El modelo del pastor es Jesucristo. El Señor es mi pastor, nada me faltará. Que los que ya somos sacerdotes de la Iglesia lo imitemos cada día más y que el Señor suscite las vocaciones necesarias para atender a su pueblo con la misericordia y la integridad que corresponden a quien actúa como enviado y representante de Cristo.

 
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