Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Vigilia Pascual

Queridos hermanos, “esta es la noche de la que estaba escrito: ‘será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo’”. Siento que mis palabras sobran esta noche. No hay nada que explicar, cuando el amor de Dios se hace patente a nuestros ojos. No hay nada que describir, cuando los ritos mismos nos introducen en el misterio de nuestra salvación. No hay nada que aclarar, cuando la noche ha quedado iluminada por el gozo de sabernos resucitados con Cristo.

Pero como la homilía es también parte de la liturgia, diré unas palabras para invitarlos a prestar atención a tres momentos importantes de esta noche. La liturgia se abrió con el rito singular y propio de la vigilia: la bendición del fuego nuevo. Aparte del sol que luce de día y es don de Dios, el fuego fue la primera luz que produjo y manejó el ser humano. Fue la primera y original fuente de calor para vencer el frío y cocer los alimentos. A pesar de que tenemos energía eléctrica desde hace apenas poco más de cien años, el fuego sigue cautivándonos. Pero, ¿qué hace falta para que haya fuego? Combustible y oxígeno y una chispa que los una. Y el combustible es normalmente leña seca, leña muerta. Y de esa leña muerta surgen la luz y el calor, que alumbran, dan color y calientan el ambiente para que haya vida. Todo un símbolo de la resurrección. La chispa de pedernal que hacía, en tiempos antiguos, surgir fuego de la leña es el símbolo de la acción de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos. Cuando no había luz eléctrica, este rito encendía el fuego nuevo en la iglesia, y seguramente muchos lo llevarían de la iglesia a sus hogares pare encender de nuevo allí el fuego de la vida y de la fe. Nosotros tenemos la luz física con mucha mayor facilidad. Pero la luz de la fe se enciende solo aquí, donde se anuncia que Cristo ha resucitado para ser nuestra luz y nuestra vida. Acrecentemos esta noche la luz de la fe. Y que quienes caminan a oscuras, encuentren en nuestra fe la luz de Cristo para que también les alumbre y tengan alegría y esperanza.

La fe se expresa, se manifiesta, se confirma en el bautismo. Otro rito especial de esta noche, que todavía no hemos realizado, es la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales y la aspersión lustral. No solo bendecimos el fuego, también el agua. Aunque por naturaleza ambos son incompatibles de modo que el agua apaga el fuego y el fuego evapora el agua, en la liturgia de esta noche, ambos elementos colaboran para nuestra salvación. El fuego, ya vimos, es símbolo de Cristo resucitado que surge victorioso de entre los muertos. El agua es símbolo del Espíritu que nos regenera en el bautismo, para que nosotros muramos con Cristo y resucitemos con él a una vida nueva. Hemos escuchado numerosas lecturas de la Sagrada Escritura que nos han contado la historia del amor de Dios por nosotros. Nosotros queremos ahora ser parte de esa historia, y profesamos nuestra fe. Diremos que creemos en el Padre Creador y Guía de la historia humana; diremos que creemos en el Hijo que se preparó un pueblo del que nacería como hombre, para morir por nosotros y resucitar para nuestra salvación; diremos que creemos en el Espíritu Santo que actúa en la Iglesia y que en la Iglesia nos santifica, nos hace hijos de Dios, herederos de la vida eterna. Y esto que decimos con la boca, lo realizaremos en el bautismo. Ya nosotros lo hemos recibido. En el bautismo morimos con Cristo al pecado para resucitar con él a una vida nueva, como nos ha enseñado san Pablo. Hoy, esta noche lo renovamos, por la profesión de fe y la aspersión del agua bendita. Que la fuerza del bautismo y de la confirmación santifique nuestras vidas, para que crezcamos como hijos e hijas de Dios, para que demos testimonio con nuestras acciones de que somos ciudadanos del Reino de Dios, para que transformemos el pedacito de mundo en que nos toca vivir a semejanza del Reino de Dios, hasta que alcancemos con Jesús y los santos la vida eterna.

El tercer signo de esta noche, el más extraordinario e inmenso, es quizá el más común y conocido: la santa eucaristía. Evocando las palabras de Jesús en la última cena, yo, como presidente de esta asamblea litúrgica, junto con los sacerdotes concelebrantes, en presencia de ustedes y en favor de ustedes, pronunciaremos las palabras que transformarán el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. El pan y el vino se convertirán en Cristo Resucitado, para que al comer su carne y beber su sangre tengamos vida eterna y también nosotros resucitemos en el último día. En la eucaristía, por una parte, se renueva y actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz. Cada uno de nosotros, obispo, sacerdotes, religiosas, laicos venimos hasta aquí y ofrecemos juntamente con Cristo nuestra vida, nuestras alegrías y tristezas, frustraciones y esperanzas, y nos convertimos en ofrenda agradable a Dios, que Él acepta juntamente con el sacrificio de Cristo. Pero, por otra parte, en la eucaristía, anticipamos y adelantamos el banquete del cielo. Cada eucaristía es como un breve salto hacia la eternidad, cuando Dios nos sentará a su mesa y nos servirá en abundancia de la plenitud de su amor, para compartir con nosotros su misma vida.

“¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino! Estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.” Alegrémonos, hermanos, porque Jesucristo hace que nuestra vida sea bella, y en esta noche nos llena de esperanza.

* Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango - Totonicapán

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA