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Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista

Esta solemnidad de hoy se la debemos a san Lucas. En los dos primeros capítulos de su evangelio él narra el nacimiento de san Juan Bautista y el de Jesús como dos acontecimientos que se entrecruzan y se condicionan uno al otro de modo que el de Juan anticipa al de Jesús y el de Jesús incide sobre el de Juan.

De hecho cuando san Lucas relata la anunciación a María señala que tiene lugar al sexto mes del embarazo de Isabel y cuando María visita a Isabel, el niño que Isabel lleva en su seno salta de gozo porque reconoce la presencia del Mesías en el saludo de María. Ambos niños son concebidos de manera prodigiosa: Juan, de manera natural por padres ancianos; Jesús por obra del Espíritu Santo de una joven virgen. Cuando Juan nació, un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Cuando Jesús nació, ángeles se aparecieron unos pastores que guardaban sus rebaños al raso en la noche, de modo que se dijeron: Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban admirados. Ambos nacimientos causan admiración y asombro en la comarca pues resulta evidente que lo que ocurre tiene el sello de ser obra de Dios.

El calendario litúrgico imita ese paralelismo del evangelista san Juan. Celebramos el nacimiento de Jesús y también el de Juan; a ellos se añade la celebración de la inmaculada concepción de María y de su nacimiento. De todos los demás santos celebramos el día de su muerte a este mundo y su consecuente nacimiento al cielo. Y si nos preguntamos, ¿por qué?, y sabemos responder, comenzaremos a entender la solemnidad de este día que hasta desplaza la liturgia propia del domingo.

La inmaculada concepción de María y su nacimiento y el nacimiento de Juan el Bautista son las bases que Dios ha sembrado en nuestro mundo para levantar en él una historia nueva, una historia limpia, una historia de salvación. Tantos prodigios rodearon la concepción y el nacimiento de Juan, que la gente se preguntaba, ¿qué va a ser de este niño? La respuesta a esa pregunta la dio su padre, Zacarías, cuando en su cántico de alabanza al Señor, profetizó: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de los pecados. Y luego añadió en referencia a Jesús, que es el sol que nace de lo alto: Por la misericordia entrañable de nuestro Dios, nos visitará un sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombra de muerte, y para dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz (1,76-79).

Años después, cuando ambos niños ya eran adultos, Juan salió a predicar la conversión, y así se cumplió la profecía de su padre, anunciada tantos años antes. Caminó así delante del Señor para preparar sus caminos. Jesús llegó luego a donde Juan, y reconoció en el ministerio de Juan la preparación para su propia misión haciéndose bautizar por Juan. Juan ciertamente bautizaba para implorar de Dios el perdón de los pecados de quien se bautizaba. Jesús no tenía pecado alguno, pero de todos modos se hizo bautizar por Juan y ocurrió algo especial: el cielo se abrió, el Espíritu Santo bajó sobre Jesús y la voz del Padre lo reconoció como Hijo. Jesús estableció así el bautismo cristiano, que tiene sus raíces remotas en el bautismo de Juan. Por eso el bautismo cristiano perdona los pecados y por la unción del Espíritu Santo nos hace también hijos adoptivos de Dios. Juan está así de algún modo al origen de nuestro bautismo.

Por eso, cuando los primeros cristianos quisieron buscar un comienzo, un punto de partida para el ministerio de Jesús, lo encontraron en el bautismo de Juan. Decía hoy la segunda lectura: Juan preparó su venida, predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia, y hacia el final de su vida, Juan decía: “Yo no soy el que ustedes piensan. Después de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”.

Yo me pregunto, por eso, si solo en aquel tiempo necesitó Jesús de alguien que le preparara el camino y si no será que lo necesita hoy también. Hoy más que nunca Jesús necesita muchos juanes bautistas que preparen los corazones de las personas para que Él vuelva a entrar en ellas por la palabra y la gracia de los sacramentos. Muchas personas se pierden la alegría de conocer a Jesús porque no hay quien les hable de él. Muchas personas se extravían buscando la felicidad y el sentido de vida por otros rumbos, porque no encontraron a su Juan Bautista que les mostrara que solo Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que solo Jesús es quien pone alegría en el corazón al darnos sentido de vida y nos da esperanza al llevar luz a las tinieblas de la muerte.

Hoy día, ser un “juanbautista” no exige salir al desierto, alimentarse de grillos y miel silvestre y ponerse a predicar junto a un río. Jesús sigue necesitando hoy muchos juanes bautistas, que conocen y aman a Jesús y por eso pueden hablar a otros acerca de Él. Cuando un papá o una mamá enseñan a su hijo a conocer a Jesús, actúan como Juan el Bautista. Cuando una persona le habla a su amiga acerca de Jesús, la invita a que haga un retiro, la acompaña en su conversión, esa persona preparó el camino a Señor para que llegara al corazón de su amiga. Cuando un sacerdote o un obispo habla de Jesús, explica la Palabra de Dios, celebra los sacramentos, está ayudando a que quienes lo oyen o reciben los sacramentos realicen también un encuentro con Jesús, y así ese sacerdote y ese obispo ocupan el lugar de Juan el Bautista.

Así que los invito a ser Juan Bautista hoy. Nuestra ciudad, nuestro país lo necesita. Celebremos el nacimiento de Juan y formulemos el propósito de seguir su ministerio de anunciar y conducir a otros hasta Jesús, para que sea Él quien los cure, los perdone y les llene el corazón de alegría.

 
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