Horario Parroquial

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Domingo 4° de Pascua

Este es el cuarto domingo del tiempo pascual. Todos los años, en este domingo, leemos un pasaje tomado del capítulo 10 del evangelio según san Juan, en el que Jesús describe su misión redentora con la imagen del “buen pastor”. Por eso, también este domingo está dedicado a la oración por las vocaciones al sacerdocio y en nuestra Arquidiócesis hacemos una colecta especial para el sustentamiento del Seminario Mayor Nacional.

Leemos este capítulo 10 del evangelio según san Juan en este tiempo pascual, porque con la imagen del buen pastor, Jesús nos habla del significado de su muerte y resurrección para nuestra salvación. El pasaje de hoy nos transmite cuatro mensajes. En primer lugar, Jesús describe su identidad como buen pastor, porque quiere dar la vida por nosotros. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. El buen pastor, que es dueño de sus ovejas, las quiere, las protege, las guarda y las salva incluso dando su vida frente al lobo que las ataca, con tal de que se salven y tengan vida. Jesús ha dado su vida por nosotros y se ha dejado comer por el lobo de la muerte. De este modo, nos ha librado a nosotros de la muerte eterna, pues él ha transformado la agresión de la muerte en oferta de vida eterna.

Jesús vuelve a describir su condición de buen pastor, pero ahora desde otra cualidad. Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. En esta frase Jesús describe la íntima relación y amistad que hay entre él y nosotros, semejante a la que hay entre él y el Padre Dios. No se trata de un conocer superficial, como cuando uno conoce la cara y el nombre de una persona, pero no conoce su corazón. Se trata del conocer que se da entre un hombre y una mujer que se aman, entre dos amigos que se quieren. Es el conocer que surge del trato, de la convivencia, de la intimidad. Pero con Jesús es algo más íntimo que lo que pueda haber en estas relaciones humanas, pues la relación entre dos personas no logra penetrar la mutua interioridad. En cambio, con Jesús, él nos conoce y nos ama desde dentro, y de ese modo nosotros también habitamos en el corazón de Jesús. Esta es la comunión de vida que se establece por el don del Espíritu Santo y por la comunión en la eucaristía. Jesús describe así la vida espiritual que se establece en cada cristiano, gracias a la obra de la redención.

Jesús añade una tercera declaración. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor. Cuando Jesús dijo estas palabras, tenía por delante solo a sus discípulos judíos. Pero él veía que más adelante también tendría discípulos entre los pueblos no judíos. Para ellos él también sería buen pastor. El mensaje de Jesús no es para un pueblo concreto, no está limitado por condiciones étnicas o culturales. El mensaje de Jesús no es solo para los judíos o para las personas de aquel tiempo. Es para toda la humanidad, porque Jesús ha venido a salvarnos de unos males que afectan a toda la humanidad: la


oscuridad de la muerte y las equivocaciones de nuestra libertad. Jesús trae la luz del perdón que nos rehabilita ante Dios para superar nuestros fracasos, equivocaciones y pecados; Jesús trae la victoria sobre la muerte, para que quienes escuchan su voz tengan vida eterna. Y este es un don, no solo para un pueblo, sino para toda la humanidad, para hombres y mujeres de toda cultura, pueblo y nación. Por eso también, quienes conocemos a Jesús debemos enseñar a quienes todavía no lo conocen, para que también ellos formen parte del rebaño de Jesús. Para que se cumpla ese deseo de Jesús de ser pastor de todos, debemos colaborar con él con la evangelización, para que, por medio nuestro, otros conozcan a Jesús y lo tengan como pastor.

Finalmente, Jesús habla sobre su libertad frente a su propia muerte. El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Con esta declaración Jesús nos enseña a ver en su pasión, muerte y resurrección algo más que el resultado casual de acontecimientos fortuitos. Más allá de las circunstancias históricas que explican desde fuera la muerte de Jesús, él asumió esos acontecimientos desde su libertad divina. Él murió cuando quiso y resucitó porque quiso. Y esa libertad soberana es la garantía de nuestra propia salvación. Nuestra salvación igualmente depende de su libertad, que se vuelve para nosotros gracia, favor, misericordia que nos salva. Nuestra salvación es regalo que recibimos desde el amor generoso e incondicional de Dios.

Por eso debemos admirarnos con el apóstol san Juan y proclamar: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Nuestra identidad cristiana no es solo cosa de nombres, sino del mismo ser. La fe y el bautismo y demás sacramentos nos transforman radicalmente. Y si bien, esa transformación no es visible a los ojos de este mundo, nosotros íntimamente la conocemos. A Jesús tampoco nadie lo conoció como Hijo de Dios hasta que resucitó de entre los muertos. Cuando Cristo se manifieste al final de los tiempos, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Esta es nuestra esperanza, esta es la dinámica de nuestra salvación.

En este día en que honramos a Jesús como nuestro buen pastor, oremos al Señor también para que llame a jóvenes que quieran ofrecerle su vida para que Jesús buen pastor siga actuando a través de ellos como sus sacerdotes. No solo oremos. Sepamos también proponer la vocación sacerdotal a jóvenes en quienes vemos cualidades para el ministerio. Necesitamos en nuestra Arquidiócesis muchos sacerdotes que saldrán fundamentalmente de las familias católicas, de sus propias familias. Oremos y también propongamos. Jesús y la Iglesia lo necesitan.

Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango - Totonicapán

 
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