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Domingo 11° Ordinario

Acabamos de escuchar en la lectura del evangelio dos parábolas de Jesús acerca del reino de Dios. La primera, la de la semilla que crece por sí sola, es propia de san Marcos. Solo él nos la transmite. La otra parábola, la del grano de mostaza la conocemos también a través de los evangelios de san Mateo y de san Lucas.

Las dos son parábolas sobre el reino de Dios. Nos hablan del crecimiento de ese reino. Conviene entonces detenernos antes para tratar de entender de qué hablaba Jesús cuando utilizaba esa expresión. En el Nuevo Testamento la expresión aparece con mucha frecuencia, pero sobre todo en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Jesús anuncia la llegada inminente de ese reino, explica las condiciones para entrar en él, exhorta a sus oyentes a ser parte de ese reino como algo deseable, promete que su realización plena tendrá lugar con su venida futura. El concepto reino de Dios designa la salvación que él ha venido a traer de parte de Dios. Más que un territorio es un gobierno, más que un lugar es el ámbito en que se realiza la salvación de Dios. Uno entra en el reino de Dios cuando se convierte del pecado y se somete al gobierno y a la voluntad de Dios por la fe. Ese reinado de Dios se hace operativo y efectivo con la muerte y la resurrección de Jesús y el envío del Espíritu Santo. El reino de Dios no es algo que hagamos nosotros, sino que hace Dios. Nosotros entramos en su dinámica en la medida en que dejamos que la voluntad de Dios y sus designios configuren nuestra vida, nuestra conducta, nuestras opciones. El reino de Dios se refleja en este mundo en la medida en que nosotros los creyentes, a través de nuestras opciones y acciones transformamos el mundo, la sociedad, nuestras familias a través de nuestra conducta coherente con la voluntad salvadora de Dios. La Iglesia, la comunidad de los creyentes, anuncia el reino de Dios a través de la palabra, hace operativo el reino de Dios a través de la celebración de los sacramentos, refleja el reino de Dios a través de la obra de caridad y santidad de sus miembros. La realización plena del reino de Dios tendrá lugar cuando Dios sea todo en todas las cosas (1Cor 15,28).

Con la primera parábola del evangelio de hoy, Jesús dice que el reino de Dios se parece a lo que ocurre con una semilla que un hombre siembra el en campo. Sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. La verdad es que los agricultores reales, después de sembrar la semilla en su campo, la riegan, le quitan las malezas, la calzan si es el caso, en fin, la ayudan para que cumpla su ciclo. Jesús ha omitido esta parte de la acción del agricultor, para subrayar todavía de manera más clara la dinámica propia de la semilla. Porque una cosa es que más y más personas se acojan al reino de Dios o que quienes se han acogido al reino de Dios asuman en su vida de manera más intensa las dinámicas propias del reino de Dios, es decir, se dejen gobernar más integralmente por Dios; y otra cosa muy distinta es que la llegada del reino de Dios dependa de una acción nuestra, que la instauración del reino de Dios por el misterio pascual de Cristo se deba a algún mérito humano; que la realización plena final del reino de Dios dependa de alguna obra humana. El reino de Dios es gracia, es don, es regalo, nunca es premio, mérito, pago que Dios hace a alguna obra humana. Los tiempos de la realización del reino de Dios dependen de Dios, no de nosotros. Nosotros nos acogemos al reino de Dios, pero nunca lo construimos; nosotros entramos en el reino de Dios y nos sometemos al reino de Dios, pero nunca lo hacemos venir; nosotros reflejamos en nuestra conducta que pertenecemos al reino de Dios, pero nunca somos los dueños del reino de Dios ni determinamos sus plazos.

La otra parábola, la del grano de mostaza, resalta el contraste entre la pequeñez de la semilla y la grandeza del árbol que surgió de la semilla. Creo que en esta parábola Jesús destaca los medios pobres, pequeños, débiles por los que se instaura el reino de Dios en contraste con su gran capacidad de salvación, que abarca a toda la humanidad. En efecto el reino de Dios se fundamenta en la tierra con la muerte de Cristo en la cruz desde la que es exaltado como rey. ¡Qué puede haber de más débil y desvalido! Se propaga por la palabra. Los portadores de su anuncio somos hombres pecadores. Los sacramentos por los que se realiza el reino en cada persona son signos sencillos y simples. Sin embargo el reino trae la salvación a cuantos lo acogen, sin límite. Pero así como todos los pájaros del cielo se cobijan en las ramas del árbol de mostaza, así también hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación pueden entrar en él y alcanzar así la plenitud en Dios.

La segunda lectura complementa esta visión. Quienes nos hemos acogido al reino de Dios por la fe y los sacramentos, quienes dejamos que reino de Dios se realice en nosotros por la obediencia a la voluntad de Dios, caminamos por esta vida con la esperanza puesta en su plena realización. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria, porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. Esa esperanza de alcanzar la plenitud del reino de Dios motiva y sostiene nuestro caminar cristiano en este mundo. Cuando perdemos esa perspectiva, perdemos también el rumbo, pues a quien no sabe a dónde quiere llegar, cualquier camino le parece bueno.

Esforcémonos entonces por vivir con coherencia. Comportémonos como ciudadanos del reino de Dios; tengamos la mirada puesta en alcanzar la plenitud en Dios. Nuestra pertenencia al reino de Dios nos obligará a tener opciones, a comportarnos, a pensar incluso de modo distinto a como piensan los que no tienen fe y pertenecen más al reino de este mundo que al reino de Dios. Como exhorta san Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor. Él transformará nuestro frágil cuerpo en cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas. Vivamos pues en consonancia con esa esperanza.

 
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