Horario Parroquial

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Domingo 13° Ordinario

El pasaje que acabamos de escuchar consta de dos relatos, engastado uno en el otro. Jesús acaba de regresar de una travesía por el lago. Está todavía en la playa donde una multitud lo detiene. Llega Jairo, un jefe de sinagoga, que le suplica que vaya a su casa para curar a su hija moribunda. Jesús se pone en camino. Pero antes de concluir este relato, el evangelista cuenta otro, que tiene lugar mientras Jesús va de camino a casa de Jairo.

Sale a su encuentro una mujer que padece de flujo de sangre desde hace doce años y ya está desengañada de los médicos, pues sus remedios no la han curado. Jesús es su última oportunidad. Ella sabe que Jesús es fuente de vida y salud; por eso cree que con solo tocarlo quedará curada. Lleva a cabo su propósito de manera sigilosa, para que nadie, ni Jesús, se dé cuenta de lo que hace. Lo toca y siente en su cuerpo la curación inmediata. Pero Jesús también se percata de que en medio de los empujones y tropezones con el gentío que camina con él, alguien lo ha tocado con la intención de buscar en él la salud, pues notó al instante que una fuerza curativa había salido de él. Por eso se volvió a preguntar quién lo había tocado, no para censurar el robo de esa fuerza curativa, sino para permitir la proclamación de la fe de la mujer beneficiada. La mujer se acerca asustada y temblorosa, no por miedo a un regaño de Jesús, sino como quien se acerca con respeto y trepidación ante el misterio de Dios. Jesús hace la declaración que explica lo sucedido: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad.

Los evangelistas cuentan numerosos relatos en los que Jesús cura enfermedades corporales. Uno podría ser inducido a pensar que la misión de Jesús fue principalmente la de curar enfermos de modo milagroso. De hecho, mucha gente recurre a Jesús todavía hoy para pedir salud del cuerpo. Muchos santuarios y lugares de peregrinación están llenos de testimonios de personas que aseguran haber recibido de parte de Dios la salud y la curación de enfermedades graves. Del cuerpo de Cristo sigue radiando una fuerza curativa. Pero esa curación del cuerpo indica dos cosas: que el cuerpo humano es también lugar del poder salvador de Dios, por lo que lo debemos cuidar y respetar; y que el cuerpo humano es tan constitutivo del ser humano, que también está llamado a la santidad y a la resurrección. Por otra parte, pensar que lo único que interesa es la salud del cuerpo, y pretender la salud del cuerpo como una obsesión, como si pudiéramos vencer la muerte y prolongar la vida en el cuerpo para siempre, no es cristiano. Pues nuestra vocación no es vivir para siempre en este cuerpo, sino alcanzar la resurrección a través de la muerte. Hay un momento en el que la salud del cuerpo debe pasar a segundo lugar, para poner entonces la mirada en la salud eterna por la que alcanzaremos la resurrección en un cuerpo que ya nunca más padecerá enfermedad.

Cuando concluye el relato de la curación de la mujer, el evangelista reasume la historia de Jairo. Llegan unos criados de su casa para informarle que su hija ya ha muerto, por lo que resulta inútil seguir molestando al Maestro. Jesús logra escuchar la conversación entre Jairo y sus criados, y contradice a los criados. En realidad, esté enferma o muerta la niña, para él da lo mismo. Lo que es muerte para los hombres es sueño para Dios. Por eso tiene palabras de ánimo para Jairo: No temas, basta que tengas fe. Pero de allí en adelante, pareciera que la multitud se queda atrás, ya que elige a solo tres discípulos para que lo acompañen: Pedro, Santiago y Juan. Son los tres discípulos que subirán con Jesús al monte Tabor para la transfiguración y los que Jesús llevará consigo hasta el lugar apartado donde hizo su oración en Getsemaní antes de morir. Lo que va a suceder es una revelación del poder de Dios, que despierta a los muertos para devolverlos a la vida. Al llegar a la casa, Jesús censura los lamentos, llantos y alaridos propios del duelo; saca a todos de la casa y, acompañado solo de sus tres discípulos y de los padres de la niña, llega hasta donde ella está. Le ordena en su idioma que se levante, como si de un sueño se despertara, y la devuelve a sus padres con la indicación de que le den de comer. El asombro ante esta obra divina se apodera de todos.

Jesús ordena sin embargo que no lo cuenten a nadie. No creo que fue posible guardar esta noticia en secreto. Pero esa palabra de Jesús vale para nosotros, los lectores del evangelio. Es una advertencia para que comprendamos que la resurrección de esa niña no es la verdadera misión de Jesús. Este es un signo, de lo que vendrá después. Para contar esta historia hay que esperar a que ocurra la resurrección de Jesús, pues la verdadera resurrección que debemos esperar y desear es la que se nos ofrece por la fe: la resurrección espiritual por la que resucitamos en el bautismo a una vida nueva y la resurrección de los cuerpos cuando Cristo venga al final de los tiempos.

A la luz de este milagro podemos entender las palabras de san Pablo en la segunda lectura de hoy: Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza. En efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre mortal, de rico se hizo pobre. El Hijo de Dios, que vivía en la gloria y la dignidad de Dios, se hizo hombre sujeto a la debilidad, a las burlas y al desprecio y sobre todo sujeto al sufrimiento, al dolor y a la muerte. En ese sentido se empobreció. Pero desde esa pobreza, él compartió la nuestra; no una pobreza económica, sino la pobreza de una existencia sujeta a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Pero él venció la enfermedad, atravesó la muerte y estableció un nuevo modo de existir humano más allá de la muerte. Y comparte esa misma victoria con quienes creen en él y se unen a él por la fe y los sacramentos. Desde su pobreza nos hace ricos, dándonos la salud del alma y la vida del cuerpo para siempre; nos hace ricos comunicándonos su Espíritu Santo. Nos hace ricos llenándonos de esperanza, para que no nos aflijamos ante la idea de que tendremos que morir, sino que miremos la muerte con la esperanza de quien sabe que la muerte no es el final del camino, sino el túnel que debemos atravesar para alcanzar la luz de una vida nueva y eterna, en cuerpo y alma.

 
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