Horario Parroquial

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Solemnidad de la Santísima Trinidad

En las fiestas de la Navidad y de la Pascua conmemoramos las obras de Dios en nuestro favor, las maravillas de Dios para nuestra salvación. En la solemnidad de la Santísima Trinidad celebramos a Dios en sí mismo, nos alegramos de que Dios sea como es.

Dice el libro del Deuteronomio, en el pasaje que hemos escuchado hoy, que cuando los israelitas habían concluido ya su travesía por el desierto y estaban a punto de entrar a la tierra prometida, Moisés los invitó a hacerse preguntas en torno a Dios. Pregunta a los tiempos pasados, investiga desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra. ¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, una cosa tan grande como esta? ¿Hubo algún Dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y poderosa? Los seres humanos nos hacemos preguntas en torno a Dios. Pero las preguntas no son siempre las mismas. Cambian según los tiempos, las culturas y la misma experiencia humana. Es bueno plantearnos preguntas en torno a Dios, porque al hacernos esas preguntas, ensanchamos el horizonte de nuestra experiencia y con nuestra mente vamos más allá de la realidad de cada día hacia el mundo invisible, pero igualmente real e incluso más consistente que este en el que vivimos inmersos cada día.

En nuestra época las preguntas principales en torno a Dios, las que se plantea la juventud, quizá sean: ¿Existe Dios? ¿Podemos conocer a Dios? ¿Me importa que exista o no exista Dios? ¿Cambia mi vida en algo si existe o no existe Dios? Por otra parte, también vivimos inundados de palabras sobre Dios. Abundan iglesias, religiones y cultos. En nombre de Dios se justifican las acciones y conductas humanas más dispares. Si pudiéramos comparar qué idea se hacen de Dios, los que dicen creer en Él, nos encontraríamos que aunque usamos la misma palabra, “Dios”, lo que entendemos y nos imaginamos al pronunciarla son cosas de lo más diverso. Pero tampoco eso nos escandaliza, porque no tenemos mucho interés en saber si esas ideas son coherentes entre sí o si alguna de ellas se ajusta mejor a la realidad de Dios. Porque no estamos muy seguros de cómo comprobar si mi idea de Dios realmente corresponde a cómo Él es. Al final nos encogemos de hombros y decimos: lo que importa es que seamos buenos y vivamos en paz.

En otras épocas la gente se peleaba hasta la muerte por la causa de Dios. Así de importante era Dios en la vida de las personas. Nosotros vivimos lejos del Oriente Medio y los conflictos y guerras que allá se dan nos quedan distantes, pero entre los múltiples ingredientes de ese conflicto, uno, al menos para algunos, es la idea de Dios. Lamentablemente es una idea equivocada de Dios, pues fomenta la violencia armada y la destrucción. Sin duda la idea que se hacen de Dios encubre otros intereses de poder y dominio.

Yo quiero afirmar hoy, que importa mucho saber si hay o no hay Dios. Importa mucho averiguar cómo lo podemos conocer y cómo podemos saber cuál es la idea de Dios que mejor se ajusta a la realidad que Él es. Yo quiero afirmar hoy que es importante tratar con Dios, oírlo y hablarle, adorarlo y obedecerlo, dejarnos amar por Él y amarlo nosotros a Él, pues así encontramos sentido y consistencia para nuestra vida.

Algunos niegan a Dios. La negación de Dios es tan antigua como la Biblia. Los salmos 14 y 53 son idénticos y comienzan con esta constatación: Piensa el tonto en su interior: “¡Dios no existe!”. Pero el tonto niega a Dios porque le conviene que no exista, pues ese tonto es además un delincuente; lleva una conducta corrupta y malvada, y si no hay Dios, no tendrá que rendirle cuentas a nadie. Así que mejor engañarse con la idea de que no hay Dios para seguir delinquiendo en la impunidad. ¿No habrá mucho de lo mismo en la indiferencia religiosa de muchos en nuestra sociedad de hoy?

Pero así como las malas acciones conducen a muchos a negar a Dios, así también algunas buenas preguntas nos abren la mente hacia Dios. ¿Por qué existen las cosas y el mundo en vez de que no haya nada, si cada una de las cosas que vemos y conocemos podría igualmente no existir? ¿Por qué existe algo en vez de que no haya nada? Si el cosmos y este mundo fuera el resultado casual de una evolución impredecible, como piensan los que no creen en Dios, ¿cómo es posible que descubramos el sentido de las cosas, el orden de la naturaleza? ¿Cómo puede tener sentido lo que es resultado de la casualidad? ¿Por qué buscamos amar y ser amados, por qué estamos hechos así, si no existe un Amor original que puso el amor en el corazón y la mente de los hombres? Preguntas como esas, que raramente nos planteamos, nos abren la mente para al menos suponer a Dios.

Los cristianos podríamos plantearnos las preguntas así. ¿Quién es ese Dios que envió a su Hijo a este mundo a padecer la muerte que afligía a los humanos, y abrir para ellos un paso a través de la muerte para que los hombres pudieran conocer a Dios y vivir para siempre con Él? ¿Quién es ese Dios que envió a su Hijo al mundo para manifestarles su amor, perdonarles sus pecados y permitirles vivir el resto de su vida como si la comenzaran en limpio olvidándose del pasado? ¿Quién es ese Dios que envió su Espíritu Santo en el corazón de quienes creen en Él para hacerlos sus hijos, santificarlos y enseñarles el camino del bien para que lleguen a ser felices y sean personas cabales? ¿Quién es ese Dios que se acostumbra a caminar al paso humano, para enseñar a los humanos a caminar al paso de Dios? ¿Quién es ese Dios que nos ama y nos permite descubrir en su amor el sentido de nuestra vida para que seamos felices y tengamos esperanza? Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de a tierra y que no hay otro.

Ese Dios es el Padre, Creador de todo lo que existe, que envió por amor a su Hijo Jesucristo a este mundo, quien murió y resucitó para nuestra salvación, y envió a su Espíritu Santo en nuestra mente y corazón, para compartir su vida con nosotros y así alcanzáramos la plenitud. Es el Dios uno y único, en quien encontramos sentido de vida y plenitud.

 
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