Horario Parroquial

Misas

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Domingo 3° de Pascua

Hoy es el tercer domingo de pascua. En este domingo, todos los años, escuchamos la lectura de una de las apariciones de Jesús resucitado. Acabamos de leer el relato de la aparición de Jesús a los apóstoles en la noche de la resurrección, según la versión de san Lucas. Este relato no es exactamente igual al que nos cuenta san Juan para ese mismo día y lugar, pero tiene muchos rasgos parecidos. Las diferencias se pueden explicar quizá porque los evangelistas sintetizaron cada uno en su relato de esta aparición de Jesús, elementos de otras apariciones de Jesús, cada uno según su sensibilidad teológica.

Vamos a fijarnos en esta narración de san Lucas que acabamos de escuchar, para sacar algunas enseñanzas de provecho. Los apóstoles de Jesús están reunidos en Jerusalén. Es la noche del día de la resurrección. De repente Jesús se presenta en medio de ellos y los saluda con el deseo de paz. Los apóstoles muestran desconcierto, temor, dudas. Fijémonos que los apóstoles no son crédulos, ingenuos. Los evangelios no silencian esas dudas, como para enseñarnos que las nuestras son legítimas y válidas. Pero que así como ellos lograron superar las suyas, así también nosotros podremos superar las nuestras, si preguntamos, si oramos, si tratamos de comprender.

Jesús les da pruebas de su identidad y realidad. Primero les asegura de su consistencia real. Los invita a tocar. Luego les muestra que es él, en persona, mostrándoles las manos y los pies, para que vean las cicatrices dejadas por los clavos de la cruz. Finalmente para convencerlos de su realidad, les pide que le den de comer de lo que ha sobrado de la cena. Los apóstoles se llenan de gozo. Nosotros no tenemos la oportunidad de tocar o ver a Jesús. No es por ese camino que nuestras dudas se convertirán en alegría y gozo. Nosotros no tenemos la oportunidad de tocar o ver a Jesús, pero tenemos la capacidad de leer y escuchar, de oír y de entender. Leemos los testimonios que los apóstoles daban de la resurrección, como el que hemos escuchado hoy de san Pedro en la primera lectura. Vemos cómo aquellas personas que escucharon ese testimonio quedaron convencidas y se convirtieron. Conocemos la experiencia de san Pablo, que de perseguidor de los cristianos, se convirtió en apóstol del Evangelio, gracias a una aparición de Jesús resucitado. Conocemos la transformación que la noticia de la resurrección y la fe en Jesús ha causado en tantas personas a lo largo de la historia de la Iglesia. Vemos cómo la fe en la resurrección ha sido la motivación y el sustento para que muchas personas lleguen a ser santas, a ser personas cabales y buenas. El mismo Espíritu Santo actúa en nuestros corazones, en nuestra mente, y nos hace sentir y entender que creer en la resurrección nos llega de gozo, de alegría, de esperanza. En la Iglesia aprendemos a creer, de la Iglesia recibimos el testimonio de la resurrección de Jesús, con la Iglesia aprendemos a creer.

A continuación Jesús comienza a instruir a los apóstoles. Aunque él les había anunciado su futura pasión y muerte, ellos nunca habían asimilado esa enseñanza, y cuando ocurrió la crucifixión quedaron desalentados, descorazonados, desengañados. Aunque ahora conocieron que Jesús estaba vivo, y eso los llenó de gozo, era necesario que Jesús les explicara cómo todo lo que le había sucedido tenía sentido a la luz de la Palabra de Dios. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y les dijo: tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Aquí tenemos otra enseñanza. Cuando creemos en Jesús resucitado es cuando verdaderamente entendemos las Escrituras. Si leemos la Biblia como simple obra literaria, como documento histórico del pasado, como un testimonio de las creencias de otros tiempos, todavía no la entendemos como Palabra de Dios. Para que la Biblia nos desentrañe su sentido como Palabra de Dios, debemos pedirle a Jesús que nos la explique, que nos abra la mente para entenderla a la luz de su resurrección. Entonces la Palabra de Dios iluminará nuestras vidas y se fortalecerá nuestra fe.

Finalmente Jesús instruye a sus apóstoles para que comprendan que su pasión, muerte y resurrección, son el punto de partida de una gran misión. En su nombre se habría de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados. Por eso san Pedro, al concluir su predicación que hemos escuchado en la primera lectura, lanza la invitación: Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados. Si la resurrección de Jesús es un acontecimiento real, no podemos quedar indiferentes, no podemos seguir viviendo como siempre. Nuestro horizonte de referencias ha cambiado. Nuestro final no es necesariamente la muerte y la desaparición en la nada, como piensan los que no tienen fe. Por el contrario, la fe en la resurrección abre para nosotros el horizonte de la plenitud de Dios. Estamos llamados a vivir para siempre en Dios, porque él nos ha amado. Ese es el modo alternativo de asumir nuestra vida desde la fe en la resurrección. ¿Acaso podemos quedar indiferentes?

 
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