Horario Parroquial

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Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

La solemnidad de este día es peculiar. Normalmente las fiestas litúrgicas de la Iglesia conmemoran uno de los acontecimientos de la vida de Jesús y de la obra de Dios para nuestra salvación. Este día es diferente. En este día conmemoramos un sacramento. Es decir, que damos gracias a Dios por uno de los medios que él dejó para comunicarnos la salvación, para rememorar su pasión muerte y resurrección. Fijémonos que no tenemos un día para dar gracias a Dios por el sacramento del bautismo o de la confirmación, no hay un día para conmemorar el sacramento de la penitencia o de la unción de enfermos, del orden sacerdotal o del matrimonio. Pero en este día celebramos el sacramento de la eucaristía, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Esta peculiaridad nos indica la singularidad de este sacramento.

La Eucaristía es el sacramento principal de la Iglesia, porque al celebrarlo se actualiza el acontecimiento de nuestra salvación, la entrega de Jesús hasta la muerte en la cruz, su sacrificio redentor para el perdón de los pecados y se adelanta a este tiempo el banquete del Reino de Dios, se anticipa la gloria futura que esperamos recibir. Y entre esa memoria del pasado y ese anticipo del futuro, se nos da en el presente la gracia de la unión con Cristo vivo y de nuestra identificación con él, gracias a que Él está realmente presente. La Eucaristía es en sí misma un acontecimiento salvador. Quizá por eso tiene una fiesta litúrgica.

Pero la recta comprensión y celebración de este sacramento ha estado y sigue estando rodeado de controversias. Uno de los elementos esenciales de la fe católica en torno a la Eucaristía ha sido negado o descuidado.   Esta solemnidad surgió en el siglo XIII para proclamar que en el pan y el vino consagrado está realmente presente Jesucristo. La fe de la Iglesia, desde el principio, ha sido que el pan y el vino debidamente consagrados se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, de modo en que ellos está real, verdadera y sustancialmente presente Jesucristo Resucitado. De este modo quien come de este pan y bebe de este vino queda realmente unido y comparte la vida divina con Jesucristo desde ahora. Esta convicción de la presencia real y sustancial no la podemos mostrar con hechos físicos: el pan y el vino, desde punto de vista químico y físico, siguen siendo eso, pan y vino. Cuando uno tiene la mentalidad de que lo único real es lo físico y lo químico, entonces ya no le cabe en la mente en qué pueda consistir esa presencia real de Jesucristo. Entonces se difunden afirmaciones ajenas a la fe de la Iglesia y dicen que ese pan y ese vino “representan” a Jesucristo; “simbolizan” a Jesucristo; o “evocan” a Jesucristo, pero siguen siendo pan y vino.

De hecho, el único modo de saber si unas hostias en un copón están o no consagradas es si hay memoria y recuerdo de alguien que vio y oyó que esas hostias fueron consagradas por un sacerdote válidamente ordenado. Cuando en la Iglesia decimos que el pan y el vino se han convertido o transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo hablamos de una transformación diferente de las transformaciones físicas y químicas. Estamos hablando de una transformación supra sensible de la identidad y de la función, del significado y el simbolismo que ese pan y ese vino tienen para la comunidad de los creyentes. Ya no son pan ni vino, ya no tienen esa identidad, ya no funcionan con el sentido normal del pan y del vino, sino que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo en virtud de que sobre ellos y por el poder del Espíritu Santo, el ministro válidamente constituido en la sucesión apostólica ha pronunciado las palabras por las que Dios cambian su identidad. En la Iglesia se dice que Dios cambió su sustancia por el poder del Espíritu.

Para inculcar esa fe, a lo largo de la historia de la Iglesia, han surgido prácticas cuyo propósito es expresar la convicción de que el pan consagrado es realmente el Cuerpo de Cristo. Nos arrodillamos ante Él como solo lo hacemos ante Dios. Oramos ante Él como solo lo hacemos ante Dios. Exigimos que quien lo va a recibir se purifique de sus pecados, pues es impensable que un pecador impenitente pueda unirse a Dios para formar un solo Cuerpo con Él. Lo custodiamos en vasos y lugares, los más dignos y preciosos que podamos fabricar los humanos, pues no se trata de galletas que se guardan en cualquier frasco hermético, sino que se trata Cuerpo Real de Jesucristo Resucitado, que guardamos en recipientes lo más dignos de Él. Su distribución se reserva de manera ordinaria al obispo, al sacerdote o al diácono pues son ellos quienes representan sacramentalmente a Cristo en la liturgia, ya que según los textos bíblicos, Jesús no solo partió y bendijo el pan, sino que también lo distribuyó a sus discípulos. Solo de manera extraordinaria autoriza la Iglesia que fieles laicos ayuden al sacerdote en la distribución para que el rito de la comunión no se prolongue demasiado durante la misa. Sí, casi a diario son necesarios los ministros extraordinarios. Pero no se puede utilizar el sacramento como medio de promoción social, para que quien se sienta postergado en la sociedad se sienta dignificado en la Iglesia. Tampoco se trata de dar participación, pues esa no es la participación como la entiende la Iglesia. Uno no se acerca a recibirla como quien hace cola en una fiesta para que le den su plato de comida, hablando con el que va delante y el que va detrás y saludando a los amigos que encuentra en el camino. Uno se acerca a recibirla como quien va al encuentro del mismo Dios. El modo de recibirla evolucionó de una recepción en la mano, en los primeros tiempos, a una recepción de rodillas y en la boca como señal de adoración. En la actualidad, está permitida la práctica antigua de la recepción de pie y en la mano, que se ha justificado con el argumento de que no somos niños para que nos alimenten en la boca. Me pregunto, ¿ni siquiera ante Dios? Una lámpara encendida debe indicar su presencia. Uno no lleva la Eucaristía de un lado para otro para convertir un salón en un oratorio; uno hace eso con la imagen de una cruz o de un santo. A veces pienso que podemos aprender del modo respetuoso y piadoso como las hermandades tratan a sus imágenes para tratar nosotros la eucaristía. El modo como tratamos la eucaristía, nuestros gestos, actitudes y comportamiento manifiesten nuestra fe en que allí está presente Jesucristo.

Puesto que esa presencia real y sustancial de Jesucristo en la eucaristía es lo más difícil de captar, la celebración de hoy pone un acento inmenso para destacarla. La procesión con el Santísimo Sacramento en parte tiene el propósito de mostrar la dignidad y el respeto con que tratamos la eucaristía y la adoración que le tributamos públicamente. Pero el sacramento tiene otros variados aspectos que merecen también nuestra consideración.

Las lecturas de hoy destacan uno: la eucaristía es el sacramento de la nueva alianza de Dios con los hombres. La primera lectura relata cómo Moisés estableció la primera alianza entre Dios y el pueblo de Israel al salir de Egipto. Era una alianza sellada con la sangre de animales. Dios elegía al pueblo de Israel como su pueblo entre todos los pueblos de la tierra para salvarlo, protegerlo, conducirlo a la libertad; el pueblo de Israel se obligaba a mostrar su pertenencia a Dios con una vida santa, acatando la voluntad de Dios expresada en los mandamientos que le daba. Sabemos que esta alianza fracasó, porque Israel falló en el cumplimiento de su parte en el pacto. Pero Dios se mantuvo fiel a la idea de hacer alianza con los hombres y prometió una alianza nueva, que se selló en la sangre de Cristo.

De hecho, cuando Jesús distribuyó la copa de vino, declaró: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Lamentablemente no todos se benefician de ella, pues no todos quieren entrar en esa alianza. Esta alianza ya no se restringe a un pueblo, sino que de todos los pueblos de la tierra, quienes llegan voluntariamente a la fe, y reciben el bautismo, la confirmación y la eucaristía entran en alianza con Dios, por la Sangre de Cristo. Si en la primera alianza Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto, en la segunda alianza nos libera de nuestros pecados para que demos culto al Dios vivo. Con su muerte y resurrección purifica nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo.

Y si en virtud de la primera alianza, Dios condujo a los israelitas a la tierra de la abundancia y la libertad en este mundo, en esta nueva alianza, Jesucristo nos conduce a través de su Cuerpo a la presencia eterna del mismo Dios. Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua o primera alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna, que él les había prometido. Esa herencia eterna es el cielo, la otra vida que esperamos y es la meta y razón de nuestra existencia cristiana. Este es otro aspecto del que no hablamos, como si nos diera vergüenza decir que caminamos por esta vida a la espera y en la búsqueda de la vida plena con Dios más allá de la muerte. Pensamos en la salvación sólo como vida plena en este mundo, como si eso fuera posible. Pero la eucaristía, no lo olvidemos, es anticipo de la herencia que esperamos: la vida con Dios para siempre. Pidamos pues a Cristo con una de las estrofas de la secuencia de hoy: “ten compasión de nosotros, buen pastor, pan verdadero. Apaciéntanos y cuídanos y condúcenos al cielo”.

 
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