Horario Parroquial

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Domingo 14° Ordinario

El pasaje del evangelio según san Marcos que acabamos de escuchar narra el dramático fracaso de Jesús en su pueblo, Nazaret, cuando llegó para visitar y aprovechó la ocasión para predicar en la sinagoga. Sus paisanos se resisten a aceptar su mensaje. Pero no rechazan el mensaje de Jesús porque sea palabrería que no se entiende; no lo rechazan porque diga cosas novedosas contrarias a lo que siempre se había tenido como verdad; no lo rechazan porque su mensaje transmita ideas falsas o equivocadas.

Lo rechazan porque él, Jesús, es uno de ellos, es un paisano. ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas?, se preguntan. Luego reconocen que Jesús ha dicho cosas interesantes que causan asombro, porque son verdaderas. ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?, vuelven a preguntar. Reconocen, pues, que Jesús habla con sabiduría y que la fama de haber realizado milagros es auténtica. Pero como solo conocen el origen humano de Jesús, no pueden creer que tenga un origen superior. Sus palabras, su sabiduría, sus milagros dejan ver que en él hay una dimensión superior, divina; pero su humanidad les parece tan evidente y tan conocida, que no son capaces de ver en su paisano al enviado de Dios, al Hijo de Dios. ¿Acaso no es este el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Acaso no viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?

Jesús en cierto modo explica su situación citando un antiguo dicho popular: Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa. Y es que todo enviado de Dios, también Jesús, tiene que contar con la posibilidad de ser rechazado, si no por todos, al menos por algunos. Cuando Dios envía al profeta Ezequiel para realizar su misión, le advierte que su predicación caerá en oídos sordos. Aun así, debe llevarla a cabo. Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos. Jesús sufrió rechazo no solo en Nazaret. A lo largo de su vida sufrió diversos grados de rechazo. Hace pocos domingos leímos el pasaje en el que algunos, para descalificar a Jesús y su mensaje, lo acusaban de expulsar demonios con el poder de Satanás. Al final de su vida, su condena a muerte fue el rechazo definitivo promovido por la suprema autoridad religiosa de Jerusalén. El evangelista san Juan lo anunció al inicio de su evangelio: Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron (1,11).

Desde el principio y hasta el día de hoy Jesús y su evangelio siguen sufriendo rechazo. El rechazo a Jesús no proviene de una incomprensión de su enseñanza o de su mensaje. El rechazo a Jesús viene de una comprensión muy clara de que, si es verdad lo que él anuncia y propone, entonces nosotros debemos cambiar nuestra manera de pensar y de actuar; debemos cambiar nuestra manera de plantearnos la vida. Pero como no queremos dar ese cambio, entonces descalificamos al mensajero, rechazamos el mensaje, y seguimos en lo que estábamos. Hoy el rechazo a Jesús se reviste de pretextos y justificaciones de índole cultural. Hay dos tipos de rechazo. Jesús es rechazado por aquellos que se resisten a la totalidad de su mensaje y rechazan el cristianismo como propuesta de vida. Pero también entre quienes se dicen seguidores de Jesús, hay quienes rechazan algún aspecto de su persona o de su mensaje. Son cristianos a la carta. Se aceptan unas cosas del Evangelio; se rechazan o se interpretan otras; o también, simplemente se silencian.

Por ejemplo, hay quienes silencian que la fe en Jesús tiene por finalidad alcanzar la vida eterna, que esperamos la resurrección de los muertos, el juicio final, el desenlace en gloria o frustración de toda vida humana. Son los que temen que eso sea una evasión espiritualista que distraiga a los creyentes de sus compromisos en este mundo. Cuando se piensa que el cristianismo vale sobre todo por su propuesta moral de servicio y solidaridad y que el mayor beneficio que puede traer es la transformación de la sociedad, entonces mejor no se habla de la otra vida y de la esperanza del cielo. Pero si uno analiza el mensaje de Jesús, esa esperanza es central en su mensaje. La forma extrema de este rechazo se da en quienes consideran que Jesús es solo un maestro de moral. No le dan importancia a su muerte ni creen en su resurrección, pues descartan que Jesús sea el Hijo de Dios. Esto sería un mito inaceptable en nuestro tiempo, incompatible con la cultura científica y racional.

En otra línea de pensamiento se mueven los que rechazan algunas enseñanzas morales que tienen su fundamento en el mismo Evangelio o que se deducen de él. El modo de entender la sexualidad humana que se difunde en la cultura contemporánea es opuesto al modo de entender la sexualidad humana en el Nuevo Testamento. Hay muchos pensadores católicos que dicen que para mantenerse en sintonía con la cultura, hay que rechazar la ética sexual que se deduce del Nuevo Testamento. También se cuestiona la estructura y la estabilidad del matrimonio y la familia que propone el Nuevo Testamento, para sustituirlas por una idea de matrimonio más flexible, que dé cabida a nuevas variantes, más allá de la unión de un hombre y una mujer, o que sean menos estables y duraderos pues el hombre contemporáneo ya no sería capaz de compromisos de por vida.

Rechazan implícitamente a Jesús los que dicen que el cristianismo es una religión más entre las muchas que hay; que la pretensión de ser la verdadera religión fundada en la auténtica revelación de Dios es una provocación intolerable. Quienes dicen estas cosas son incapaces de decir con san Pedro: Nadie más que él puede salvarnos, pues solo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra (Hc 4,12). Que el Señor nos conceda acoger a Jesús y su mensaje de manera íntegra, incluso si eso nos obliga a adoptar formas de pensar y actuar contrarias a las tendencias culturales actuales. A medida que se descristianiza la cultura, los creyentes que quieran permanecer fieles al Evangelio parecerán más contrarios a las tendencias culturales; como lo fueron los cristianos del siglo segundo. Que el Señor nos dé la capacidad de mantener la fidelidad a Jesús y a su Evangelio para seguir creyendo en él como el único Salvador.

 
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