Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 6° Ordinario

Las lecturas de hoy hablan de amor; tanto que, si entendemos mal, pueden resultar empalagosas. Nosotros asociamos la palabra “amor” con sentimientos y afectos, con caricias y besos. Pero por ese camino vamos equivocados para entender el mensaje de Jesús en el evangelio y el del apóstol Juan en la segunda lectura. Porque el amor del que habla la Escritura tiene que ver más bien con entrega y abnegación, con sacrificio y magnanimidad, que con sentimientos y afectos. Y como el modelo del amor es el de Dios, escuchemos una vez más cómo lo describe el apóstol: el amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él. El amor consiste en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados. El amor consiste en que Dios ha creado un ámbito de gratuidad en el que es posible el perdón y el arrepentimiento, la misericordia y la conversión. Lo ha hecho por medio del envío de su Hijo a este mundo, quien al morir por nosotros, gratuitamente y sin recibir nada a cambio, nos ofreció la vida que dura para siempre.

La lógica humana más básica y elemental es la del “te doy para que me des”, la del “me la hiciste y me la cobro”. La lógica humana es la de que todo tiene un precio y la de que “no hay almuerzo gratis”. Por eso quizá el mercado sea una de las instituciones humanas más naturales y más fundamentales de la sociedad; una de las más útiles también para regular la colaboración entre los miembros de la comunidad humana. Si no, démonos un paseo por nuestros pueblos el día de plaza. Pero, Dios nos viene a enseñar que más allá del mercado, en el que las mercancías se intercambian por un precio, (y sin negar la utilidad que esa institución tiene), hay otra clase de relaciones en las que no hay precio, sino gratuidad; en las que no hay mercancías que intercambiar, sino el don de sí mismo que ofrecer sin esperar nada a cambio. Dios nos viene a enseñar que no hay solo el “te doy para que me des”, sino también el “te doy sin esperar nada a cambio”.

El amor cristiano en ese sentido es en primer lugar acción, obra, favor realizado. Si esa acción y esa obra van acompañadas también de afecto, el favor será tanto más humano. Pero la falta del afecto no merma la calidad del amor. Cuando Jesús ordena a sus discípulos que amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen (Mt 5,44), es imposible que quiera decir “tengan sentimientos de cariño hacia ellos”. Lo que Jesús quiere decir es a nadie devuelvan mal por mal. No te dejes vencer por el mal; por el contrario, vence al mal a fuerza de bien (Rm 12,17. 21). Vence el odio que te tienen, haciendo el bien a quien te hace mal. Ese es el amor llevado al extremo. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así harás que enrojezca de vergüenza (Rm 13,20). Un amor así es capaz de crear espacios de gratuidad y benevolencia hasta en instituciones como el mercado, no digamos nada en las relaciones familiares y comunitarias, en donde los componentes afectivos del cariño, la amistad y la estima tienen su lugar propio.

Jesús propone una forma muy peculiar del amor. Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor. Este es un amor que consiste en la obediencia a la voluntad de Dios y a los mandamientos de Jesús. Es el amor del hijo hacia su padre, del discípulo al maestro. Quizá hoy nos resulta extraño decir que un hijo muestra amor a su padre cuando cumple sus órdenes, sus preceptos y mandamientos; o que ama a su maestro cuando lo obedece. Las relaciones de obediencia se han vuelto problemáticas en nuestra cultura, pues asociamos la actitud de obediencia con la de sumisión, la de explotación y abuso de parte del que manda, porque las ideologías han pervertido la noción de autoridad. Ya no percibimos la autoridad como un servicio a favor del bien común, sino como un poder en beneficio personal o de clase. Pero en la concepción bíblica, la autoridad es un servicio a favor de la justicia y el bien común. El padre da órdenes a su hijo para su bien; el maestro da preceptos a sus discípulos para hacerlos mejores personas. Por eso la obediencia a la autoridad y sus mandamientos es un ejercicio de amor.

Jesús también ordena el amor mutuo. Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Es una medida muy alta, la que nos propone Jesús. Que nos amemos como él nos amó. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Jesús dio la vida, literalmente, ofreciéndose a sí mismo en la cruz. Pero damos la vida por los amigos cuando los servimos y perdonamos, cuando los apoyamos y ayudamos, cuando buscamos su bien y los auxiliamos en sus necesidades, cuando nos negamos a nosotros mismos un beneficio o provecho a fin de que lo obtenga el amigo. Esto ocurre con frecuencia en el amor de los padres por los hijos. Jesús propone que se dé también entre sus discípulos, unos con otros.

Finalmente una frase iluminadora para entender nuestra existencia como cristianos, como discípulos de Jesús. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vaya y den fruto y su fruto permanezca. Esta frase desde luego se refiere en primer lugar al hecho histórico de que Jesús llamó a cada uno de los discípulos para que lo siguieran; no fueron ellos los que buscaron a Jesús como maestro. Pero más allá de ese caso histórico, la frase alude al hecho de que somos cristianos por gracia, como resultado del amor que Dios y Cristo nos tienen. No nos hemos ganado la condición de discípulos y amigos de Jesús. Nos la han dado sin merecimiento, por pura gracia y favor. Para comenzar ni Dios creó el mundo ni Dios envió a su Hijo a este mundo, ni el Hijo dio su vida por nosotros como respuesta y pago a algo que hubiéramos hecho nosotros previamente. Todas esas acciones fueron obras gratuitas y amorosas de Dios a nuestro favor, incluso antes de que existiéramos. Pero incluso en el ámbito personal, es siempre Cristo quien viene a nuestro encuentro; en la experiencia de la fe, el don de Dios siempre nos parece y es inmerecido. Por eso, la existencia cristiana es experiencia siempre nueva del amor de Dios por nosotros. Vivimos y existimos desde un fondo de gratuidad no merecida. En este domingo de pascua, Dios nos invita a tomar conciencia de su amor.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA