Horario Parroquial

Misas

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Lunes, Miércoles, Viernes:
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Solemnidad de Pentecostés

El Espíritu Santo es el don de Jesús Resucitado a sus discípulos. La comunicación del Espíritu Santo de Jesús a sus discípulos es el modo como él comparte con nosotros la vida resucitada. O dicho de modo negativo, si Jesús Resucitado no hubiera comunicado a los discípulos su Espíritu Santo, la salvación sería solo en beneficio de Jesús, solo él habría resucitado, pero nosotros habríamos quedado en nuestros pecados y cautivos de la muerte. En cambio, al comunicar a los discípulos el Espíritu Santo, Jesús nos comunica la vida divina, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. El don del Espíritu Santo es el inicio de nuestra propia resurrección. Por eso, cuando celebramos la Pascua, celebramos no solo la resurrección de Jesús, sino también la nuestra con él.

El evangelio según san Juan da testimonio de cómo Jesús anunció, de muchas maneras, que después de su resurrección los discípulos de entonces y de ahora recibiríamos el don del Espíritu Santo que realiza en nosotros la salvación de la muerte que él, Jesús, ganó para sí y para nosotros a través de su resurrección. Por eso la fiesta de Pentecostés es, no solo el término y final del tiempo pascual, sino también el culmen y meta de la Pascua.

El evangelio según san Juan y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narran esta efusión del Espíritu sobre los discípulos de Jesús, pero lo hacen con relatos muy diferentes entre sí. El evangelista san Juan relata la efusión del Espíritu el mismo día de la resurrección de Jesús. Jesús resucitado se aparece a los Once, los saluda con la paz, sopla en ellos al Espíritu Santo y los envía al mundo para dar testimonio de la verdad. Este relato acentúa el estrecho vínculo entre la resurrección de Jesús y el don del Espíritu, destaca la relación entre el don del Espíritu y el envío misionero. El libro de los Hechos de los Apóstoles en cambio relata la efusión del Espíritu cincuenta días después de la fiesta de Pascua. No son solo once personas, sino unas ciento veinte las que están reunidas. El Espíritu manifiesta su presencia visiblemente por medio de unas lenguas de fuego y por medio de un ruido como de viento huracanado. Los discípulos de inmediato comienzan a dar testimonio de las maravillas de Dios. Se produce una señal portentosa. Los peregrinos de todas las partes del mundo, que habían venido a Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pentecostés, escuchan, cada uno en su idioma, lo que los apóstoles hablan en arameo. Se prefigura así la universalidad de la misión y del Evangelio dirigido a todos los pueblos del mundo. De inmediato se dan las primeras conversiones y se forma la primera comunidad de creyentes, se hace visible la Iglesia que se establece en todos los pueblos del mundo hasta el día de hoy. El relato de los Hechos acentúa el vínculo entre el don del Espíritu Santo y el inicio de la Iglesia.

Esta universalidad de la Iglesia merece nuestra atención. Hasta la llegada del cristianismo, las religiones eran asunto nacional, local. Cada pueblo, cada cultura, cada nación tenía su divinidad y su respectivo culto. Normalmente las religiones tenían el propósito de salvaguardar el orden social y político y cósmico de la respectiva nación. El pueblo judío creía en Dios que lo había liberado de Egipto y lo había constituido como reino entre las naciones; suspiraba por el Mesías que los restablecería en la libertad política. La religión del imperio romano era asunto de estado, para preservar la integridad del ordenamiento político hasta el punto de que el mismo imperio y el emperador tenían condición divina.

El cristianismo fue la primera religión universal en el ámbito Occidental, de modo que se extendió por pueblos de diversa cultura, raza, lengua y nación. Pero, ¿qué es lo que hace universal la fe cristiana, que trasciende culturas y puede hacerse presente en todas las culturas? Lo que hace universal la fe cristiana es que ofrece a los hombres la salvación de dos problemas que sufren todos los hombres del mundo: la muerte como fin de la vida y el pecado como error de la libertad que arruina la vida y socava su valor. Si la muerte es el final ciego de la vida humana, ¿qué sentido tiene el esfuerzo por hacer el bien, la conducta recta y las acciones constructivas, sin decir nada de la abnegación y el sacrificio a favor de los demás? Y cuando tomamos decisiones equivocadas que arruinan la vida, la despojan de valor, ¿cómo se puede cancelar el pasado equivocado y delictuoso para comenzar de nuevo? ¿Quién le devuelve valor a la vida?

El cristianismo anuncia que Jesús, al resucitar, estableció una nueva manera humana de existir más allá de la muerte, junto a Dios, en la que pueden participar quienes se unen a él por la fe. El cristianismo también anuncia que esta oferta de salvación es asequible incluso para quien vive en el delito y el error, pues se le da el perdón divino y la posibilidad de comenzar de nuevo, como si el pasado no existiera. Eso hace del cristianismo una religión universal. Donde quiera que haya humanos, se plantean esas dos preguntas, para las que solo el cristianismo tiene respuesta razonable, creíble y humanizadora.

Quienes recibimos el Espíritu Santo, recibimos la vida de Dios en nosotros. Adquirimos un parentesco nuevo, pues nos une una sangre más poderosa que la sangre común que hace hermanas a las personas nacidas del mismo padre y de la misma madre. Nos une “una sangre espiritual” que nos hace hijos de Dios. Todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu. La diversidad de personas formamos una nueva familia, que es la Iglesia, que tiene por Padre a Dios. En la fe cristiana no tienen justificación las discriminaciones que dividen y fragmentan la humanidad.

La misma Iglesia se convierte en Madre, cuando por la predicación del Evangelio y la celebración de los sacramentos y las obras del amor y la caridad, engendra nuevos hijos de Dios, los purifica, los santifica y les da la vida eterna. Sintamos orgullo de ser miembros de la Iglesia católica, tengamos valor para anunciar a otros la alegría del Evangelio, seamos honestos para mostrar con nuestras obras buenas y rectas la santidad de Dios que habita en nosotros, vivamos con alegría para dar testimonio ante el mundo de nuestra esperanza.

 
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