Horario Parroquial

Misas

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Confesiones

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Adoración al Santísimo

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Domingo 10° Ordinario

Después de las solemnidades de Pentecostés, Santísima Trinidad y Cuerpo y Sangre de Cristo, vuelven los domingos ordinarios en los que celebramos a Cristo y su obra redentora a nuestro favor.

Comienzo con un comentario a la segunda lectura. Destaco el modo como san Pablo pone su propia vida, trabajos, sufrimientos y adversidades en perspectiva de eternidad. Hemos borrado prácticamente de nuestra predicación y de nuestra catequesis la perspectiva del fin. La crítica marxista ha contribuido no poco para modificar la manera de pensar de los cristianos, incluso de quienes no saben nada de marxismo. Hablar del cielo y de la esperanza de la vida eterna se considera alienante. Hablar de la vida que esperamos se considera una distracción, que impide que nos empeñemos en solucionar los problemas de este mundo. Sin embargo, me pregunto ¿qué sentido tiene la opción de fe cristiana si se reduce a una ética, a un compromiso moral, sobre todo de acento social para cambiar las condiciones de vida de este mundo? San Pablo dice claramente: Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. En base a esa manera de priorizar lo que no se ve sobre lo que se ve, él es capaz de asumir lo que se ve. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso. No es que los sufrimientos de Pablo sean ligeros, sino que la grandeza de la gloria que espera en el cielo le minimiza las adversidades y sufrimientos del presente. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas.

Pero esa esperanza en la vida eterna tan fuerte, no conduce a san Pablo al descuido de su misión y de su tarea en esta tierra. Sino que él la lleva adelante a pesar de las adversidades que encuentra. En esta misma carta a los corintios, la segunda, Pablo describe sus planes, sus acciones, sus esfuerzos por cumplir su misión. Porque él también sabe que la esperanza del cielo no es razón para claudicar frente a las obligaciones en la tierra, pues el camino al cielo se realiza precisamente a través del cumplimiento de nuestras obligaciones temporales. Pero la conciencia de que nuestro destino final es el cielo, nos ayuda a dimensionar nuestros planes. Nunca será posible alcanzar la eliminación del mal: nunca llegará el día en que sobre esta tierra no haya pecado ni malas acciones, nunca llegará el día en que no haya enfermedad, pobreza, hambre, sufrimiento. Pero podemos y debemos esforzarnos por mitigar, reducir, aliviar el mal que sufre la humanidad. Por otra parte, la conciencia de que nuestro destino final es el cielo, también nos ayuda a comprender que el mal que sufrimos, la adversidad, la enfermedad no significan la ruina del sentido de nuestra vida, no socavan el valor de nuestra existencia ni nos quitan la posibilidad de tener esperanza y alegría en Dios. Nuestra realización plena no consiste en solucionar los problemas que afectan nuestra vida y la del prójimo en este mundo, sino en alcanzar la comunión con Dios desde este mundo. Sin embargo, ayudarnos a nosotros mismos y a los demás a aliviar algunos de los sufrimientos y carencias y solucionar algunos los problemas que nos afectan es signo de la esperanza que nos alienta. Entender eso y asumirlo como forma de vida es la médula del seguimiento de Jesús.

La primera lectura de hoy describe cuál es el origen de esos males temporales que sufre la humanidad. No son parte de la creación ni de los planes de Dios para el hombre. Son memoria de la existencia humana necesitada de salvación. El primer hombre y la primera mujer han desobedecido a Dios y han descubierto que estaban desnudos. En la vergüenza de la desnudez experimentan la indigencia radical del ser humano. Somos criaturas de Dios, necesitados de Dios para existir. Pero Dios sale a buscar al hombre que se le esconde. ¿Dónde estás?, pregunta Dios. Esa pregunta es nuestra salvación. Dios se interesa por nosotros que hemos quebrantado su mandamiento. Pero Dios además de buscar indaga, pregunta, solicita una confesión: ¿Quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer? El hombre le echa la culpa a la mujer y la mujer a la serpiente, como para decir, que toda la creación está implicada en la desobediencia humana. El trabajo del varón entre sudores y fatigas para un resultado escaso y el dolor de la mujer al dar a luz a una nueva vida se convierten para la humanidad en el símbolo de todos los males que los afligen. Dios maldice a la serpiente, que de repente adquiere una identidad más siniestra que la de ser un simple animal astuto. La serpiente se convierte en enemigo de la mujer y su descendencia, en enemigo de la humanidad, hasta que la descendencia de la mujer le aplaste la cabeza. La serpiente se convierte en encarnación de Satanás, el acusador y adversario de la humanidad.

Jesús en el evangelio se presenta como el descendiente de la mujer que ha venido a atar y a vencer a Satanás. Los escribas acusan a Jesús de expulsar a Satanás con el poder de Satanás, sin darse cuenta que esa acusación no tiene lógica. ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Y entonces describe por medio de una parábola el sentido de su misión: Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Solo así podrá saquear la casa. El hombre fuerte, que señorea en la casa del mundo es Satanás. Pero al mundo ha venido alguien más fuerte, que es Jesucristo, quien con su predicación y su obra redentora, ata a Satanás y saquea sus pertenencias, es decir, a la humanidad cautiva en el mal para llevarla a la libertad.

Sus parientes, incluida su madre, no acababan tampoco de entender todavía lo que Jesús pretendía, y decían que se había vuelto loco, y por eso fueron a buscarlo. Pero cuando a Jesús le anunciaron la llegada de su familia, tampoco se dejó llevar por los reclamos de la sangre, sino por los de la fe. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. Como para enseñarnos a ver siempre y en todo lugar las realidades de este mundo a la luz del designio de Dios.

 
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