Horario Parroquial

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Domingo 7° de Pascua

Solemnidad de la Ascensión del Señor

El evangelista san Lucas, tanto al final de su evangelio como al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, dice explícitamente que después de la resurrección, Jesús visiblemente subió al cielo para no dejarse ver ya más de los Doce. Se apareció después a san Pablo, pero de manera extraordinaria. Otros evangelistas, como san Mateo, no hablan de la ascensión de Jesús al cielo, pero la presuponen. Cuando el evangelista Mateo narra la última aparición de Jesús a sus discípulos, dice que Jesús se presentó ante ellos en Galilea, y les dijo que había recibido todo poder en el cielo y en la tierra, es decir, que ya había sido establecido en la gloria de Dios.

En realidad, la resurrección y la ascensión de Jesús son dos aspectos del mismo misterio: La resurrección acentúa la victoria de Jesús sobre la muerte; el mismo que murió en la cruz es el que se apareció a los discípulos vivo. La ascensión, por su parte, destaca que el Resucitado no revivió para esta vida, sino para la vida con Dios y desde Dios, investido del poder de Dios. La resurrección y la ascensión de Jesús son dos aspectos del mismo misterio: la victoria de Jesús sobre la muerte no lo devolvió a esta vida, sino que lo llevó a una vida en plenitud de gloria junto al Padre Dios.

La ascensión de Jesús tiene dos consecuencias: el envío misionero de los discípulos y la esperanza de su regreso para llevar a término su obra de salvación y llevarnos consigo. La última recomendación de Jesús resucitado a sus discípulos es que salgan a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, de modo que las personas que escuchen el mensaje crean y así se salven. La ascensión de Jesús al cielo desencadena la evangelización en la tierra. Así concluye el evangelio según san Marcos: El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían. Y en los Hechos de los Apóstoles, Jesús, al despedirse de los Doce, les deja esta instrucción: cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra.

Evangelizar, llevar a otros el conocimiento de Jesús y sus promesas, es el legado de Jesús, es su última recomendación y por eso la misión es dimensión integral de la identidad cristiana, de la naturaleza de la Iglesia. Ahora bien, la misión, la evangelización, no es una tarea superflua, que hay que realizar simplemente porque Jesús la mandó, pero que en realidad nadie necesita. Debemos anunciar el Evangelio, no solo porque Jesús lo mandó, sino porque la humanidad ansía escucharlo. El Evangelio responde a inquietudes y preguntas profundas que laten en el corazón y la mente de todos los seres humanos. Necesitamos de Jesús y de su Evangelio porque solo él tiene palabras que dan vida eterna. Los humanos padecemos la amenaza de la muerte y del pecado. La certeza de tener que morir y finalizar así nuestra existencia, plantea la pregunta acerca del sentido de la vida. ¿Para qué vivir, si debo morir? ¿Para que esforzarme por ser justo y recto, si mi vida acaba igual que la del delincuente y criminal? Y las decisiones y acciones equivocadas y la conciencia de haber causado ruina y sufrimiento con nuestras acciones nos plantean la pregunta acerca de la posibilidad de enderezar la vida, de orientarla hacia el bien. ¿Es posible descargarse del lastre del pasado para comenzar a vivir de nuevo como si ese pasado no existiera? Jesús responde a esas dos preguntas: ofrece el perdón de los pecados y promete la vida eterna.

La segunda consecuencia de la ascensión es la esperanza de ir con él también a ese destino de gloria y plenitud. Ya estamos salvados, pero la salvación todavía no se realiza en plenitud. La ascensión de Jesús abre para nosotros la perspectiva de la eternidad. Cristo ha suscitado los ministerios y servicios en la Iglesia, para capacitar a los fieles, a fin de que desempeñando debidamente su tarea, construyan el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo.

Esta manera de entender la misión de Jesús se ha desenfocado. ¿Cómo hablar de una salvación que no se ve, si hay tantas necesidades que se ven? La promesa del cielo hace que la gente olvide resolver las necesidades de la tierra. Hay mucha gente que sufre enfermedad y pobreza, exclusión y marginación, carencia de vivienda, educación, trabajo y dignidad. Por eso han afirmado que la misión de Jesús, el propósito del Evangelio es sacar a cuantas personas se pueda de esa situación de precariedad e indigencia. En verdad, la pobreza, la exclusión y la indigencia de tantos millones de personas nos cuestionan y las debemos eliminar o al menos mitigar. Pero esas personas también se preguntan, y todavía con mayor apremio, acerca del valor de su vida afectada por tantas carencias y del sentido final de su existencia. Sería un despropósito pensar que el Hijo de Dios se hizo hombre, murió en la cruz y subió al cielo para dar solución a un problema que nosotros podemos resolver. El Hijo de Dios vino para resolver los problemas que solo Dios puede resolver, especialmente las preguntas de los pobres sobre el significado de su vida. Está en nuestras manos crear la sociedad incluyente, generadora de riqueza y bienestar para más y más personas. La economía explica los modos para hacerlo. Hay cantidad de estudios acerca de cómo se hacen ricos los pueblos y se elimina la pobreza y la exclusión. Pero los influjos ideológicos impiden ponerlos en práctica. Y otros entorpecen la creación de una sociedad incluyente al buscar privilegios para sus negocios o al jugar sucio en el mercado. La pobreza es un problema moral que debemos resolver. Pero la muerte del Hijo de Dios en la cruz y su resurrección y ascensión al cielo no tienen el propósito directo resolver el desafío de la pobreza. Si el Evangelio se dirige principalmente a los pobres es porque son ellos los más necesitados de descubrir el sentido y valor de su vida a los ojos de Dios. La ascensión de Jesús nos hace levantar los ojos hacia la meta a la que tendemos. No para que descuidemos los problemas de la tierra, pues no podremos llegar a la meta que esperamos, si no actuamos con responsabilidad aquí en la tierra.

 
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