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Domingo 5° de Pascua

Acabamos de escuchar el pasaje inicial del capítulo 15 y el próximo domingo leeremos los versículos siguientes del mismo capítulo. Jesús describe su relación con los discípulos con la imagen de la vid y los sarmientos. Cristo resucitado comunica su vida nueva a quienes creen en él y viven unidos a él. La condición imprescindible es la de permanecer en Jesús. Él se presenta como la verdadera vid. ¿Qué quiere decir la palabra verdadera como cualidad de la vid? Jesús usó también esa expresión cuando habló de sí mismo como el pan verdadero, o cuando dijo que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida (cf. Jn 6, 32.55). En ese contexto, la palabra “verdadero” significa “que da vida eterna”, “que da vida consistente”. Se contrapone a los alimentos que solo nutren esta vida temporal. El alimento que realmente desea el corazón humano es el que alimenta para la eternidad, que por eso es verdadero. Pues de igual modo, Jesús es la vid verdadera, porque solo él comunica la vida eterna a los sarmientos que permanecen unidos a él. Frente a falsos salvadores que ofrecen salvaciones inconsistentes y engañosas, Jesús comunica la vida que dura para siempre, y por eso es vid verdadera.

La vida del discípulo consiste en estar unido a Jesús. Pero sorprendentemente Jesús evoca la figura de Dios Padre en calidad de agricultor. Así como a la vid pueden permanecer adheridos sarmientos secos del año anterior, que están pegados al tronco pero por los que no circula la savia que viene de la vid, así también puede ocurrir que haya discípulos que parecen estar unidos a Jesús, pero no tienen la vida de Dios en ellos. Son los cristianos solo de nombre, los discípulos solo de etiqueta. El Padre los arranca. Es un acto de juicio de parte de Dios. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, y lo arrojan al fuego y arde. En otro lugar Jesús ha dicho que él no ha venido a condenar a nadie, sino que cada quien se condena a sí mismo, pues la condenación consiste en permanecer en la oscuridad cuando la luz de Dios brilla para quien quiera dejarse iluminar (cf. Jn 3,17-21). Con estas imágenes, pues, Jesús destaca las consecuencias de rechazar la salvación que se nos ofrece gratuitamente.

Pero también el Padre poda los sarmientos que están unidos a la vid y dan fruto, para que den más. Seguramente una alusión a las pruebas, sufrimientos y penas que implica el discipulado. Así dan más fruto. Porque de eso se trata: de dar fruto. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. ¿De qué fruto se trata? Pienso en primer lugar en el fruto de la santidad. La vocación principal del cristiano es ser santo, es decir, reflejar en su vida la santidad de Dios, la santidad de Jesús. Y la santidad se manifiesta en la caridad, en la vida moral recta, en la perseverancia en medio de las adversidades. El fruto es también la evangelización, la capacidad de atraer a otras personas al seguimiento de Jesús.

Por eso la orden de Jesús: Permanezcan en mí y yo en ustedes. ¿Cómo podemos permanecer en Jesús? El primer acto que nos capacita para permanecer en Jesús es la fe en él, por la cual acogemos su Palabra, lo acogemos a él. Quien pone su confianza en Jesús, quien acoge a Jesús como su salvador, quien cree en Jesús para dejar que Jesús dé forma a su vida, abre las puertas y ventanas de su ser para que Jesús entre en él por medio de su Espíritu. Jesús nos comunica su Espíritu y su vida a través de los sacramentos: el bautismo que nos hace hijos de Dios, la confirmación que nos comunica su Espíritu, la eucaristía que nos hace un solo cuerpo con Jesús. Hay que observar que la acción de “permanecer” es recíproca, es mutua. Los discípulos en Jesús y Jesús en ellos. Hay una intercomunicación de vida que es la médula misma de la espiritualidad cristiana.

Jesús añade que quien permanece en él puede pedir lo que quiera en la oración y se le concederá. Naturalmente quien permanece unido a Jesús en realidad tiene una sola petición que hacer, que se haga en él la voluntad de Dios, que su unión con Cristo dé frutos de santidad. Por eso, la gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos.

Pero esta enseñanza de Jesús se puede ampliar con la de la segunda lectura. Así como hay confianza para pedir, quien está unido a Cristo y realiza las obras de amor y santidad, tiene su conciencia tranquila. Conoceremos que somos de la verdad y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare. La conciencia es ese núcleo interior en el que nos desdoblamos a nosotros mismos para conocernos, juzgarnos, evaluarnos. La conciencia es la fiel aliada de la libertad. Una decisión libremente tomada y la consiguiente acción que la pone en ejecución serán actos responsables en la medida en que la propia conciencia juzgue que la decisión y su correspondiente ejecución fueron justas, buenas, rectas.

Pero, ¿en base a qué puede la conciencia de una persona juzgar una decisión y una acción como buena o como mala? Según la doctrina católica, la conciencia es capaz de juzgar sobre la rectitud o inmoralidad de una acción, a partir de la ley moral objetivamente establecida. Mentir es malo porque pervierte el propósito de la comunicación. El adulterio es malo porque vulnera la confianza, la fidelidad, la exclusividad prometida al cónyuge. La educación moral de la persona consiste en la formación de la conciencia para que interiorice y haga propia la ley moral, de modo que la conciencia ya no la perciba como una fuerza coactiva exterior sino como una guía e iluminación interior para elegir libremente el bien. El juicio de una conciencia así formada tiene valor teológico, de modo que ese juicio es vinculante ante Dios. Como dice san Juan, si la conciencia no nos condena, podemos acercarnos a Dios con confianza. Pienso que es lo mismo que afirmaba el evangelio: Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. Que el Señor nos ayude a vivir siempre unidos a Jesús y a mantener la conciencia recta, pues si hacemos lo que le agrada a Dios, ciertamente obtendremos todo lo que le pidamos.

 
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