Horario Parroquial

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Domingo 2° de Pascua

Hoy se cumplen los ocho días desde la Pascua. Hoy es el octavo día de esta primera semana de Pascua, que celebramos como si de un solo día se tratara. El evangelio nos habla de dos apariciones de Jesús: una, el día de la resurrección y otra, ocho días después, un día como hoy. En la primera aparición, Jesús se hace presente en medio de los discípulos, a pesar de que las puertas están trancadas. Los saluda con la paz y les muestra las manos y el costado, seguramente para que viendo las heridas de la crucifixión comprendieran que se trataba de Él, y no de otro ser. Luego los vuelve a saludar con el deseo de paz y les da una misión: como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Esa comparación no es solo externa, como si dijera: el Padre me envió a mí; ahora yo los envío a ustedes. Esa comparación es interna: los envío con el mismo encargo con el que el Padre me envió a mí, los envío con la misma misión. Por eso sopla sobre ellos al Espíritu Santo, pues ese es el contenido de la misión. El Padre envió a Jesús con la fuerza del Espíritu para dar vida eterna, y ahora Jesús envía a los discípulos comunicándoles el Espíritu, para que a través de ellos ese Espíritu se comunique a todos los que crean en Jesús y así también tengan vida. Quien tiene el Espíritu de Jesús, vive en Jesús, como Jesús vive en el Padre.

Pero Jesús acompaña el soplo del Espíritu con unas palabras sobre el perdón de los pecados: A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. Pareciera que con estas palabras Jesús introduce una restricción, un proceso de juicio y discernimiento. Jesús otorga el Espíritu Santo para la salvación del mundo, pero juntamente da a los enviados la responsabilidad del discernimiento. En una ocasión, a raíz de la curación del ciego de nacimiento, Jesús describió su misión como juicio: Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven y para que los que ven se queden ciegos. Y añadió refiriéndose a los fariseos que se resistían a creer en él: Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen que ven, su pecado permanece (9,39.41). También la misión de los discípulos pondrá de manifiesto quiénes son los creyentes que se salvarán y quiénes los incrédulos que permanecerán en su pecado y se condenarán. Como dice san Juan en la segunda lectura de hoy: ¿quién es el que vence al mundo? Solo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios.

La segunda aparición de Jesús tiene el propósito de darnos un apoyo para que creamos que Él ha resucitado verdaderamente. En la primera aparición Tomás no estaba presente. Cuando sus compañeros le contaron que habían visto a Jesús, él no quiso creerles. Pidió ver y tocar las manos y el costado herido. Y Jesús se lo concedió, no solo para favorecerlo a él personalmente, sino para enseñarnos, a través de Tomás, a creer en Cristo Resucitado. Ocho días después, Jesús se aparece, los saluda con la paz, y va directo al grano. Se dirige a Tomás. Conoce las dudas de Tomás, aunque no estaba presente cuando las expresó. Lo invita a meter el dedo en la llaga de las manos y la mano en la del costado. A Tomás le basta con ver. Y por eso pronuncia la profesión de fe: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús lo reprende. Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto. Esos somos nosotros, que creemos en la resurrección, sin habernos beneficiado de una aparición. Creemos en la resurrección por la predicación de la Iglesia, el testimonio de los creyentes y la acción del Espíritu Santo en la mente y el corazón.

Pero ¿qué fue la resurrección de Jesús? La resurrección de Jesús no fue una reanimación de su cadáver. Los evangelios cuentan que Jesús resucitó algunos muertos; su amigo Lázaro es el más famoso. Lázaro, después de estar tres días en el sepulcro, fue devuelto a esta vida por la palabra de Jesús, regresó a su rutina normal, y unos años después moriría como cualquier otro hombre. Jesús solo le prolongó la vida en la tierra un tiempo más. Ese no es el caso de Jesús. El cadáver de Jesús se desvaneció, se volatilizó. Al principio sus seguidores creían que había sido robado. Pero sus apariciones permitieron intuir lo que había ocurrido. Él ya no convivió con sus discípulos como antes de morir. Se les aparecía, compartía con ellos una comida, daba unas instrucciones y desaparecía. Tenía cuerpo, pero podía hacerse presente en medio de una habitación con las puertas trancadas. Jesús inauguró un nuevo modo humano de existir, desde Dios y en Dios. Cuando Jesús resucitado se aparecía a los suyos, “venía de Dios”, por decirlo de algún modo.

La resurrección de Jesús no equivale a la inmortalidad del alma que afirmaban algunos filósofos griegos, porque se trata de la persona integral, concreta, corporal. No es ninguna forma de supervivencia fantasmal errabunda en el cosmos, como creen algunas corrientes espiritistas. No es tampoco ninguna alucinación colectiva de sus seguidores. Tampoco es un mito para afirmar que “Jesús continuó viviendo en la fe de la Iglesia”, como dicen otros que no tienen fe. Jesús continuó existiendo con su identidad histórica en Dios. Es él mismo, por eso conserva las llagas de los clavos. Este modo de existir de Jesús, el hombre Hijo de Dios, es posible solo desde su unión con Dios Padre en el poder del Espíritu Santo. Es una existencia imbuida de Dios. Jesús la inaugura en sí mismo, y la ofrece, como consecuencia del amor de Dios, a quien una su vida a la de Él por la fe.

La fe y la identidad cristiana se fundan en esa opción: en aceptar la realidad de este acontecimiento en Jesús y en recibirla gratuitamente de Dios como nuevo horizonte que define la propia existencia personal. Ser cristiano consiste en creer que lo que a Él le aconteció será el propio futuro personal, si uno lo acoge con fe, recibe los sacramentos de la Iglesia y persevera en un estilo de vida moralmente coherente con la voluntad de Dios.

Uno puede admirar las enseñanzas de Jesús y su bondad. Uno puede valorar la integridad que lo llevó a confrontar a los poderes religiosos y políticos de su tiempo. Uno puede incluso tomar a Jesús como modelo vida piadosa: su oración, su asiduidad al culto de la sinagoga, su conocimiento de los textos sagrados. Ninguna de estas cosas lo hace a uno cristiano. Solo la decisión de entender la propia vida a la luz la resurrección lo hace a uno cristiano. Solo quien reconoce a Jesús como el Hijo de Dios es cristiano cabal.

 
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